El genial escritor británico, famoso por ser el creador de Sherlock Holmes, nunca imaginó que la inmortalidad le vendrÃa del brazo de esta perspicaz criatura vestida con capa y traje a cuadros, lupa y cachimba. Él siempre ambicionó alcanzar el éxito a través de la novela histórica, cosa que no logró.
Arthur Conan Doyle nace el 22 de mayo de 1859 en Edimburgo, en cuya universidad estudiará medicina. En las aulas universitarias, el estudiante Conan Doyle encuentra a un profesor cirujano, Josep Bell, que le produce una gran impresión. Este profesor es sagaz, tremendamente lógico y brillantemente deductivo. Causa admiración en el estrado de los estudiantes cuando logra, por pequeños e insignificantes detalles que para la mayorÃa pasan desapercibidos, descubrir aspectos o cualidades de sus pacientes, aplicando métodos deductivos. Esa inteligencia y ese método pueden generar un gran beneficio en el campo de la medicina. Doyle es un ferviente católico escocés de ascendencia irlandesa y ve como se inflama su vena espiritual ante la posibilidad de aplicarlos entre sus semejantes en su futura práctica profesional.
Cuando en 1881 obtiene el tÃtulo y ejerce en un arrabal de Portsmouth se da cuenta de que las elucubraciones deductivas de su viejo profesor no le sirven de gran cosa con los pacientes que se le sientan en la consulta y carraspean torpemente los sÃntomas de sus delirios y de sus enfermedades.
El joven doctor se desespera. ¡De qué modo aplicar el método del cirujano Bell? ¿Ante quién y para qué?. El aula ha quedado lejos, la atmósfera de sugestión y de gloria que creaba en ella el profesor con sus brillantes deducciones, parece algo remoto y sin fundamento. Doyle tiene que huir de su realidad, de su pequeña y agrisada consulta donde permanecerá de 1882 a 1890. Su mucho tiempo libre le da alas en esa huida. Evoca a Josep Bell. Imaginariamente, lo trae a su lado. Lo copia, lo recrea, lo convierte en un investigador de casos insolubles, es decir, alumbra a Sherlock Holmes. Creará, además, al doctor Watson, que no será otro que él mismo, y lo ligará indisolublemente a la vida y a la gloria literaria de Sherlock Holmes.
Es todo un juego divertido de recreación que le permite al doctor Conan Doyle trascender las desconchadas y toscas paredes de su consulta y adentrarse en un mundo mucho más interesante y pletórico que el de la simple aventura: el mundo de la especulación, del razonamiento, de la deducción. Doyle no maneja simplemente a dos seres ficticios en su proceso de creación. Son el doctor Watson y Sherlock Holmes, o dicho de otro modo, son él mismo y su antiguo profesor de universidad. Hay una implicación personal, hay una pasión innata, hay una profunda y original autenticidad puestos al servicio de una capacidad literaria fuera de lo común. Y asà es como nacen -y en ocasiones sin sospecharlo ni el propio autor- las obras universales.
La primera novela de Arthur C. Doyle, Estudio en Escarlata, fechada en 1887, es la auténtica acta de nacimiento de la pareja literaria más conocida, tal vez después de D. Quijote y su escudero.
A esta novela detectivesca le seguirá El Signo de los Cuatro, en el año 1890. Pero lo que realmente catapultará a este autor al pináculo del más ferviente culto literario será la publicación por entregas en el Strand Magazine de una serie de doce narraciones, bajo el tÃtulo genérico de Las Aventuras de Sherlock Holmes, que comenzaron a divulgarse en 1892.
Para entonces Conan Doyle ya gozaba de la suficiente solvencia económica para abandonar la práctica de la medicina y entregarse de lleno a su auténtica pasión: la de ser un escritor. Desde su infancia deseó convertirse algún dÃa en un escritor al estilo del también escocés Walter Scott, primero poeta y después el más renombrado escritor de novelas históricas, muerto en 1832. Conan Doyle habÃa leÃdo, sin duda, la recopilación de leyendas y de baladas titulada Cantos Juglarescos de la Fronta Escocesa, y las novelas Ivanhoe y QuintÃn Durward, ambas de su compatriota Scott; y la admiración que sentÃa por este escritor no tenÃa lÃmites. No es de extrañar, pues, que Conan Doyle empezara a considerar a su Sherlock Holmes y sus extrañas aventuras como una especie de divertimento para desocupadas amas de casa o para gente adepta a pasatiempos más o menos ingeniosos, pero carentes de importancia en el campo literario.
En 1889 Conan Doyle ya habÃa publicado una novela histórica al estilo de las de Walter Scott, titulada Mikan Clarke, y la buena aceptación entre los lectores lo animó a pensar que ése era el camino que debÃa seguir.
Consiguientemente, creyó que las ocurrentes peripecias del doctor Watson y Sherlock Holmes debÃan de tocar a su fin, y asà lo dejó entrever antes de concluir las Aventuras de Sherlock Holmes.
