Gabardina con cinturón ceñido y cuello levantado, sombrero ligeramente torcido, cigarrillo pegado al labio inferior, mirada fría e inquisitorial…
Esa es, más o menos, la imagen que las películas americanas han hecho célebre sobre los detectives que perseguían con saña al culpable hasta dar con sus huesos en la mazmorra más lúgubre de uno cualquiera de sus 40 estados.
Hoy en día las cosas han cambiado. El misterio se ha instalado en las comisarías. Los investigadores que resuelven los casos más difíciles no salen de una habitación. Visten con idéntica indumentaria a como lo haría un médico y no precisan colocarse frente al sospechosos y asaetarlo a preguntas. Además, para colmo de sorpresas, no usan su pistola ni necesitan esposar a los detenidos para evitar que se les escapen de las manos. Los instrumentos que utilizan son las probetas, los productos químicos y los microscopios. Sí, en efecto, son auténticos técnicos de laboratorio y el arma que emplean es la detección: la detección del ADN.
El ADN viene a representar la huella o señal que dejan los genes. Esa señal es muy diferente de unas personas a otras, al estilo como lo son las huellas dactilares. Pero éstas podían conjurarse mediante la utilización de guantes o pasando por encima de ellas un trapo y frotando. En cambio el ADN es mucho más escurridizo y no es tan fácil librarse de él. Cualquier señal orgánica, cualquier pequeño resto inadvertidamente olvidado en la escena del delito, como pueda ser un pelo o una gota de sangre, entre otros muchos, puede plasmar su “retrato” tan claramente que identificarlo será ya un juego de niños. Pero, ¿realmente es así de fácil? ¿Puede la policía, a partir de ahora, frotarse las manos con la ayuda de ese prodigioso “chivato” como es el ADN? Contestar a estas preguntas precisa de unas matizaciones. En primer lugar conviene explicar con detalle qué es el ADN, sus amplias posibilidades presentes, sus limitaciones y también las perspectivas que se le abren en un futuro inmediato.
Desentrañaremos el misterio del ADN, una palabra que muchos hemos escuchado pero cuyo significado, generalmente, ignoramos. En el interior de cada célula existen unas moléculas dotadas de unos segmentos de ADN. En esos segmentos se encuentra inscrito nuestro código particular genético; de tal manera que en ellos figura el color de nuestro pelo o de nuestros ojos, la tendencia o predisposición a padecer alguna enfermedad hereditaria, nuestra altura, el color de nuestra piel, y un largo etcétera no del todo aún catalogado y registrado.
Estos segmentos se configuran en forma helicoidal o escalera de caracol, cuyos “peldaños” lo constituyen 4 bases nitrogenadas- la adenina, la guanina, la citosina y la tinina-, mientras que las “barras laterales” de esa escalera las conformaría el azúcar desoxirribosa. Por último, un grupo fosfato mantendría unido el armazón.
Los estudios sobre el ADN, que les valieron, por otra parte, el premio Nobel de Medicina, se los debemos a los británicos James Watson y Francis Crick, insignes profesores e investigadores de la Universidad de Cambridge; si bien es verdad, y muy frecuentemente este detalle se omite, que también aportaron sus estudios otros dos profesores británicos, Maurice Wilkins y Rosalind Franklin, ambos de la universidad de Londres.
Los resultados de todas estas investigaciones se dieron a conocer en la revista científica Nature el 25 de Abril de 1953 y esa es la fecha más comúnmente aceptada como la del nacimiento del ADN, que vienen a ser las siglas, en definitiva, del Ácido Desoxirribonucleico. La trascendencia de este descubrimiento en el campo de la identificación genética es fundamental. Imaginemos el caso siguiente: en un pueblo de dimensiones medias ha ocurrido un atroz asesinato. La víctima es una joven que, tras ser violada, pierde su vida por estrangulamiento. En la desesperada resistencia que opone la víctima, le produce con sus uñas un arañazo en alguna parte del cuerpo a su agresor. No hay huellas dactilares; ningún indicio se presenta claro; tras las primeras averiguaciones, no aparece ningún sospechoso. Sólo dos o tres décadas atrás, la policía se hubiera encontrado inerme para solucionar el caso, que pasaría a ser uno más de los cientos de ellos archivados y depositados sobre una estantería, ante la desesperación de allegados y familiares de la víctima.
Pero hoy en día, las cosas han cambiado sustancialmente. Los restos de piel y de sangre pertenecientes al agresor y que se encontraron adheridas bajo las uñas de la joven asesinada van a resultar decisivas. El ADN contenido en esos restos orgánicos se pondrán a hablar de inmediato. Señalarán la identidad del asesino en aspectos tan fundamentales como su condición de hombre o mujer, su altura, el color de su piel, de sus ojos, su edad…
Este caso que se ha presentado como ficticio no lo es tanto. Es justamente una reseña bastante fiel sobre el asesinato de Sonia Carabantes ocurrido en la población malagueña de Coín. Y el sospechoso al que se le aplicó la determinación de su identidad genética no fue otro que el archiconocido y tristemente célebre Alexander King, también inculpado en el asesinato de Rocío Wanninkhof en cuyo lugar del crimen estuvo asimismo presente, a tenor del análisis por ADN de la saliva encontrada en una colilla. Gracias al ADN, hoy en día King está en prisión. Ningún Sherlock Holmes ocasional hubiera sido capaz de lograr un resultado tan sorprendente y claro. Acostumbrados por la cantidad de veces que lo hemos contemplado en el cine, posiblemente nadie ponga en duda la efectividad y la contundencia de las huellas dactilares en la determinación de una identidad. Pero también puede resultar posible, por ser el tema menos conocido, que el escéptico de turno salga impugnando la validez del ADN porque piense que las células contenidas en una pizca de saliva, por ejemplo, no pueden ser tan diferentes a las de otra saliva cualquiera. Ante semejante reparo se oponen las demostraciones experimentales, que resultan apabullantes. Si se analiza un solo segmento en los que se repite la cadena del ADN la coincidencia es de 2 por cada 250 personas analizadas. Pero si el análisis se amplía a la docena de segmentos, la probabilidad de coincidencia genética entre dos individuos ya salta de 1 hasta los 20.000 millones de personas; con lo cual, considerando que la población mundial roza los 6.000 millones, nos situamos en los parámetros de la infalibilidad más absoluta.
¿De qué vale determinar datos genéticos de un hipotético asesino si luego no existe un departamento que pueda, por comparación, tratar de precisar la identidad del sospechoso?
Aún así, este portentoso confidente policial también posee pies de barro. Tal vez sería más correcto decir que la condición humana, tan despreciativa con todo lo nuevo, contribuye a que la efectividad del ADN se vea mediatizada y casi reducida a la nada. En España – la acompañan en Europa, Grecia y Portugal, como en tantas otras cosas – no existe un registro nacional ni una legislación que regule este sector. Los bancos de datos existentes – Guardia Civil y Policía nacional- cuentan, en su conjunto, con la exigua cifra de 50.000 perfiles recogidos. ¿De qué vale determinar datos genéticos de un hipotético asesino si luego no existe un departamento que pueda, por comparación, tratar de precisar la identidad del sospechoso? Nuestro entorno – el mundo occidental- dispone de estos bancos, ocupando Inglaterra la posición más avanzada con dos millones y medio de registros genéticos muy por encima de la propia FBI, que no alcanza el cuarto de millón.

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Yo estoy a favor de la creación de un banco de información genética para que de esa manera cualquiera que realice algún acto bandálico y se encuentre sus rastros de ADN pueda ser detenido inmediatamente.