La historia oficial había emitido su veredicto desde el primer momento: Napoleón murió de cáncer de estómago, tal como le había sucedido a su mismo padre.
Era una dolencia hereditaria, por tanto, lo que hizo sucumbir a un héroe tan carismático como en su tiempo lo fueron Julio César, Alejandro Magno o el emperador egipcio Ramsés II. El informe oficial de las autoridades médicas y políticas de la época lo expresaron de ese modo y los historiadores que se asomaron a esas fuentes dieron por buena la versión y se aprestaron a difundirla hasta nuestros días. Pero la publicación de las memorias de Luis Marchand, el ayuda de cámara de Napoleón en el exilio de Santa Elena, publicadas en 1955 por sus herederos, contraviniendo los deseos de éste que siempre les había señalado la prohibición de hacerlo, puso en alerta a una serie de intelectuales que han sustentado desde entonces otra teoría: Napoleón murió asesinado. Remontándonos a los hechos, la versión oficial de la muerte por cáncer gástrico se sustenta en la autopsia que le realizó al emperador su médico personal, el corso Antommarchi, bajo la atenta mirada de media docena de médicos británicos.
Con esta versión, las aguas de la historia discurrían en medio de una calma que parecía satisfacer a todos. Pero Luis Marchand, cuando se publican sus memorias, se destapa como un atento y minucioso narrador de todos y cada uno de los gestos, de los momentos, de las circunstancias que envuelven al emperador, al cual sirvió tan fielmente en Santa Elena. Y salta la alarma, ya activada con anterioridad, es cierto, con otras Memorias, las que dictó el propio emperador a su colaborador y amigo Las Cases, mientras la muerte le iba llegando lentamente a lo largo de los seis años que pasó en el islote del atlántico sur, recluido y vigilado estrechamente por Hudson Lowe, el gobernador inglés.
Las Cases ya había escrito que Napoleón vivía con la idea fija de que Hudson Lowe tenía como misión asesinarlo. En efecto, el gobernador inglés es inmisericorde con su augusto huésped. Es frío, distante, desconsiderado, ladino, desconfiado con el hombre que ha tenido el mundo en la palma de su mano. Se muestra insensible cuando la debilidad menoscaba la salud de Napoleón. Su única obsesión es que no escape aquel águila imperial, capaz de reconquistar de nuevo Francia sin un solo tiro, sin una sola batalla, sólo por adhesión, sólo por entusiasmo popular, como le ocurrió cuando regresó de la isla de Elba e inauguró la época más efervescente de Francia, la de los Cien Días que tanta trémula preocupación produjo en los países de la Alianza. En un determinado momento, Napoleón le preguntará a su carcelero: ¿Tenéis la orden de producirme la muerte por el acero o por el veneno? Pero los fríos ojos del gobernador no traslucirán nada.
En 1955, se conoce la versión de Luis Marchand. De su minucioso relato no se infiere que Napoleón padezca la grave enfermedad cancerígena. El insigne enfermo conserva su cuerpo voluminoso hasta última hora. Un enfermo de cáncer gástrico adelgaza progresiva pero inexorablemente hasta quedar reducido a un esqueleto. Además, los herederos de Luis Marchand poseen unos cabellos de Napoleón que su ayuda de cámara le había cortado el día 6 de mayor de 1821, un día después de su muerte. En torno a esos cabellos va a erigirse el pilar que sustente la teoría de que Napoleón murió envenenado. El sueco Forshufvud se erige en adalid de la nueva teoría. Recaba opiniones de especialistas como histólogos o médicos del aparato digestivo y la de algunos historiadores que dan versiones cualificadas respecto a los síntomas que aquejaban al ex emperador y que tan minuciosamente describió Luis Marchand. Al investigador sueco se le une pronto un intelectual canadiense, Ben Weider, que aporta su esfuerzo, y sobre todo medios económicos, para seguir investigando. Los cabellos de Napoleón son analizados por organismos tan prestigiosos como la Universidad de Glasgow, en Inglaterra, y el FBI, en los Estados Unidos, a través de sus respectivos laboratorios de análisis químicos. Los resultados son sorprendentes y alentadores para quienes sustentan la teoría del envenenamiento: en los cabellos analizados se advierten cantidades de arsénico capaces de producir la muerte por ingestión. Ambos investigadores publican “Asesinato de Santa Elena” en el año 1978. Más tarde, en 1981, saldrá a la luz “La muerte de Napoleón”. Más recientemente, en 1995, Ben Weider, ya sin la colaboración del sueco Forshufvud, publicará de nuevo, pero en una versión actualizada y ampliada, “Revisión del asesinato de Santa Elena”.
