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El “Padre Coraje” II: Sed de justicia

Cuando en febrero del año 1999 la Audiencia Provincial de Cádiz absolvió a los cuatro acusados del asesinato de Juan Holgado, encargado de la gasolinera Martín Ferrador de Jerez de la Frontera, el Padre Coraje, padre de la víctima, no perdió su fe en la justicia.

Apeló al Tribunal Supremo en demanda de un nuevo juicio porque en su poder obraban un montón de cintas casetes con manifestaciones de Pedro Asencio, uno de los que se habían sentado frente a los jueces y que había resultado absuelto. El Padre Coraje no había conseguido en el primer juicio que las declaraciones contenidas en esas cintas modularan el curso de los acontecimientos judiciales y determinaran el signo de una sentencia que él creía equivocada. Tampoco había podido llegar a esa sala el testimonio inculpatorio de María–José Manzano, ex mujer de Asencio, que se moría de ganas por declarar, por manifestar que su ex le había contestado afirmativamente ante una pregunta directa de ella sobre la autoría del crimen de la gasolinera, apostillando, además, que nunca lo iban a coger por falta de pruebas. Esta mujer iba a jurar ante el tribunal que todo se lo había confesado Pedro Asencio.

Por eso, el día que en julio del 2002 el Tribunal Supremo falló a favor de la familia Huarte y ordenó la celebración de un nuevo juicio que tuviera en cuenta las cintas y las declaraciones de María–José Manzano, el Padre Coraje y su mujer Antonia le vieron de nuevo el rostro a la alegría, a esa esquiva y huidiza alegría que había escapado de sus vidas aquel trágico 22 de noviembre de 1995, fecha de la muerte por acuchillamiento múltiple -28 veces- de su hijo Juan.

La esperanza en la justicia, un tanto apagada después de tres años y cinco meses de estar aguardándola, renacía de nuevo con vigor. El Padre Coraje sabía que ahora las cosas no podrían andar como en el primer juicio. Los cuatro acusados – Pedro Asencio, Paco Escalante, Domingo Gómez y Manuel Sañudo- inclinarían su cerviz ante el peso abrumador de tanta prueba incontestable.

Pero todo iba demasiado lento. El Padre Coraje aún tendría que esperar quince largos meses hasta verse de nuevo en las puertas de la Audiencia Provincial de Cádiz. Era el 20 de Octubre del año 2003. Tres nuevos jueces ocupaban los sitiales de color púrpura de la Sala. Apoyadas sus espaldas sobre el barandal de madera que los separa de la zona del público, se sentaban tres hombres. Franciso Escalante, uno de los imputados, no se presentaba. La espera fue inútil. El tribunal de jueces determinó posponer la celebración de la vista y localizar al incompareciente.

De nuevo se alargaba la espera, de nuevo se dilataba la hora de hacerle justicia a Juan Holgado. Los familiares de la víctima se impacientan. Antonia, su madre, se desespera. Ella cree que los asesinos “siguen riéndose de nosotros”.
Pero Francisco Escalante es apresado dos días después. La Sala de la Audiencia fija una nueva fecha para la celebración del juicio. Será el 29 de octubre. Allí acudirán todos; allí estará el Padre Coraje con sus cintas, en las que ha puesto tanta fe.
Las sesiones van desgranando los hechos. Ninguno de los inculpados se declara culpable. Ninguno sabe nada de lo sucedido en la gasolinera el 22 de noviembre de 1995. María-José Manzano, ex mujer de Pedro Asencio, confirma el testimonio que un día le trasladó al abogado de los Holgado. Había hablado con Pedro y en un momento dado le había preguntado: “¿No habrás sido tú el de la gasolinera?” Y él le había contestado: “Sí, pero nunca me van a coger porque no hay pruebas”.
El Padre Coraje se revuelve en el banco que ocupa entre el público. Las frases que acaba de pronunciar María-José son convincentes; apuntan directamente hacia el autor del crimen. Pero Pedro Asencio no está dispuesto a que esas palabras determinen su suerte. Cuando le toca declarar desmiente a su ex. “Me tiene miedo- dice-. Es para quitarme de en medio”.

