No hablaba con nadie durante el recorrido, no ocupaba asiento, ninguna persona le esperaba en el andén ni tampoco nadie aguardaba su visita en las ciudades en las que se apeaba.
Era un viajero inusual, que pasaba desapercibido en sus frecuentes desplazamientos en tren por las extensas tierras de los Estados Unidos.
Nuestro misterioso personaje era un polizón, un viajero que permanecía escondido en el interior de los vagones de los trenes de mercancías para trasladarse de un lugar a otro sin levantar sospecha. Pero ¿levantar sospechas sobre qué? Además de no haber sacado billete, ¿temería que su identidad fuera descubierta? En EE.UU., los vagabundos son los polizones más habituales, pero nuestro protagonista no era un vagabundo sino un inmigrante ilegal mexicano experto en cruzar clandestinamente la frontera con el objeto de realizar tareas agrícolas y… algo mucho más inconfesable. Su nombre: Ángel Leoncio Reyes Reséndiz, oriundo del estado mexicano de Puebla y residente en Rodeo, ciudad a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros al sudoeste de la frontera con Texas. Desde los dieciséis años de edad, y durante los veinte siguientes, Reséndiz se trasladó constantemente a los EE.UU. para trabajar en la recolección de frutos, tiempo durante el que fue acumulando un largo rosario de delitos menores relacionados con robos y agresiones personales.
Tuvo que responder por ellos ante los tribunales en numerosas ocasiones y cumplir un total de diez años de prisión. Cada cierto tiempo, el mexicano regresaba a su país. Solía pasar temporadas con su compañera sentimental y su pequeña hija en Durango, ciudad en la que ejercía de buen padre y esposo, dejando completamente dormido su lado oscuro para despertarlo más tarde, en su próxima visita al país vecino.
Así iban pasando los días hasta que, una vez cumplidos los 36 años de edad, Reséndiz dio una vuelta de tuerca a su agresivo comportamiento y comenzó una loca carrera criminal que no parecerá tener fin. Como un personaje salido de una novela de terror, el mexicano permanecía agazapado en los vagones de mercancías y atravesaba clandestinamente cientos de quilómetros, a la espera de perpetrar un nuevo asesinato. Todo transcurría como en las más truculentas historias: la simple oscuridad de la noche marcaba la llegada a su próximo destino y la casa más cercana a las vías del tren le señalaba adónde dirigirse, cosa que hacía absolutamente determinado a asesinar con brutalidad a sus moradores mientras dormían. El macabro juego parecía regirse por las únicas reglas de la conjunción de las vías ferroviarias, la caída de la noche y la ubicación de la casa más próxima a sus vías o la sola presencia de paseantes por sus inmediaciones.
Fue considerado sospechoso del asesinato de ocho personas, si bien, en el interrogatorio efectuado tras su entrega, se declaró autor de un total de trece muertes perpetradas en Kentucky, Texas, Illinois y Houston.
Después de arrebatar las vidas a sus inocentes víctimas, Reséndiz permanecía largo tiempo en el interior de las casas, donde comía algunas frutas mientras estudiaba sus permisos de conducir, que más tarde encontraba la policía sobre el banco de la cocina, junto a los despojos de lo ingerido. Solía abandonar la escena del crimen en el vehículo de las víctimas y, tras recorrer algunos cientos de quilómetros, lo dejaba aparcado en estacionamientos estratégicamente situados junto a las vías del ferrocarril, que le llevarían de nuevo hasta otro lugar donde seguir matando.
El mismo proceder se observaba en todos los escenarios del crimen, –algo propio de los asesinos en serie- circunstancia que puso a la policía sobre la pista de su autoría. Serían los resultados coincidentes de pruebas de ADN los que ratificaran esta inicial sospecha. Pero ahora restaba lo más difícil: su captura. Los mejores recursos policiales del país –más de doscientos agentes coordinados por el FBI- trabajaron día y noche para lograr la detención del sospechoso, pero siempre de forma infructuosa. La pista de Reséndiz sólo parecía poder seguirse a través del rastro de cadáveres. El equipo de investigación se enfrentaba a un panorama desalentador: eran miles de quilómetros de vías en los que había que buscar al escurridizo Reséndiz, una situación a la que nunca se habían enfrentado antes y que les excedía realmente. El número de cadáveres continuaba creciendo y, para mayor frustración de las fuerzas policiales, Reséndiz había sido detenido en esos días y deportado a México por las autoridades tejanas de inmigración, error que costó la vida a cuatro nuevas víctimas. Como último recurso, tremendamente desesperado, el FBI ofreció una suculenta recompensa de 150.000 dólares a quien facilitara datos que llevaran a la detención de Reséndiz, momento a partir del cuál sus fotografías casi empapelaron calles y lugares públicos, figurando como uno de los diez criminales más buscados del país.
Desde ese momento, los teléfonos del FBI no descansaron ni un minuto pero ninguna llamada conducía a pistas fiables. A la vez, comenzaban a actuar numerosos cazarrecompensas, ansiosos por obtener la prometida cantidad ofertada, con lo que se estaba propiciando una auténtica cacería. Reséndiz, por su parte, seguía el curso de los acontecimientos refugiado en algún lugar de México y, quizás temiendo que aquella cacería humana desatada acabara con su propia vida, decidió negociar su entrega utilizando a su hermana como intermediaria.