La versión oficial de la muerte de Napoleón por cáncer parece arrinconada contra las cuerdas. Las pruebas que aporta Weider son apabullantes. El arsénico se halla presente en diferentes capas del cabello, cosa que permite hacer el seguimiento de los últimos 6 meses de vida del exemperador. En todos ellos aparecen índices de arsénico muchas veces superior al considerado como normal para la época, que no sobrepasaba las 0,08 partes por millón (ppm). Esos índices discurren según sección del cabello analizado entre un mínimo de 2 ppm hasta un máximo de 51,2 ppm y constituyendo la media un índice de 24,2 ppm. Un hecho semejante probaría que Napoleón sufrió un envenenamiento paulatino que comenzó a los pocos meses de su llegada a la isla del exilio y que se prolongó a lo largo de seis largos años, acabando con su vida. El arsénico es un componente que no huele, que no presenta ningún sabor y que además es incoloro con lo cual este procedimiento se ajustaba a la perfección a las intenciones de quienes querían acabar con el emperador lentamente pero de una vez por todas.
Al mismo tiempo que sorprendentes, las teorías de Forshufvud y de Weider resultan increíbles. Surgen inmediatamente algunos interrogantes que los historiadores no pasan por alto. ¿Por qué un crimen lento? Si querían deshacerse de Napoleón, ¿por qué no emplear procedimientos más expeditivos, como el acero, o un veneno fulminante? Y otra cuestión: al emperador lo había seguido una corte de fieles servidores, hombres de confianza que no lo perdían de vista ni un segundo y que, además, cocinaban para él y anotaban todo cuanto comía o bebía. El veneno no podía suministrárselo una mano inglesa. En ese caso, ¿quién fue el traidor?, ¿quién lo mató, en definitiva?.
Weider tiene respuesta para estas objeciones. La muerte del emperador no podía producirse de una forma violenta ni manifiestamente inducida. Tenía que presentarse como un hecho normal, culminación de un proceso de enfermedad grave, incurable. Al médico O’Meara, británico de origen irlandés, que se atrevió a aconsejar la salida de Napoleón de la isla de Santa Elena por sufrir de hepatitis provocada, según el galeno, por las condiciones insalubres y climáticas de la isla, fue apartado del cuidado del egregio enfermo, repatriado a Inglaterra y licenciado como médico militar. Convenía sustentar la teoría de que la debilidad y el mal estado físico de Napoleón obedecían a una enfermedad mortal, el cáncer gástrico, que él portaba en su interior y que para los medios de la época era imposible solucionar. Napoleón aún latía con fuerza en el corazón de cada francés, la armada le profesaba una devoción sin límites, y su hijo, el Rey de Roma, ostentaba con este título, por aquel entonces, su condición de heredero del Imperio. La muerte traumática de Napoleón hubiera acarreado una fuerte contestación de consecuencias imprevisibles.
Estas consideraciones son las que inducen a pensar a Weider que los ingleses se mantuvieron al margen en el asunto del envenenamiento del emperador y que su autoría hay que buscarla en la misma “corte” que envolvía al general. En concreto, Weider inculpa a Montholon, quien, por fidelidad al rey de Francia Luis XVIII, temeroso de un retorno de Napoleón y de la consecuente pérdida de su corona, se prestaría a ser la mano ejecutora del vil magnicidio. Como prueba de su argumentación Weider señala que al regreso de la isla de Santa Elena, Montholon, acosado por la corte de justicia francesa para que justificase ciertas cantidades de dinero que él decía haber entregado a la tropa, gozó del favor y del amparo real, puesto que Luis XVIII lo encumbró al generalato y le otorgó el título de Caballero de San Luis. ¿Representaba esto el pago a los favores prestados?
La teoría del envenenamiento de Napoleón suscitó en la Francia de los años 1980 y 1990 una fuerte polémica que arrastró al mundo de la intelectualidad a posicionarse en un sentido o en otro. Los defensores de la muerte natural del emperador no acababan de apuntarse al carro de las nuevas teorías. Deseaban mayores comprobaciones, razonamientos más lógicos. La figura de Montholon no suscitaba para ellos ninguna sospecha. Había sido un fiel colaborador que se había trasladado con su propia familia tras la estela en declive de Napoleón.