En otros momentos, las cintas que con tanto celo ha guardado el Padre Coraje empiezan a hablar. En ellas comparece la voz de Pedro Asencio. Es un hombre que se manifiesta orgulloso de su manejo de la navaja y de que es capaz de sacarles la verdad a los otros implicados en el crimen si es que, acaso, saben algo. También manifiesta en un momento dado que “le voy a dar en el pecho” con balas de verdad a Francisco Holgado, padre del asesinado joven, en el caso de que éste tratara de venir a por él.
Las cintas siguen rodando. Se escucha la voz de un hombre – David es su nombre- que cuenta haber oído a los inculpados que iban a dar un golpe en la gasolinera.
Los jueces oyen con atención. Esperan algo más. Los abogados tratan de desentrañar sentidos, relaciones de unas palabras con otras. Pero no hay autoinculpaciones, no aparece la palabra clave que despeje las dudas. El magnetófono ha quedado chirriando cuando la última frase grabada en las cintas se ha perdido ya en el aire. El padre Coraje mira expectante a los jueces, pasea su mirada entre los abogados. Para él, el enigma de la muerte de su hijo ha quedado claro, despejado.
Pero para él tan sólo. Los demás esperaban algo más concluyente y más definitivo.

Yolanda Castro era otra testigo que podría haber aclarado las cosas. En declaraciones a la policía e incluso en careos efectuados con los acusados había mantenido que ella presenció los planes para atracar la gasolinera. También había oído cómo Asencio, después de cometida la fechoría, declaraba que al muchacho de la gasolinera había sido necesario “darle fuerte” porque se les había resistido. Yolanda Castro presentaba datos de los productos robados y de la cantidad de dinero sustraída de la caja.

Pero ante el tribunal de tres jueces de la Audiencia, Yolanda se vino abajo. Se desdijo de cuanto había declarado en el sumario y lo atribuyó a malos tratos policiales. Yo no sé nada, concluyó, mientras presa de los nervios derramaba lágrimas. Poco más se podía sacar de aquella joven que había presentado un certificado de padecer esquizofrenia paranoide. El abogado de la familia intentó una última incursión en la mente confundida de Yolanda y le formuló la pregunta de si ella participó en el atraco, solicitando de la víctima que le franqueara la entrada a la tienda de la gasolinera. La joven interpelada se alteró sobremanera y exclamó: “¿Ahora me van a meter a mí en esto? ¡Lo vais a pagar todos!”.
Los médicos forenses declararon, a su vez, que las pruebas del ADN aplicadas a restos de sangre encontrados en el lugar del crimen no se correspondían con ninguno de los acusados en aquel juicio y que el material orgánico encontrado en las uñas de Juan Holgado “resulta ser de origen animal”.
A estos análisis de los especialistas se unió el informe de la policía científica que había verificado pruebas en torno a unas huellas dactilares halladas en el lugar del crimen. Este informe también resultó exculpatorio para los acusados.
El juicio había concluido. Ahora sólo faltaba esperar la sentencia. El Padre Coraje se temía lo peor. Unos cuantos testigos de la acusación particular habían retirado sus anteriores declaraciones y todo quedaba reducido al testimonio de la ex esposa de Asencio y a la pobre impresión que habían producido las cintas grabadas con tanto esfuerzo y riesgo personal.
Y la sentencia llegó. Se declaraba inocentes a los cuatro hombres que se habían sentado en el banquillo por falta de pruebas que los inculparan. Los 30 años de cárcel que solicitaba la acusación particular para cada uno de los acusados quedaban reducidos a cero.

La sed de justicia del Padre Coraje no se extinguió con esta sentencia. En declaraciones efectuadas tras el fallo de la Audiencia Provincial de Cádiz manifestaba que su lucha iba a continuar. Aún le quedaba “coraje” para dirigirse de nuevo al Tribunal Supremo y tratar de sentar por tercera vez en el banquillo de los acusados a los que, para él, acuchillaron con saña a su hijo Juan.








...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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1 comentario en El “Padre Coraje” II: Sed de justicia

  1. Que injusticia más grande para esa familia,13 años después y los asesinos de su hijo siguen vivos.

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