La reacción de su público fue inmediata. Las protestas se sucedÃan ininterrumpidamente y hasta la misma madre del escritor abogó en favor del detective en trance de desaparecer. “Te guardarás mucho, le conminó, de procurarle el menor daño a una persona tan simpática y agradable como el señor Holmes”. No se sabe si la reconvención de su madre, la insistencia de sus editores, las protestas de sus lectores, o todo conjuntamente, obligaron a recapacitar a Conan Doyle y aplazó la anunciada ejecución de su personaje para momentos más propicios. Pero en el fondo de su alma, Conan Doyle seguÃa ansiando convertirse en un segundo Scott. Por eso, cuando en 1894 inició las llamadas Memorias de Sherlock Holmes, una colección de 12 narraciones cortas al estilo de las que habÃa escrito en su anterior libro, ya estaba absolutamente determinado a deshacerse del detective, una molesta carga que le privaba de alzar otros vuelos literarios. Su propósito, finalmente, se cumplió en la última de esas 12 aventuras -El Problema Final- donde Holmes muere despeñado.
A partir de ese momento, Conan Doyle siguió con verdadera vocación los pasos creadores de su Ãdolo literario, Walter Scott. Escribió teatro -Historia de Waterloo- y novelas -Las Hazañas del Brigadier Gerard, y Rodney Stone- en las que recogió los frutos de una fama consolidada anteriormente como creador de Sherlock Holmes, a pesar de que ya no era éste el héroe que destilaba su pluma.
Además, corroborando la tesis de quien ve en él a un auténtico doctor Watson, Conan Doyle ejerció de médico militar en la Campaña de Sudán (1898) y en la guerra de los Boers (1899 - 1902), contiendas que le sirvieron para escribir sendas obras -La Guerra de los Boers y La Guerra en Sudáfrica- muy del agrado de las autoridades inglesas, que no dudaron en concederle el tÃtulo de sir.
En esa época, el escritor vivÃa un sueño. Las gestas, las epopeyas, las leyendas de los héroes británicos surgÃan de su pluma con fuerza, con entusiasmo, con maestrÃa. Cantaba, con ello, las excelencias de un imperio floreciente. Sus libros atestiguaban todos los hechos memorables que marcaban el paso de la historia.
Pero un nubarrón negro se cernÃa sobre el cielo literario del escritor escocés. A su domicilio no cesaban de llegar cartas reclamando la vuelta del héroe muerto, del ingenioso y vivaz Sherlock Holmes. HabÃa quien vestÃa de luto por la muerte del investigador de la capa y la pipa. La presión de los editores, que conocÃan los pingües beneficios que podrÃan derivarse de ello, era asfixiante. En fin, que Conan Doyle, fuese a desgana o seducido por el oro que advertÃa, tuvo que extraer del fondo de su escritorio el libro más sugestivo y emocionante de Sherlock Holmes y ponerlo en circulación con el pretexto de que era una aventura acaecida con anterioridad a su muerte. Esta obra -El Sabueso de Baskerville- está considerada como su obra maestra y deleita y entusiasma a quien la lee.
A partir de entonces, Conan Doyle ya no pudo librarse de un personaje a quien habÃa descalabrado en el precipicio suizo por donde saltan las cataratas de Reichenbach.
En su siguiente obra -El Regreso de Sherlock Holmes- tuvo que rescatarlo del Averno literario y situarlo en el epicentro de nuevas y emocionantes aventuras. ¿Fue el brillo, diabólicamente tentador del oro, lo que sedujo a Doyle? ¿Fue la presión social? ¿Fue la súplica conminatoria de su madre? ¿O acaso su propio instinto literario que le anticipó el veredicto de los años futuros sobre cuál iba a ser la fuente que le proporcionarÃa el agua de la inmortalidad?
Lo bien cierto, es que Conan Doyle, pasados los primeros momentos de la génesis, no fue un entusiasta de su héroe. Quiso librarse de él para siempre; dejarlo sepultado en el inhóspito rincón de las cosas triviales, un tanto avergonzado y deplorando la paternidad adquirida sobre su obra de juventud. Incluso no serÃa exagerado asegurar que el escritor llegó a engendrar un odio atroz hacia el personaje que le encadenaba a un destino alejado de su auténtica vocación como escritor de novelas históricas, de gestas y de epopeyas. ¿Por qué, si no, condenó a Sherlock Holmes al infierno cuando decidió matarlo? Tras estrellarse en el precipicio, el cuerpo del detective queda “… en lo más hondo del espantoso caldero de agua en remolinos y de espuma hirviente”. En aquel lugar abandonó Conan Doyle al carismático héroe. ¿Hay algo más parecido al infierno que estas palabras?.

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Es muy interesante la pregunta que haces en el tÃtulo del documento: ¿puedo Conan Doyle odiar a Sherlock Holmes? Personalmente yo creo que no.
Yo también opino que no, que Conan Doyle sintió a Holmes como su creación más preciada y destinó todos sus recursos creativos a favor del magnÃfico detective.
Si tenemos presente el final de la historia entre Conan Doyle y Sherlock Holmes pues tal vez sÃ, tal vez al final Holmes invadÃa tanto la vida de Doyle que el escritor llegó a odiar su propia criatura.