“Ése es tu padre, hijo mío”. “¿Ese señor que sale en la tele? Para mí sólo es un trozo de cristal y un mando a distancia”. “Pero tú, como sus otros hijos, tienes derecho a su fortuna”. “Ah, entonces vale: pleiteemos”.
A lo largo de la historia reyes, papas, nobles y gentes de la más variada alcurnia han tenido hijos ocultos. Éstos han llevado vidas calladas y discretas que no han restado ni un ápice de brillo al blasón del cual descendían.
Hoy en día, los hijos de los famosos reclaman su derecho a ser reconocidos públicamente y a poder usar el apellido de aquél que les dio la vida. Al sentimiento ahogado de un padre que se niega a reconocer a su vástago, normalmente le corresponde un sentimiento así mismo desnaturalizado de su hijo. Si el primero reniega de su paternidad, la desmiente, increpa a su antigua amante, mira con odio y recelo al fruto de lo que tal vez sólo fue una noche de pasión, el segundo, su presunto hijo, no le corresponde con distinta moneda: comparece ante cualquier medio de comunicación, si es el televisivo, mejor; protagoniza sonadas protestas, escandalosas entrevistas, busca grandes titulares de revistas, entra al trapo de las más sonadas descalificaciones, y, en suma, se convierte, casi con toda seguridad y en un tiempo récord, en un personaje de peso dentro del tormentoso mundillo del famoseo nacional.
En esta contienda pseudofamiliar quien únicamente pierde es el sorprendido espectador de un circo con ribetes folklóricos y esperpénticos, al que asaetean noche y día con información y versiones encontradas, que lo manipulan hacia un costado y hacia otro, que tratan de transformarlo en un sectario incondicional dispuesto a dejarse la piel en defensa de una tesis o de luchar hasta la extenuación por desarticular su contraria.
En toda esta selva del engaño, del impudor y de los intereses desatados, ¿existe algo o alguien que hable con voz clara y sosegada, que introduzca la cordura y el raciocinio, y que ocupe ese lugar neutral desde el cual todavía es posible vislumbrar el rostro desvanecido de la verdad?
Existe, y se llama ADN. El ADN no conoce barreras ni restricciones. En los últimos tiempos es determinante en la resolución de reclamaciones de paternidad que afecta a algunos famosos. La dificultad que encontraban los reclamantes para demostrar su filiación ha quedado arrumbada ante la contundencia de unas pruebas que no admiten réplica. Cuando el ADN habla callan los infundios, las evasivas, las mentiras; se desmontan las tramas y se esclarece, en suma, la verdad. El veredicto de un juez, con el ADN por medio, es, sin paliativos, infalible. Es más, la negativa del famoso a someterse a la prueba comparativa del ADN, apelando a su libertad individual y a la carencia de leyes en España que regulen este tipo de actos, ha motivado que algunos jueces consideren la negativa como una prueba en contra del demandado y una asunción implícita de su paternidad.
Especialmente sonada en nuestro país ha sido la petición de reconocimiento presentada contra el cantante residente en Miami, Julio Iglesias, por parte de Javier Sánchez Santos, hijo de Mª Edite Santos, una ciudadana portuguesa. Este muchacho reclama para sí el derecho de ser un Iglesias, sin que hasta la fecha haya prosperado su demanda. La madre, antigua componente del cuadro artístico del cantante, jura y perjura que engendró un hijo suyo y solicita que los análisis del ADN corroboren sus afirmaciones. Aporta como pruebas de la relación que mantuvo con Julio Iglesias una serie de fotos, aunque la prueba más contundente es el rostro del joven reclamante: se parece a su presunto padre como una gota de agua a otra. Incluso exhibe unas dotes artísticas fuera de lo común que pueden hacer pensar en su vinculación con los Iglesias, hasta el punto que ha actuado ya como cantante en platós de televisión y salas de fiesta, sobre todo en Latinoamérica.
Julio Iglesias siempre ha negado que él pudiera ser el padre del joven reclamante y no ha accedido a someterse al veredicto que pudiera dictar una simple prueba de ADN. Otro caso que igualmente ha repicado con fuerza en la sociedad española ha sido el protagonizado por el extorero Jaime Ostos. También éste se ha negado reiteradamente a someterse a las pruebas de ADN ante la solicitud de filiación de una hipotética hija suya llamada Gisela. Aurora Díaz asegura que el padre de la niña que dio a luz era Jaime Ostos.
