En Ciudad Juárez la muerte ronda por las calles. Busca a las mujeres jóvenes, pobres y solas. En los últimos diez años, cerca de 320 han perdido la vida. Muchas de las víctimas han sido encontradas con algún miembro amputado, torturadas, violadas o estranguladas.
¿Qué factores intervienen en el desolado escenario de esta ciudad mexicana? ¿Es el alcohol, el tráfico de órganos, la drogadicción, el sadismo pornográfico o una exacerbada y visceral cultura de la violencia?
En este artículo se expone un caso ficticio con el ánimo de ilustrar la trágica situación real que vive esta ciudad fronteriza con Estados Unidos. Los componentes sociales, las claves de actuación policial y la indiferencia institucional en torno a tanta víctima, se encuentran reflejados en la historia que sigue a continuación.
Marta se miró al espejo. Había estado media hora pintándose los ojos y delimitando la línea de sus labios con un carmín que a ella le gustaba especialmente. Antes había alisado su larga cabellera negra. Cien veces se había pasado el cepillo. Su abuela así lo hacía cuando Marta era pequeña y la preparaba para ir a la escuela. Los pobres, sentenciaba la anciana, tenemos que mostrarnos limpios y dignos: esa es nuestra fuerza.
Pero su abuela quedaba lejos. Mientras se miraba al espejo, Marta hizo memoria del tiempo que llevaba en Ciudad Juárez. Iba ya para dos años. Abandonó su casa cuando se percató de que vivía en una jaula. Su vida estaba determinada de antemano: sacarle brillo a las baldosas, moverse entre los pucheros y doblar la cerviz ante todo aquél que llevase pantalones.
Ciudad Juárez le ofreció la posibilidad de ser una mujer libre. Se requería mano de obra sin una cualificación especial y el sueldo bastaba para ver cumplidos sus pequeños sueños.
Marta se separó del espejo. Eran ya las ocho de la tarde. Esther se acercaba radiante por el centro del corredor. Venía perfectamente atildada. Ambas muchachas compartían aquel diminuto apartamento. Trabajaban en una empresa de ensamblaje y habían simpatizado nada más conocerse. El sueño de Esther era cruzar el río Bravo y llegar a Estados Unidos. La vida del país norteño la deslumbraba. Pero por lo pronto, había hecho amistad con un compañero de trabajo y esa noche salían a cenar. Marta iba con ellos. El muchacho traería a un conocido. Serían cuatro en total.
La cena transcurrió muy alegremente. La pareja de Marta resultó ser un joven hablador y ocurrente que salpicaba la velada con anécdotas y comentarios que desataban la risa del grupo. A medida que avanzaba la noche las intervenciones del joven hablador -que también era un excelente bebedor- fueron subiendo de tono y rozaron el mal gusto, con alusiones constantes al sexo y a la manera cómo los hombres que se precien deben satisfacerlo. Su tendencia a mezclar el alcohol con todo este tipo de comentarios lo convirtió muy pronto a los ojos de las dos chicas en un ser repugnante y despreciable. Marta ansiaba volver a casa y desprenderse de aquel indeseable compañero de mesa. También Esther abrigaba el deseo de quedarse a solas con el suyo y ya no reía las ocurrencias del hablador.
Terminada la cena, no tenía sentido prolongar la velada. Marta se levanta en medio de un larga parrafada de su acompañante y dice: Me voy; regreso a casa. Esther la entiende perfectamente. Los hombres, no. Te acompañamos, le dice Esther. Marta no quiere estropearle la noche a su amiga. No, me voy sola, replica. El hablador aprieta los puños. Su cuello enrojece. La mirada se le hace dura. A mí nadie me deja plantado, susurra, mordiendo las palabras. Y agrega: Si tú regresas a casa, seré yo quien te lleve. Esther propone que se dirijan todos juntos hacia el apartamentito. Aquel fulano no le infunde confianza y, por nada del mundo, quiere dejar sola a Marta con él. En los últimos tiempos están ocurriendo cosas en Ciudad Juárez. Y esas cosas casi siempre tienen nombre de mujer, de mujer asesinada o secuestrada. Nos vamos solos, ella y yo; no corre ningún peligro, asevera el muchacho que desde hace un buen rato ya no ríe ni deja suelta su palabrería.
Marta echa a andar resueltamente, como indicando que sabe arreglárselas por sí misma. El despechado joven empuja con fuerza su silla y va tras ella. Esther trata de seguirlos, pero su pareja la coge del brazo. ¿Estás loca?, le reconviene, ¿acaso no sabes de quién se trata? Es hijo de don Ramiro, el dueño de varios comercios. Si chocamos con él, estamos perdidos: en menos de veinticuatro horas nos botan de la fábrica y de la ciudad. Esther se queda mordiéndose los labios, furiosa. Pero transige; lo hace por el muchacho que la mira con miedo en las pupilas.