Mientras Reséndiz negociaba su entrega, la población estadounidense, que desconocía su paradero, cayó en una verdadera psicosis, sobre todo espoleada por el tratamiento que los medios de comunicación dieron al caso. La búsqueda del entonces todavía presunto asesino era constante tema destacado en prensa, radio y televisión. Precisamente de ellos surgió el conocido sobrenombre de “El asesino del ferrocarril”. Cualquier persona con apariencia hispana era mirada medio de soslayo, reacción propiciada en parte por la ambigüedad en la descripción del sospechoso: se buscaba a un hombre de tez morena y ojos color del café que podía encontrarse en cualquier lugar del país y con una apariencia que variaba constantemente por el uso de pelucas y gafas. Incluso su nombre no estaba claro, pues el fugitivo era experto en esconder su verdadera identidad, yendo acompañadas las fotografías de más de treinta pseudónimos, utilizados por éste en sus encuentros con la policía. Estas circunstancias, junto a su enorme movilidad y sus actuaciones sorpresivas bajo las sombras de la noche, tenían aterrorizado al país y también dificultaron enormemente las labores de búsqueda, que acabaron convirtiéndose en asunto prioritario para las autoridades estadounidenses. Además de evitar un nuevo homicidio, ahora se trataba de frenar el constante desprestigio de sus inoperantes instituciones fronterizas y policiales.
Finalmente, Reséndiz accede a entregarse a cambio de recibir tratamiento psicológico y visitas en prisión. La entrega se produce sin un gran despliegue policial, en un puente internacional de El Paso, el día 13 de junio de 1999. Se desconoce la razón que lo movió a entregarse en Texas, estado en el que una condena por asesinato implica morir en prisión o ser ejecutado. Durante el interrogatorio al que le sometió Marc Young, agente especial del FBI, Reséndiz confesó un total de trece crímenes, con cuatro de los cuales aún no se le había relacionado. De todos ellos –recalcó sorprendido Young- recordaba hasta el más mínimo detalle, a pesar del largo tiempo transcurrido desde sus primeros asesinatos. El agente no desperdició la oportunidad para realizarle la pregunta que todo el país se estaba haciendo, el motivo de su actuación criminal, a lo que Reséndiz respondió que había matado “para eliminar el mal”.
Reséndiz fue procesado por la muerte en Houston de la doctora Claudia Benton en mayo del año 2000 y hallado culpable de homicidio en primer grado. Pocos días después fue condenado a la pena capital. Ahora aguarda la ejecución de la sentencia en el corredor de la muerte. En unas cartas enviadas al diario San Antonio Express-News, Reséndiz acusó a las autoridades de haber aterrorizado a su familia hasta lograr su entrega y manifestó gran añoranza por su hija, a lo que el hermano de una de las víctimas replicó: “¿No cree usted que nosotros echamos de menos a nuestra hermana?”. Y añadió: “Él trata de despertar compasión, pero es demasiado tarde para eso”.

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Encontré en el archivo histórico de el diario El País una noticia (del año 2006) que a pesar del tiempo transcurrido puede ser interesante:
Ejecutado el ‘asesino del ferrocarril’ en el Estado de Tejas
Tennessee aplica la pena capital al segundo preso desde 1960.
Washington - 28/06/2006
Las autoridades del Estado de Tejas han ejecutado la pasada madrugada con una inyección letal al mexicano Ángel Maturino Reséndiz, condenado por el asesinato de una doctora cometido hace casi ocho años. Por su parte, el Estado de Tennessee ha ejecutado a su segundo preso desde 1960. Se trata de Sedley Alley, condenado a la pena capital por el asesinato en 1985 de la marine de 19 años Suzanne Collin.
Maturino Reséndiz, de 46 años y apodado el Asesino del ferrocarril, recibió una inyección letal una hora después de que el Tribunal Supremo de EE UU rechazara los recursos presentados a última hora en su favor. “La ejecución ha tenido lugar”, ha señalado una portavoz del Departamento de Justicia Criminal de Tejas. En su declaración final, Maturino Reséndiz pidió perdón a los familiares de sus víctimas, según ha informado una portavoz del penal de Huntsville. El condenado murió cinco minutos después de que se le aplicara una inyección letal, informaron fuentes judiciales.
Además del asesinato de la doctora Claudia Benton, de 39 años, a quien violó antes de matar a golpes, las autoridades atribuyeron a Maturino Reséndiz más de una decena de homicidios en varios estados del país entre 1998 y 1999. La mayoría de esos crímenes fueron perpetrados en las proximidades de vías férreas y estaciones de trenes, lo que le valió el apodo del Asesino del ferrocarril. Ésta es la decimotercera ejecución este año en Texas, el Estado que aplica con mayor rigor la pena de muerte en los Estados Unidos.
Gracias a Dios que ese asesino ya no está entre nosotros.