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Doctor Watson: La ténue sombra de un genio

De Sherlock Holmes se conoce todo. De Watson, compañero suyo de aventuras, casi nada. Su papel se reduce a ser una mera sombra, la tenue sombra de un genio de dimensiones universales.

Aproximándonos a Watson corremos el riesgo de que se nos desvanezca entre los dedos, como lo haría la niebla o el vaho siempre fofo de los seres irrelevantes. ¿Pero realmente Watson es un ser sin consistencia, condenado a vagar en torno a su famoso acompañante, sin esperanza alguna de exhibir los perfiles de su propia personalidad?

Del doctor Watson conocemos algunos detalles, antes de que entablara relaciones con Sherlock Holmes. Sabemos que en 1878, nueve años antes de su nacimiento literario, alcanzó el título de doctor en medicina en una universidad tan prestigiosa como la de Londres. Su deseo era convertirse en médico militar, para lo cual aún tuvo que prolongar sus estudios un año más en Netley. Logrado su propósito, fue destinado al 5º Regimiento de Fusileros de Northumberland, a la sazón en tierras hindúes. Hay que imaginarse al joven doctor recorriendo ilusionado medio mundo para incorporarse a su destino. Pero el viaje aún se prolongará hasta Afganistán, adonde se ha trasladado su Regimiento para participar en la segunda guerra contra este país asiático. Ojeando Las Memorias de Watson uno puede hacerse la idea sobre cómo le fue en su primera experiencia bélica: “Esa campaña proporcionó honores y ascensos a muchos; pero a mí sólo me acarreó desgracias e infortunios”.

El maltrecho doctor fue destinado a un nuevo Regimiento con el que participó en unasegunda confrontación armada. En la batalla de Maiwaud, el joven galeno está a un paso de perder la vida. Una bala explosiva lo alcanza de lleno, atravesándole el hueso subclavio y arañándole la arteria. Queda como un guiñapo en el campo de batalla a merced de los ghazis, a cuyas manos hubiera perecido irremediablemente a no ser por la valiente reacción de su ordenanza, un tal Murray, quien lo aupó sobre su propio caballo y, doblado como un saco de patatas sobre el lomo del animal, cruzó la línea enemiga y pudo llegar al sector británico.
Después se sabe que Watson fue presa del tifus, cosa que también añadió incertidumbre y riesgo a su proceso de recuperación. Tal cantidad de infortunios alertó a sus superiores, que no encontraron otra manera de preservarlo que devolviéndolo directamente a la metrópoli, es decir, de vuelta a la mismísima Inglaterra.

Tanta contrariedad sufrida provocó en el joven doctor un deseo desaforado por resarcirse. Su exigua paga diaria de once chelines y seis peniques no impidió que Watson se instalara a todo tren en el hotel del Strand, uno de los mejores de la capital londinense. Su economía resistió los primeros embates; pero muy pronto, su gran sentido práctico se impuso y comprendió que la ruina se hallaba agazapada a un paso de su bonita habitación de hotel. Además, por aquel entonces, Watson ofrecía una imagen deplorable que contrastaba con la opulenta figura de los burgueses que frecuentaban el hall del Strand. Él mismo describe su aspecto de aquella época: “Me hallaba delgado como un listón y moreno como una nuez”. Watson busca, pues, un nuevo hogar. Algo sencillo, más acorde con su paga, puede bastarle. Una habitación, un saloncito discreto… En fin, algo económico y digno.

En estas circunstancias es cuando se produce el encuentro entre Watson y Sherlock Holmes. Ambos atraviesan malos momentos económicos y desean compartir gastos. Pero no a cualquier precio. Holmes es un hombre muy especial. Su género de vida también lo es. Compartir vivienda con un extraño comporta unos riesgos. Sherloch Holmes le previene a Watson de sus manías, de sus exigencias. Watson, a su vez, también quiere jugar limpio. Le comunica a Holmes sus hábitos. Es una buena ocasión para conocer un poco más al doctor. Le dice a su futuro compañero de vivienda: “Me molestan los ruidos que puedan contribuir a alterar aún más mi maltrecho sistema nervioso”; “Soy tremendamente perezoso”; “No me someto a reglas regulares en lo tocante a la hora de levantarme de la cama por las mañanas”. Holmes lo encuentra todo aceptable y ambos hombres se trasladan a vivir a Baker Street 221 B, iniciándose la convivencia de una de las parejas más famosas que hayan poblado la faz de La Tierra.

Cuando le comunica a Holmes sus “manías” Watson omite una, consciente o inconscientemente. Eso siempre figurará en el capítulo de los hechos no esclarecidos. Le oculta que anota en unos cuadernos todo aquello que le causa una impresión.

Y a Watson, a partir de aquel día, no va a haber nada en este mundo que le produzca más impresión admirativa que su compañero. Sobre él escribirá en lo sucesivo todo lo que observe, todo lo que diga o haga o elucubre o sueñe. Será el pregonero de un Sherlock Holmes genial, a cuya sombra se instalará, pero de cuya luz quedará cegado por los siglos de los siglos literarios.

Esta profunda admiración hará que Watson utilice los métodos deductivos de Holmes cuando se arriesgue a emular a su insigne amigo. Y los halagos que le dedique éste le producirán un hondo placer, a menudo sesgado por los corrosivos comentarios con que los acompaña. Unas veces le dice Holmes: ” …quizá no sea usted una antorcha encendida…” O también esto otro: ” Hay personas que, sin ser ellas mismas geniales, tienen la capacidad de espolear el genio en los demás”.

Pero la inclinación corrosiva del detective no romperá el estrecho vínculo de amistad y de fusión personal que une a estos dos hombres. Su grado de complementariedad es realmente asombroso. Watson sabrá ocupar un papel secundario en todo momento. Su exquisita discreción le obligará a retirarse cuando alguien acuda a entrevistarse con Holmes. Se diría que su persona aparece o desaparece en función de las necesidades de su brillante compañero.

A pesar de ello, entre los amantes del género siempre ha circulado una ligera sospecha de que el papel de Watson es mucho más importante del que muestran las apariencias. Hay una película , titulada “Cuidado, llegaron los detectives”, que esgrime la peregrina teoría de que el auténtico investigador y genio deductivo es el doctor John H. Watson , y que utiliza a Holmes para ocultar sus portentosas cualidades y preservar su condición de hombre de ciencia.

El mismo Conan Doyle, creador de estos dos personajes, quedará admirado de la fidelidad que el “humilde” Watson le profesa a Holmes. Y en el encabezamiento de la aventura que da inicio a esta magnífica colección, manifestará, a manera de juego, que el verdadero creador de la figura del detective inglés no es otro que el propio Watson, y que él, Conan Doyle, se ha limitado a reimprimir Las Memorias de este pequeño, circunspecto y discreto doctor, situado siempre al lado del brillante Sherlock Holmes, justo allí donde éste proyecta su tenue y delicada sombra.








...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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3 comentarios en Doctor Watson: La ténue sombra de un genio

  1. El Doctor Watson siempre fue la sombra del famoso detective Sherlock Holmes. En cierta forma, Dr. Watson es la ayuda perfecta que todo hombre desea tener. Es tenaz y un punto de apoyo clave para resolver las más complicadas investigaciones.

  2. Es el 50% de Sherlock Holmes, un detective que, con la estimable ayuda de Doctor Watson, solucionan los casos más difíciles.

  3. Sin el Doctor Watson, las aventuras de Sherlock Holmes, evidentemente, no serían igual.

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