Marta no ha aminorado el paso. Da grandes zancadas. Camina enfurecida. Creía haberse librado de la esclavitud machista cuando abandonó su hogar y de forma imprevisible le sale al encuentro de nuevo. Su casa no se halla demasiado lejos. Precisamente en aquel momento circula por el centro de una plaza un coche de la policía. Es curioso, pero Marta experimenta una sensación de inseguridad mayor aún. Como por ensalmo, las calles han quedado desiertas. Algo o alguien, una mano negra indescifrable, parece ir borrando a los pocos transeúntes que deambulaban por ellas. Los vehículos aparcados semejan escarabajos dormidos capaces de despertar en cualquier momento para lanzarle dentelladas. Por unos instantes se nota taladrada por unos ojos que la miran desde algún lugar oculto. Detiene su marcha. El sonido de sus pasos se ha quedado congelado en el aire, y el silencio la rodea. Tal vez se trate del chico hablador que la sigue a distancia, sin atreverse a alcanzarla. Mira a su alrededor, pero no consigue ver nada. Tras unos segundos, vuelve a caminar. Dos manzanas más y llegará a su calle, divisará su casa. Algún rostro conocido se cruzará con ella, la saludará y se desvanecerán esos sentimientos de temor.
Cuando Esther regresó al apartamento eran ya las dos de la madrugada. De Marta, ni rastro.
Vengo a denunciar la desaparición de Marta Gómez, le comunicó al funcionario que se hallaba en la comisaría. ¿Una desaparición?, se extrañó el hombre. No ha vuelto a casa en toda la noche, contestó Esther a punto de quebrársele la voz por el llanto. ¿Eres tú su hermana, o pariente suya al menos?. La muchacha ni siquiera lo oyó, preocupada por limpiarse las lágrimas. ¿Qué no me oyes, carajo?, le gritó el policía, irritado. ¡Digo que si eres su hermana!, repitió con voz dura. No, señor; soy su amiga, su compañera de piso. Ni siquiera sé su segundo apellido. El funcionario arrojó a un lado el lápiz con el que simulaba tomar nota y preguntó: ¿Y sus padres? ¿Por qué no vienen ellos a denunciar esta desaparición? Con un hilillo de voz inaudible hasta para sí misma, Esther contestó: Mi amiga no tiene familia en la ciudad, señor comisario; vino de un pueblito del sur hará cosa de dos años… Esther calló. Se sentía intimidada ante aquel hombre que no hacía el más mínimo esfuerzo por entenderla. En cambio, no dejaba de mirarla. De arriba a abajo. Obsesivamente. A la muchacha le dio asco la mirada que el hombre tenía clavada sobre ella. Era una mirada pegajosa. Su padre la había mirado así en las ocasiones que regresaba bebido a casa. Por eso Esther acabó abandonando su hogar. Y ahora aquel policía… ¿Tu amiguita vestía como tú…, así…, con escote…, con falda corta…? Esther lloraba, sin acertar a contestar. Se sentía ultrajada, manchada, despreciada… Si no fueseis por ahí provocando, nadie se metería con vosotras, le reconvino el policía con una voz que en sí misma ya era un reproche. Y añadió, imperativamente: Anda, vete; tu amiga aparecerá esta tarde, o mañana, o tal vez nunca. Y sentenció con la severidad de un juez: Olvídala, tú no eres nadie para reclamarla.
Cuando Esther salía por la puerta de la comisaría, el comisario que la había atendido se dirigió a un cuartito, en uno de cuyos lados se hallaba un pequeño camastro. Dormiría aún un buen rato y trasladaría al mundo de las pesadillas nocturnas la entrevista que había mantenido con aquella muchacha.
Desde 1993 hasta nuestros días, en Ciudad Juárez han desaparecido 4600 mujeres.
Según diversas ONG, en el mismo periodo de tiempo se han contabilizado más de 320 homicidios femeninos, cometidos mediante estrangulamientos, violaciones, amputaciones y toda clase de torturas.
La actitud mantenida por las autoridades estatales, y sobre todo por las federales, en la resolución de estos casos, ha sido negligente, permisiva e incluso se la ha adjetivado de corrupta. Opiniones semejantes han sido sustentadas por diversas organizaciones feministas y sociales de dentro y de fuera de México, tales como Casa Amiga, Comisión de Derechos Humanos, Justicia para nuestras hijas, Mujeres de Negro, y colectivos artísticos como los que encabezaron Eve Ensler o Jane Fonda.
Esta última, famosa actriz cinematográfica, con motivo de una marcha de protesta en Ciudad Juárez, en febrero del 2004, exclamó: “Soy mujer y siento el dolor de esas mujeres como una daga en mi corazón”.

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En el próximo reportaje puedes dejar comentarios sobre “Los asesinatos de Ciudad Juárez”.