En la obra de Dan Brown entran en colisión cuatro fuerzas portentosas que emprenden una frenética lucha.
La suerte de ese enfrentamiento puede determinar un cambio en la historia y en la mentalidad de las nuevas generaciones. Dan Brown reúne en un solo libro cuatro entidades sobre las que se ha especulado a lo largo de la historia y sobre las que se seguirá especulando aún durante muchísimo tiempo: la Iglesia Católica, la Orden de los Templarios, la Prelatura del Opus Dei y el mundo de la Ciencia.
La trama que teje el autor desvela las intrigas más ocultas de cada una de estas organizaciones que sostienen entre sí unas relaciones de amor-odio y sumisión-prevalencia. Sus estrategias han conturbado el ánimo de los estudiosos que han indagado en el fondo doctrinal que sustenta cada una de ellas y que las mantiene enfrentadas en un punto capital: la definición y localización del Santo Grial.
La existencia de un Archivo Secreto en los sótanos del Vaticano, donde sólo tienen acceso un número muy restringido y controlado de personas, ha contribuido a acentuar el carácter misterioso de la Iglesia como organización. En estos fondos bibliográficos se sospecha que puedan hallarse testimonios de los primeros tiempos del cristianismo incompatibles con la ortodoxia eclesiástica actual. Las creencias de los primeros seguidores de Cristo discurrirían por unas sendas que enlazaban con principios doctrinales antiquísimos en los que se profesaba culto y veneración a las diosas. El papel de la mujer como divinidad pudo aceptarse entre las primeras comunidades cristianas y la mejor personificación de dicha figura femenina estaría representada por María Magdalena. Jesús y María Magdalena constituirían los dos lados de un mismo vértice; dos ramas exactamente iguales, provenientes de un tronco común: los monarcas de Israel. Él, descendiente del rey David; ella, de la estirpe de Benjamín. ¿Pueden hallarse pruebas de todo esto en los Archivos Secretos del Vaticano? ¿Es esta la causa por la que permanecen herméticamente cerrados para todo aquél que no goza de plena credibilidad eclesiástica?.
La Orden de los Templarios representa al grupo de hombres clarividentes que realizan el hallazgo de estas verdades ocultas entre las ruinas del antiguo Templo de Salomón. Persuadidos de la importancia de su descubrimiento, y temiendo la manipulación que puede hacer la Iglesia de todo ello, la Orden crea, a su vez, un grupo clandestino -el Priorato de Sión- encargado de guardar los documentos que acreditan un descubrimiento tan relevante y de custodiar el sarcófago donde reposan los restos de la mujer-diosa, de María Magdalena. Entre los documentos hallados se encuentran los testimonios de los Evangelistas tal como los escribieron y sin la posterior adulteración de los Padres de la Iglesia; una versión, también escrita, atribuida al mismo Jesús; y, finalmente, la referencia, igualmente manuscrita, que ofrece María Magdalena, en una especie de diario personal.
En su conjunto, el hallazgo de la Orden del Temple significa la prueba documentada de que la historia de Jesús no es tal como nos la ha venido contando la Iglesia. María Magdalena, según esos testimonios, sería la depositaria del legado de Cristo, y no el apóstol Pedro. Y lo que es más importante todavía, Jesús se une a María Magdalena en matrimonio y traza en la hija de ambos, Sara, una línea de sucesión a quien correspondería el trono de Israel, puesto que descienden de antepasados regios. ¿Es, pues, María Magdalena la “copa” en la que Cristo perpetúa su cuerpo y su sangre? ¿Es ella, en realidad, el Santo Grial?
Tan trascendental descubrimiento le desvela a la Orden del Temple que la Iglesia Vaticana ha suplantado a la Iglesia verdadera que creó Jesús, y que tanto el sarcófago de la mujer-diosa como los documentos hallados corren el grave peligro de ser destruidos si caen en manos eclesiásticas.
Creado en 1188, el Priorato de Sión se compone de personalidades que permanecen en el anonimato pero que van sembrando todo un reguero de indicios, señales y códigos que hablan, en clave, de la verdad oculta. Grandes Maestros -el grado más alto del Priorato de Sión- han sido: Sandro Botticelli, Isaac Newton, Víctor Hugo, Jean Cocteau… Y entre 1510 y 1519, año de su muerte, lo había sido Leonardo da Vinci, el hombre que más acertijos, símbolos y revelaciones sobre el Santo Grial dejó para la posteridad en algunas de sus obras más famosas.
El tercer grupo que comparece en el libro de Dan Brown es el Opus Dei, organización fundada por el español Monseñor Escrivá de Balaguer y sumida, desde sus inicios, en una especie de nebulosa secreta que ha estado en algunos momentos a punto de precipitarla al abismo de las sectas, repudiada por la Iglesia oficial.
Las vinculaciones personales, las estrechas conexiones que mantienen entre ellos los componentes del Opus Dei y que van más allá de la simple práctica de una misma fe religiosa, la ostentación pública que realizan de un estilo de vida cristiana que hunde sus pies en la ortodoxia más acendrada y puritana, constituyen un buen contrapunto para enfrentarlos a la heterodoxia de un Priorato de Sión, claramente decantado hacia la herejía más abominable que pueda concebirse al considerar a María Magdalena depositaria de la Iglesia de Jesús, la encargada de su propagación y la viva representación del Santo Grial, puesto que lleva en sus entrañas la semilla de la descendencia de Cristo.
El Opus Dei y el Priorato de Sión representan dos caras antagónicas: la intransigencia religiosa, frente a la revolucionaria y oculta novedad; lo viejo contra lo nuevo; la lanza, frente a la verdad desnuda. Dan Brown mezcla dos ingredientes explosivos en un cóctel que luego dará de beber a sus lectores.
Finalmente, como cuarto grupo, se halla el mundo de la Ciencia. Pero el de una ciencia sin escrúpulos dispuesta a desenterrar esa vieja máxima de Nicolás Maquiavelo, según la cual los fines justifican los medios. Es la ciencia ciega, la pseudo-ciencia que no aporta ningún bien a la humanidad porque de lo único que se ocupa es de satisfacer su propio ego y cuyo legado, demasiado frecuentemente, es la destrucción y la muerte.
En “”El Código da Vinci”" también comparece un representante de este tipo de falsa ciencia. Privado de todo escrúpulo ético, soñando con la gloria de un descubrimiento cuya estela ha intuido en sus largas horas de loca reflexión, un seudo-científico, un adorador de ídolos de barro, esgrime toda su perfidia y se encuentra a un milímetro de consumar sus propósitos.
Pero una vez más, la inteligencia prevalece sobre la maldad, del mismo modo que lo oculto se hace transparente y diáfano a través de un código -”El Código da Vinci”- para cuya interpretación el ser humano ha de mostrar, y esperanzadoramente así lo hace, lo mejor que hay en él.
Cuatro fuerzas enfrentadas; cuatro mundos irreconciliables, debatiéndose en torno a unos fines de borrosos límites. “El Código da Vinci” nos sumerge en la poliédrica historia de los hechos imposibles que, no obstante, pueden trasponer los lindes de la realidad e instalarse junto a nosotros en el mismo lugar que ocupan hoy en día las ortodoxias más severas e intocables.

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