“El Código da Vinci”, todo un conjunto de misterios, enigmas, símbolos, acertijos, iconos, revelaciones, rompecabezas y, en suma, situaciones e hipótesis, reales o falsas.
El autor de esta archifamosa novela -Dan Brown- ha reunido en una trama policiaca que rompe el simple esquema de un thriller al uso y se inscribe en ese ángulo oscuro de la historia-ficción que ha acompañado al mundo occidental durante el último milenio.
Maestro del suspense, Dan Brown conduce su relato a un ritmo vertiginoso, propio de una película de Alfred Hitchcock. La trama podría muy bien clasificarse como una más entre las muchas que se encuentran en el género policiaco. Se produce un crimen; la policía sospecha de alguien cuyo nombre ha escrito la víctima en el suelo y pone todo su empeño en capturar al más que probable asesino. Éste huye. En la persecución y la fuga se consumen las más de quinientas páginas que componen la obra. Lo insólito, si acaso, lo constituye el hecho de que la nieta del hombre asesinado ayude al fugitivo a huir de sus captores.
¿Y eso es todo? ¿Es esa la novedad de un libro que se vende como la espuma y que se ha situado a la cabeza de los de mayor aceptación? Está claro que no. El libro contiene el germen de algo que ha preocupado y conturbado al ser humano durante siglos y cuya existencia ha provocado estrambóticas y sesudas reflexiones. También las más pertinaces y obsesivas búsquedas: el Santo Grial. ¿Qué es el Santo Grial? ¿Dónde se halla? ¿Quién o quiénes detentan el secreto de su existencia, las pruebas de su veracidad?.
Dan Brown pasea su perspicaz mirada por la historia de la Europa Medieval. El oscurantismo, el enigma, la niebla más espesa nubla el razonamiento del hombre. Es una época de destrucción, sin la contrapartida de un mundo que herede los valores del anterior. Lo que se destruye, se desintegra hasta su desaparición; se pisotean las viejas creencias, los mundos que han brotado de la fe y de la razón de todas las civilizaciones anteriores. Sólo queda lo que el hombre rudo levanta al compás de una espada ensangrentada que no cesa de herir y de provocar el terror.
En medio de todo ese cosmos que se desmorona, que abandona las verdades consagradas, surge un grupo de hombres que realiza un hallazgo sorprendente. Este grupo constituye el Priorato de Sión. Es el año 1099. Entre los despojos del bíblico Templo de Salomón han encontrado el Santo Grial. La posesión de semejante “tesoro” convierte a este grupo en una fuerza poderosísima, aunque frontalmente opuesta a la Iglesia oficial que no desea que el mundo conozca el secreto del Santo Grial. El Priorato de Sión es por eso respetado, temido… y odiado. El Grial tiene que ser custodiado y defendido. Con este fin crea la Orden de los Templarios. Esta organización será la encargada de salvaguardar con las armas el valioso tesoro hallado entre las ruinas del Templo de Jerusalén.
El Priorato, en cambio, se mantendrá en las sombras. A su cabeza figurará el Gran Maestre. La composición de sus miembros y sus actividades constituirán un secreto que se ha conservado hasta nuestros días. El significado del Santo Grial y su ubicación física representan incógnitas aún sin resolver para la generalidad de los seres humanos. Sólo el Gran Maestre y un número muy reducido de dirigentes del Priorato podrían desvelárnoslo. La Iglesia oficial ha esparcido incansablemente la teoría de que el Grial es la copa en la que Jesucristo bebió vino en la Última Cena y donde se verificó la milagrosa transformación en su propia sangre. Dispuesta a que esta teoría prevaleciera permitió que algunas iglesias se disputasen el honor de afirmar que poseían el Grial en sagrada custodia. La catedral de Valencia, en España, es la que se muestra más ufana de ello.
Dan Brown, sobre el marco de una historia policiaca situada en nuestro tiempo, rescata aquella bruma medieval, actualiza aquel misterio sacrosanto y desarrolla toda una serie de teorías que sólo pueden ser contempladas ecuánimemente desde la atalaya de un lector que no olvide que aquello que sostiene entre sus manos es una novela y que por lo tanto el rostro de la ficción comparece a menudo.