El asunto “se resolvió” de una forma inesperada y poco usual cuando Gabriela Ostos, una hija legítima del propio torero, se prestó a confrontar su ADN con el de la reclamante y, a consecuencia de este estudio comparativo, se concluyó que, efectivamente, guardaban entre sí el parentesco que la solicitante reclamaba, con lo cual, Jaime Ostos, desde ese momento, y aún a su pesar, contó, con toda seguridad, con una hija más en la familia. Asunto aparte es que se realice un reconocimiento jurídico, para lo cual deberá mediar la sentencia de un juez.
Pero mientras esta sentencia llega, el señor Ostos frecuenta los estudios de todas las televisiones que lo contratan y obtiene pingües beneficios, a costa de negar su paternidad y de enfrascarse en agrias disputas con periodistas especializados en los llamados “programas basura”, quienes, falsamente escandalizados, logran el objetivo de hacerle entrar al trapo de los insultos y de las descalificaciones. Y una cosa así, en un torero, casi resultaría hilarante si el estupor y la vergüenza ajena no vinieran a remediarlo.
Un caso semejante al anterior pero que aporta beneficios al famoso y a la mujer que asegura ser madre de una hija suya, lo representan el cantante valenciano Francisco y la latinoamericana Denia Apolinar. Hay que hacer mención a un tercero que también obtiene suculentos beneficios con este tema: se trata de Juan Ramón, hermano del cantante, que irrumpió en el escenario de los hechos, afirmando que el verdadero padre de la niña era él y, en ningún caso, su hermano. ¿Impulsos irrefrenables de amor fraternal? ¿Deseos de exonerar al famoso? ¿Anhelos de protagonismo personal? ¿Ganas de embrollar aún más un asunto espinoso, con el oculto deseo de hacer real lo que delata el conocido proverbio: “En río revuelto, ganancia de pescadores”?
Que cada cual extraiga sus conclusiones. Pero quede la constatación de unos hechos ventilados en la pequeña pantalla sin ningún tipo de recato por los protagonistas: los dos hermanos se llevan a morir y en más de una ocasión se le ha oído afirmar a Juan Ramón que él canta mejor que Francisco y que su fama lo supera en el extranjero.
Cuando Pepi le notificó a su novio que esperaban una hija, éste la abandonó. Habían mantenido relaciones durante cuatro años. Ella no era nadie. Sólo Pepi. Él, en cambio, brillaba como un ídolo en el mundo de los toros. Su nombre era Manuel Benítez, “El Cordobés”. La niña nació y tuvo que vivir 35 años sin el apellido de su padre. Ahora, el Tribunal Supremo ha certificado que su nombre completo es Mª Ángeles Benítez Raigón, a pesar de que su padre hizo todo lo posible para que no pudiera usar el primer apellido. “Más que contenta, me he sentido aliviada”, manifestó Mª Ángeles en el programa “Salsa Rosa” el 31 de Agosto del 2004. Y aún añadió: “Yo sólo quería su cariño. Ni su dinero ni nada”. La joven manifiesta que se sintió profundamente herida cuando el torero aseguró que tenía “cinco hijos y varios sin herrar” Si “El Cordobés” hubiera estado seguro de la falsedad de su paternidad una simple prueba de ADN lo hubiera exonerado de esta imputación. La justicia ha tenido que poner herraduras allí donde, jactanciosamente, un padre mantenía descalza a su hija.
Ante toda esta serie de “animadores sociales” de mediocre talla moral y personal, puesto que vociferan, se increpan, se insultan y se dedican toda clase de lindezas ante millones de espectadores que no acaban de creerse lo que están viendo en el pequeño cristal de sus televisores, hay algo que podría hacerlos enmudecer como auténticas estatuas de sal: el ADN. Una simple prueba, un sencillo análisis del cuadro genético de los vociferantes y todas las dudas quedarían despejadas.
Pero aclarándose las dudas, acabarían los suculentos bocados económicos que en la mayoría de los casos obtienen las dos partes. Y también el combustible que le permite mantenerse en marcha a más de un famoso decadente que a duras penas consigue ocupar el pedestal de una fama que ya exuda cierto tufillo alcanforado…

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Muy interesante el documento. Yo estoy convencida de que si todos nos hiciéramos las pruebas de paternidad (famosos y no famosos) el ADN nos depararía más de una sorpresa, ¿no crees?, jijiji.