Andy Warhol -el polifacético genio del Pop-Art (1928-1987)- guardó muchos secretos hasta más allá de su propia muerte.
Sobre todo, ocultó datos nada casuales en torno a su biografÃa que cumplieron la capital función de mantenerlo en el difÃcil territorio del estrellato, que compartió con grandes mitos de la talla de Elvis Presley, Liz Taylor o Marylin Monroe.
Asà como las grandes estrellas de cine tienen estudiado su “lado bueno” del rostro para mostrarlo a su público, Warhol decidÃa qué parte de su vida tenÃa que ser expuesta a la luz de los focos, si debÃa ser contada y cómo, si cuajada de invenciones o sublimada hasta el extremo, pero siempre en sintonÃa con el personaje en el que iba convirtiéndose y del que hacÃa una permanente y cuidada puesta en escena. Esta actitud megalómana se volvió una constante en su vida, haciendo que el tÃtulo de su primer encargo -”El éxito es una profesión en Nueva York”- acabara siendo curiosamente premonitorio.
La frescura y originalidad de las propuestas de Warhol, su genial habilidad para llamar la atención pero, sobre todo, sus confesadas ansias por convertirse en una estrella se transformaron pronto en un monstruo insaciable que acabó por devorar al tÃmido Andrew Warhola y suplantarlo por el siempre provocador y tremendamente glamouroso Andy Warhol. Sus caracterÃsticas personales siguen la pauta que marca su evolución como artista, permeando tanto su forma de ser como sus costumbres y su apariencia fÃsica. Son célebres sus emblemáticas pelucas platinadas o aquellas enormes gafas oscuras tras las que ocultaba su mirada de eterno adolescente.
A lo largo de más de tres décadas de incansable trabajo, Warhol rompió con las tradicionales visiones del arte en los conceptos de objeto artÃstico y pieza única. Su papel trasgresor y renovador – rayano en lo insolente a los ojos de la sociedad tradicional americana- se trasladó también a su persona, siendo un Andy nuevo e imprevisible a cada momento de su vida. El artista, abducido por su misma obra, forma parte de ella, es una prolongación viviente de su visión original y única del objeto artÃstico.
Envuelto en un torbellino de actividad creativa que abarca múltiples ámbitos y temáticas, sitúa a su persona en plena vorágine, la mantiene sometida a los vaivenes del huracán Warhol, que a su paso sorprende y enamora, que deslumbra y obtiene el aplauso de la sociedad occidental, cuya cultura critica y encumbra desde sus visiones o lados más amables o más mordaces.
Pero mientras rodeaba su vida de misterio, mientras la sometÃa a cambios inesperados de apariencia y comportamientos, desenmascaraba a la vez los mecanismos ocultos de la sociedad consumista a golpe de geniales propuestas inspiradas en una sencillez y cotidianeidad absolutas. Son mundialmente famosos, auténticos iconos culturales de la modernidad, sus retratos de Marilyn Monroe o Elvis Presley, sus cuadros de la sopa Campbell, de botellas de Coca-Cola o de la silla eléctrica. Warhol es un mago del misterio que hace desaparecer determinados detalles sobre su vida bajo los velos de lo enigmático y, en un juego de chistera inverso, hace aparecer desnudos los más polémicos elementos de la naciente sociedad de masas, que en la década de los cincuenta está dando todavÃa sus primeros pasos. El abracadabra que le conduce al éxito tantas veces como se lo propone acude a su mente gracias a la conjunción única de ironÃa, provocación, capacidad comunicativa y genialidad artÃstica que en él se aúnan.
Hoy, superados ya los tres lustros desde su muerte, todavÃa buena parte del enigmático Warhol permanece sumergido en el océano del misterio en el que se zambullÃa constantemente -cual lúdico delfÃn- durante su intensa y apasionante existencia.
Los secretos de Warhol eran, en apariencia, intrascendentes, algunos relativos a sus orÃgenes, otros a sus formas de trabajar o vivir lo cotidiano; todos referidos a esos temas o asuntos prosaicos de la existencia humana que toda estrella ha de saber ocultar con maestrÃa para alimentar el brillo de su halo.
De esta actitud no debe deducirse que el avergonzarse de sus orÃgenes humildes haya actuado como motor de lo que Warhol ocultaba, algo que desmiente, por ejemplo, la significativa adoración que sentÃa por su madre o su cariño hacia los objetos personales infantiles, que conservó toda su vida. Por el contrario, tÃmido irredento desde niño, más bien dirÃamos que se camufló entre las brumas del misterio para protegerse del cruel en ocasiones y siempre complicado mundo del star system.
Como un pirata que lanza un tesoro al fondo del mar con el deseo de poderlo recuperar algún dÃa, Warhol se ocupó de dejar pistas sobre su localización para que futuros navegantes pudieran dibujar un mapa que les llevara hasta el preciado botÃn. Estas pistas no son otras que las más de seiscientas cajas que Warhol llenó con sus efectos personales desde su infancia y hasta sus últimos dÃas de vida. Se trata de las –asà llamadas con ironÃa por el mismo artista- Time Capsules, que conjuntamente también constituyen una obra única, accesible a los visitantes del Andy Warhol Museum, situado en su ciudad natal (Pittsburgh). Cada uno de los objetos de esas cajas, bien puede pensarse a modo de sÃmil, serÃan las piezas desordenadas del enorme puzzle de su vida –ahora sÃ- ya vacÃa de enigmas, despojada del halo de la fama, un puzzle que todavÃa está pendiente de finalizarse. En efecto, la tarea de encajar las miles y variopintas piezas del puzzle de la vida de Warhol es una misión, aunque todavÃa inconclusa, que ha sido ya emprendida de forma entusiasta por cientos de estudiosos de su obra y por los archiveros del museo, quienes tratan de interpretarlas y clasificarlas, respectivamente.
El progresivo esclarecimiento de detalles importantes sobre su vida, indudablemente, permitirá una mayor y mejor comprensión de sus obras, algunas de las cuales todavÃa duermen en el interior de las misteriosas cajas. Pero, de igual modo que esas cajas se están leyendo en clave autobiográfica pueden también considerarse otra de las innovadoras propuestas de Warhol, que asà se asegura continuar vivo de mil y un modos distintos pero todos sorprendentes, llenos de la luz que irradiaban su persona y su obra.
Andy Warhol, siempre retando al aburrimiento, siempre poniendo en jaque lo convencional, no cabÃa en una biografÃa escrita negro sobre blanco. El artista que elevó la sorpresa y la provocación, las fotografÃas serigrafiadas y los elementos cotidianos a la categorÃa de arte vio en aquellas cajas un modo -hasta él, inédito- divertido y a la vez profundo de seguir reinventándose a sà mismo más allá de la muerte.
Descifrar el significado del contenido de las Time Capsules, al margen de las conclusiones procedentes de especialistas y crÃticos de arte que más tarde o más temprano se producirán, seguirá siendo eternamente un mágico crucigrama con infinitas soluciones dictadas por el capricho de los ojos que estén observando.
Asà lo quiso Andy, un Andy Warhol distinto y nuevo a cada instante y sin embargo siempre tan fiel a sà mismo, estuviera jugando a ser un vagabundo con estilo o a ser un dandy con alma mundana, al fin y al cabo la misma cosa. A la postre, Wharol.

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Cierto es que Andy Warhol tuvo una parte oscura, misteriosa… en su vida pero la verdad es que todos tenemos un otro yo. Todos poseemos un lado oscuro que, en algunos casos, puede ser realmente sorprendente.