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Gary Leon Ridgway “El asesino de Río Verde” I: El mayor asesino en serie de los EE.UU.

Como en sus últimos treinta y dos años, un viernes por la tarde el señor Gary Leon Ridgway terminaba su jornada como pintor de camiones en la fábrica Kenworth, situada en la tranquila ciudad de Auburn (Washington).

Pero, aquella tarde, el veterano trabajador no podía ni imaginar que a la salida le esperaba un grupo de policías con unas esposas, una orden de detención y toneladas de impaciencia acumuladas a lo largo de dos décadas de difícil e infructuosa investigación.

usto en el momento en que las esposas rodearon las muñecas de Ridgway finalizó la loca carrera criminal del asesino en serie más prolífico de los Estados Unidos y también se puso término a la investigación policial más larga de su historia. Durante los años ochenta y noventa, Gary Leon Ridgway, hombre casado de apariencia frágil, afable y vecino ejemplar fue asesinando sin tregua a decenas de prostitutas estrangulándolas después de requerir sus servicios. Pero, aunque parezca increíble, el número de delitos que figura en el historial del asesino todavía puede verse aumentado enormemente al considerársele también el principal sospechoso de la autoría de otros ochenta asesinatos que aún siguen pendientes de resolución en los Estados de Canadá, Vancouver, San Diego, California, Pórtland y Oregón. Del mismo modo, la policía no cesa en su actividad de búsqueda de nuevos cuerpos enterrados en las cercanías de cada uno de los domicilios donde Ridgway habitó a lo largo de su vida y en cuyas zonas anexas ya se han comenzado a encontrar cadáveres de toda clase y en las más inesperadas circunstancias.

Los primeros cinco cadáveres fueron encontrados en 1982 junto al Río Verde, en el término de la ciudad de Kent (Washington), por lo que el entonces desconocido autor de las muertes fue bautizado por la prensa con el sobrenombre del “asesino del Río Verde”. La gran mayoría de las víctimas eran prostitutas, drogadictos y jóvenes fugados y sus cuerpos aparecían abandonados en lugares deshabitados. Dos años después, la ola de asesinatos se detuvo repentinamente, provocando el desconcierto en la policía pues a la par se iban produciendo nuevos hallazgos en lugares alejados, incluso situados en otros Estados. El número de casos sin resolver iba en imparable aumento, mientras la ciudadanía se alarmaba ante la ineficacia policial a cada nuevo deceso atribuido al misterioso asesino del Río Verde. Las trágicas muertes eran seguidas por todo el país a través de unos siempre atentos medios de comunicación: decenas de mujeres estaban siendo asesinadas, mutiladas y posteriormente abandonadas, primero junto al Río Verde, y más tarde en zonas boscosas, las inmediaciones de aeropuertos o autopistas de distintos Estados.

Transcurrían los años, se sucedían nuevos hallazgos, pero el culpable, todavía impune, proseguía su febril actividad bajo la protección que le brindaba el anonimato. El caso continuaba sin resolverse, envuelto en una nube de misterio tan densa que fueron necesarias dos décadas para dar con la identidad del asesino, finalmente señalada gracias a evidencias obtenidas en pruebas del ADN. En su confesión jurada ante la Corte de la ciudad de Seattle, Ridgway se declaró culpable de 48 asesinatos, de los que era considerado sospechoso en el Estado de Washington, si bien sólo había podido ser acusado de 7 de los mismos. Esta confesión escribe en su historial una cifra que lo convierte en el asesino en serie con más muertes de la historia de los Estados Unidos. Sin embargo, los policías investigadores del caso no descartan que algunos de los asesinatos atribuidos a Ridgway hayan sido cometidos por imitadores que hubieran arrojado los cadáveres junto al Río Verde. La autoinculpación es fruto de un acuerdo entre Ridgway y los fiscales, que le conmutan la pena de muerte por la de cadena perpetua sin fianza y a cambio de la confesión y ayuda a la policía en sus pesquisas referentes a la localización de cuerpos de las víctimas, incluyendo otras de las que no se tuviera conocimiento. La posibilidad de este pacto viene reconocida en la Constitución estadounidense y supone un ahorro estimado en más de diez millones de dólares, cifra que logra economizarse gracias a la no celebración del juicio con jurado. Sin embargo, este acuerdo no impide que otro Estado lo reclame para rendir cuentas, por lo que podría recibir la pena capital.

Durante la vista en la que Ridgway se confesó culpable pudo observarse cómo familiares de las víctimas lloraban desconsolados, expresando así una mezcla de indignación y enorme tristeza. Los sollozos se agudizaron especialmente durante la declaración autoinculpatoria, probablemente como consecuencia de la absoluta frialdad que mostraba la actitud del acusado. Los mismos familiares protagonizaron una protesta a las puertas del juzgado, en la que manifestaron a gritos su disconformidad con el pacto que libró al asesino de una ejecución en la silla eléctrica. Según las propias declaraciones de Ridgway, las motivaciones que lo llevaron a cometer tantos y tan brutales crímenes fueron, sobre todo, su deseo de “eliminar la escoria del mundo” y su desprecio hacia las prostitutas, a las que solía estrangular en un camión de su propiedad después de requerir sus servicios.

Siguiendo el procedimiento establecido para la confesión escrita, el fiscal procedió a la lectura de unas frases tras las que le preguntaba si lo pronunciado era cierto, a lo que Ridgway respondía siempre de forma afirmativa y con una entereza sorprendente. El contenido de una de las declaraciones leídas rezaba del siguiente modo: “Por lo general, desconocía el nombre de las mujeres que mataba. Solía matarlas en el primer encuentro y no me acuerdo bien de sus caras. He matado a tantas mujeres que me ha sido difícil recordarlas a todas.” A lo largo de la sesión autoinculpatoria, Ridgway reconoció haber elegido a las prostitutas como sus víctimas preferidas por la menor probabilidad que tenían éstas de ser reclamadas por familiares, pues la mayoría vivían solas o eran jóvenes fugadas de su casa de las que no se tenía noticia. Siguiendo con esta misma cuestión, el pintor de camiones afirma haber “querido matar a todas las mujeres que yo considerara prostitutas” y “detestarlas”, así como “sentir placer cuando conducía por las escenas de los crímenes pensando lo que había hecho”.








...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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1 comentario en Gary Leon Ridgway “El asesino de Río Verde” I: El mayor asesino en serie de los EE.UU.

  1. La segunda parte del reportaje puede leerse en:

    http://mundomisterio.portalmundos.com/gary-leon-ridgway-el-asesino-de-rio-verde-ii-una-vida-aparentemente-normal/

    En el próximo reportaje puedes dejar comentarios sobre “El asesino de Río Verde”.

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