La presencia de arsénico en la cabellera del general un día después de muerto tenía que ser contrastada, sufrir más pruebas, llegar hasta el terreno de lo concluyente. La prestigiosa revista francesa Ciencia y Vida se propuso llegar al cabo de la calle. Consiguió cabellos de Napoleón de los años 1805, 1814 (ambos antes de su llegada a Santa Elena) y de 1821, los que habían aportado los herederos de Luis Marchand. Encargó su estudio analítico a tres prestigiosos investigadores –Pierre Chevalier, Ivan Ricordel y George Maier- quienes, separadamente, coincidieron en sus resultados: todos los cabellos analizados contenían fuertes dosis de arsénico. Incluso los anteriores a su marcha a Santa Elena presentaban índices más altos de este veneno. ¿Qué explicación dar a un fenómeno semejante? La explicación parece obvia y es la que se ha impuesto: los cabellos, para su conservación, fueron sometidos o impregnados con determinados productos ricos en arsénico, cosa que era muy frecuente en el siglo XIX. Eso explicaría la presencia del veneno en las mechas de ese famoso personaje que, con toda seguridad, aún seguirá siendo objeto –tanto su vida como su muerte- de miles y miles de páginas y de cientos de interpretaciones.
Al final, lo único que tal vez prevalezca en torno a su muerte sean las palabras del propio emperador. “No había más aceite en la lámpara”. Una lámpara que estuvo dando luz 51 años, 8 meses y 21 días exactamente.

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Son muchas las teorías sobre la muerte de Napoleón. Yo creo que lo asesinaron poco a poco con arsénico.
Los síntomas que sufría poco antes de su muerte podían estar creados por el envenenamiento con esta sustancia.
Noticias que apareció en el Diario el País:
Un estudio defiende que Napoléon murió por un cáncer de estómago
Contradice las tesis que apuntan al envenenamiento por arsénico o a problemas de corazón como causa del fallecimiento.
En contra de la idea generalizada, un estudio acaba de concluir que Napoleón no murió envenenado con arsénico, sino de un cáncer de estómago causado por una infección bacteriana que se agravó con la ingesta de raciones militares. Éstas la componían muchos alimentos salados y poca fruta y verdura.
Las hipótesis para explicar la muerte del ex emperador, el 5 de mayo de 1821 en la isla de Santa Helena cuando contaba 51 años, no han dejado de sucederse: desde el envenenamiento con arsénico hasta el cáncer de estómago, pasando por el excesivo celo de sus médicos al realizarle lavados de estómago que pudieron provocarle problemas de corazón.
Los autores estadounidenses del nuevo estudio consideran que la elevada concentración de arsénico hallada en 1961 en los cabellos de Napoleón “inspiró teorías imaginarias de conspiración, así como algunas hipótesis plausibles de envenenamiento”, de las que “la mayoría han sido claramente desacreditadas”.
En 2005, un grupo de investigadores suizos ya explicó que esos restos de arsénico podrían explicarse por la costumbre de los viticultores de la época de limpiar sus barricas y cuvas con arsénico, más aún en un aficionado al vino como era el ex emperador Bonaparte.
Lesión ulcerada
El equipo de Robert Genta, de la Universidad de Texas (Estados Unidos), defiende la tesis del cáncer a partir de los informes de autopsia redactados por el médico personal del emperador Francesco Antommarchi y de doctores ingleses, que revelan una “lesión ulcerada” de “contornos irregulares”.
Además, los documentos históricos muestran que “el principal factor de riesgo para Napoleón podría haber sido una infección por la bacteria helicobacter pylori, más que por una predisposición familiar”, explican los investigadores en el número de enero de la revista científica Nature Clinical Practice.
Además, creen que la presencia de una úlcera prepilórica en el estómago de Napoleón sugiere la existencia de “una gastritis H. pylori crónica, que podría haber generado un mayor riesgo de cáncer gástrico”, “agravado por su alimentación, probablemente formada por alimentos conservados en sal, carnes asadas y pocas frutas y verduras”.
Una cosa está clara, los pelos de Napoleón tenían unas dosis tremendamente elevadas de arsénico. ¿Por qué tenían esas dosis?
Interesante la noticia de El diario El País. Pero ese estudio no justifica de forma 100% creíble las dosis altísimas de arsenio que tenía Napoleón en su cuerpo. El tema de la muerte de Napoleón todavía está oculto en una espesa capa de misterio.
Para muchos franceses la idea de que otro francés envenenara, poco a poco, a su emperador Napoleón es una idea aberrante y no desean admitirla. Para ellos, es más fácil decir que fue un cáncer de estómago el causante de la muerte de Napoleón Bonaparte.
La muerte de Napoleón esconde más sombras que luces. Todavía se esconde un gran misterio tras la muerte del emperador.