La figura de Leonardo da Vinci impregna toda la obra de Dan Brown. El polifacético artista, verdadera luminaria del Renacimiento no sólo italiano, fue un auténtico genio en especialidades tan dispares como pintura, ingeniería, botánica, medicina y escultura.
Dotado de un espíritu inquieto, indagó más allá de lo que su época le permitía y, tal vez por ello, tuvo que ingresar en una organización clandestina denominada “Priorato de Sión”, en la que alcanzó el máximo grado de Gran Maestre entre 1510 y 1519, año de su muerte. Su pertenencia al Priorato podría ser considerada una mera anécdota sin más relevancia, si no fuera porque la obra del gran genio se vio influenciada por este hecho.
E incluso hay quien piensa -ésa es la tesis que sustenta Dan Brown en su novela “El Código da Vinci”- que la producción artística de Leonardo y sus inventos estuvieron al servicio de los fines del “Priorato de Sión”, que no eran otros que salvaguardar el secreto del Santo Grial y procurar su custodia. Los ingenios, las pinturas y cuantas realizaciones artísticas y científicas realizó Leonardo estarían dotados de una simbología capaz de contener una información que convenía ocultar, al menos en aquellos tiempo. En todo caso, cabría albergar la duda sobre si también hoy en día perduran las circunstancias que motivaron semejante secretismo. Y, si fuera así, es posible que siguieran vigentes, cinco siglos después, las claves y los códigos que construyó el sabio de Florencia con su portentoso talento y su enigmática personalidad.
Las corrientes del pensamiento que no se encuadran en el confortable oficialismo dogmático aventuran la hipótesis de que en el oscurantismo medieval se fraguó el genocidio de muchísimas verdades heredadas del pasado y su correspondiente suplantación por otras pseudo-verdades, ajustadas a los intereses imperantes de la época y, por lo tanto, sin un fondo de autenticidad. La inteligencia e incorruptibilidad de algunos personajes no les permitieron aceptar ese nuevo mundo surgido de la conveniencia humana -o mejor, de algunos humanos- y se agruparon en asociaciones marginales, secretísimas y muy minoritarias. Se consideraron depositarias de las verdades sacrificadas y se impusieron el sagrado deber de legárselas a unas generaciones venideras más libres, abiertas y con la suficiente ingenuidad para poder reconocerlas, abrazarlas y devolverles su antigua consideración.
Uno de esos personajes sería Leonardo da Vinci; y la verdad que defendió, ocultándola en el ropaje deslumbrante de su propia obra, fue El Grial.
Seguir los pasos del sabio florentino en “El Código da Vinci” nos va a permitir que participemos en la búsqueda del enigmático secreto que representa El Grial, elucubrar en torno a un misterio celosamente guardado por la Iglesia y, en suma, intervenir en un emocionante divertimento intelectual que viene a salpicar de emoción y frescura las más de quinientas páginas que componen este impactante thriller.
El cuerpo de Jacques Saunière, el último Gran Maestre del “Priorato de Sión”, aparece tendido en el suelo inscrito en un círculo a la manera del Hombre de Vitrubio. Lo han asesinado y comienza la enigmática carrera interpretativa de misteriosos símbolos que van a determinar la esencia de la novela. La utilización de un dibujo de da Vinci coloca a los personajes en el encuadre de la simbología y del lenguaje codificado. A partir de ese momento descubren que lo evidente es tan sólo un subterfugio y que la metáfora y la alegoría constituyen las llaves de acceso a la verdad de las cosas.
Leonardo da Vinci comparece en la novela como un ser enigmático, oscuro, que oculta algo importante; es más, que trabaja para esconder, que produce para crear toda una trama jeroglífica de imposible interpretación para quien no posea esa magia que elabora él mismo y que tan sólo lega a su sucesor, el siguiente Gran Maestre.
Es ocurrente la teoría esbozada en la novela sobre el cuadro de la Mona Lisa. Su enigmática sonrisa, su burlona mirada que desafía a los hombres y a los tiempos, hallan una explicación sorprendente. Esta dama de personalidad ignorada representaría la síntesis de lo masculino - para los egipcios, el dios Amón- y lo femenino -para el mismo pueblo, Isis-. El anagrama de ambos nombres compondría, con algún ligero retoque, la denominación de Mona Lisa.
Esta teoría encauza los acontecimientos novelísticos hacia el fondo de las creencias que sustenta el Priorato de Sión. El culto a lo femenino es el epicentro sobre el que pivota esta sociedad ultrasecreta: la mujer diosa en igualdad de importancia con el hombre dios, entronizado en las religiones modernas. La defensa de esta verdad en tiempos de espadas y de caballeros, en épocas de intransigencias y de verdugos, de inquisiciones y de sacrificios, hubiera representado una muerte cierta. Leonardo da Vinci sobrevive sirviéndose de mentiras aparentes, de ficciones, de juegos malabares con sus buriles y sus pinceles, embrollando el mundo del arte, el de las matemáticas, el de la física, produciendo con su inteligencia un brillo que deslumbre para que nadie se percate de que en el fondo de toda su obra respira una frágil y casi exánime verdad. ¿Acaso es éste el componente secreto que confiere universalidad a la obra realizada por el sabio florentino?.
Otra obra de Leonardo que guarda un gran misterio es el fresco de “La Última Cena”, situado en un muro de Santa María de la Gracia, en Milán. Tradicionalmente se ha considerado que junto a Jesús aparecen sus doce apóstoles. También se tiene la creencia de que todos comen el pan y beben el vino que les reparte el ser que ocupa el centro de la composición, que no es otro que el Mesías. Allí se halla el Santo Grial y allí se instituye la Sagrada Eucaristía.
Pues bien, Dan Brown hace otra lectura. Enfoca su fina capacidad de observación sobre la mesa y advierte que cada comensal posee su propia copa y que la destinada a Jesús es exactamente igual a las demás. No hay un copón especialmente grande ni especialmente labrado para nadie. El Santo Grial no aparece en la Última Cena, al menos a través del testimonio de un observador tan concienzudo y riguroso como Leonardo da Vinci. No aparece, a no ser que de nuevo nos encontremos con el simbolismo, la ocultación y el secretismo de su ejecutor pictórico que nos enturbia el pensamiento para que al mirar veamos solamente la sombra de aquello que en realidad oculta.
El detenido examen del fresco milanés descubre, además, que en aquel compacto grupo de comensales se halla una mujer. Al lado de Jesús; copresidiendo con Él la cena; formando con Él un vértice central, una amplia y espaciosa letra V que se proclama, por su forma y por su significado, como el auténtico copón, como el real y genuino Santo Grial. De nuevo comparece en la obra de Leonardo el hombre dios -Jesús- y la mujer diosa -María Magdalena- en perfecta simbiosis, en completa igualdad. He ahí el Santo Grial, formado por hombre y mujer dioses, que ofrecen su cuerpo y su sangre en el cáliz de una unión carnal y mística para engendrar la hermosa pléyade de una descendencia que aún sobrevive entre nosotros y cuya identidad sólo conoce el Priorato de Sión.
Cualquier forma de representación, y sobre todo las que Leonardo da Vinci se vio precisado a usar, no sería para él más que un símbolo, una alegoría o, en todo caso, una manera ingeniosa de preservar la verdad.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Los enterrados vivos: Angustia bajo tierra »
El Código da Vinci II: Cuatro fuerzas enfrentadas »




Estás en:


Estás en:


Todavía recuerdo el buen rato de lectura que me hizo pasar un libro como “El código da Vinci”. No era de extrañar que se convirtiera en un bestseller mundial.