Las claves del éxito de esta novela hay que encontrarlas en la tenaz voluntad de Brown por conservar el interés en cada una de las páginas que escribe. Es sorprendente su capacidad para mantener al lector en una permanente sed de más lectura, en un deseo acuciante de adentrarse más y más en aquel mundo de misterios, de intrigas, de secretísimos mensajes de difícil y enrevesada interpretación. A un enigma -la postura de la víctima, semejante al “Hombre de Vitrubio” de Leonardo da Vinci- prontamente desvelado, le sigue una curiosa reflexión sobre la misteriosa imagen de la “Mona Lisa”. Su sonrisa, eternamente congelada más en sus ojos que en la boca, esconde una simbología entre lo masculino y femenino; es decir, entre el dios Amon y la diosa Isis, de cuyos anagramas se extrae el confuso y extraño nombre de “Mona Lisa”. ¿Es tal vez esa misma convicción la que ha hecho exclamar en nuestros días al eximio semiólogo y novelista italiano Humberto Eco que la “Gioconda” fue un travesti en realidad?.
Situada la mirada sobre Leonardo da Vinci, el instinto criptográfico de Brown ve más indicios, más claves en las obras del artista y hombre de ciencia florentino. Un ejemplo preclaro lo representa el cuadro “La Última Cena”, pintado cuando ya el siglo XV acababa. En ese cuadro se advierte al lado de Jesús a una bella muchacha de pelo rojizo y lánguida compostura, cuya identidad la Iglesia siempre ha señalado como la del joven y delicado apóstol Juan. ¡Pero es una mujer! ¡Incontrovertiblemente así es y basta con mirar el cuadro con un mínimo de atención para quedar persuadido! Los ojos cansados del cristiano obediente sólo han visto lo que la voz autorizada de los clérigos le han indicado que debía ver. El cuerpo de esta mujer forma con el de Cristo una monumental M, en clara alusión al logotipo del Priorato de Sión, al lugar que ocupaba Leonardo da Vinci -Gran Maestre- en esta organización ultra secreta, o incluso al vínculo del Matrimonio que unía a Jesús con María Magdalena, que ésa era la mujer que aparece en el cuadro. Por ningún lado de la mesa se vislumbra el famoso Copón que para muchos representa el Santo Grial. Sólo vasos; también para Jesús, un vaso como los demás.
Los misterios se desvelan. Leonardo da Vinci, Gran Maestro del Priorato de Sión entre 1510 y 1519, clama desde su obra por la rectificación de conceptos falsamente transmitidos. El auténtico Grial podría muy bien ser la mujer del cuadro. Su condición femenina, la languidez mostrada , clara evidencia de que la semilla de la procreación ya anidaba en su vientre, la erigían en el verdadero receptáculo del cuerpo y de la sangre de Jesús, en el auténtico Grial.
La obra de Dan Brown discurre por esos vericuetos, ofrece esos paisajes, enarbola esas hipótesis y desemboca en esos juegos, a la vez imaginativos y perturbadores.

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Se trata de uno de los libros más fascinantes que he podido leer en mucho tiempo. En sus páginas se esconde mucho misterios y quién sabe si también mucha verdad.
Si de verdad es mentida todo lo contado en el “Código da Vinci” ¿cómo es que la iglesia ha montado tanto revuelo por el libro?
De el libro “El código da Vinci” se han vertido ríos de tinta. Yo creo que todo es posible y real. Posiblemente la información que la iglesia nos esconde cambiaría el sentido del cristianismo. ¿Por qué callar y esconder información?
Dan Brown ha firmado una de las novelas de mayor éxito literario de todos los tiempos: “El código da Vinci”. El Vaticano guarda en sus archivos mucha documentación Top Secret que, si un día vieran la luz, cambiaría el rumbo de la Iglesia actual.
“El código da Vinci” se basa en documentación real y todo lo que él se escribe, salvo la acción más novelesca, puede ser realidad. Quizá, el santo grial es más insólito de lo que imaginamos.