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Gary Leon Ridgway “El asesino de Río Verde” II: Una vida aparentemente normal

Durante dos décadas, el señor Gary Leon Ridgway fue asesinando cruelmente a decenas de personas protegido por el anonimato que le brindaba su impecable aspecto de ciudadano modelo.

Cuando, en los primeros momentos, la investigación policial lo señala como posible causante de varias decenas de inexplicables muertes, Ridgway pudo zafarse de las sospechas sin mayor problema. Jugando el papel de la normalidad logró superar la prueba del temible y debatido detector de mentiras, de las suspicaces preguntas de la policía. Probablemente, también influyó en su éxito el factor de la impericia policial –en un momento de inexistencia de agentes especializados en este tipo de crímenes- pero ello no resta importancia a la inestimable ayuda que su apariencia de ciudadano y vecino completamente normal llegó a brindarle.

La policía, tras dos décadas de infructuosa investigación, tuvo que rendirse ante la evidencia que arrojaban las pruebas de ADN y volver sobre sus pasos. Un tal Gary Leon Ridgway, antiguo sospechoso al que no habían dado la importancia que merecía era el asesino. La investigación había fallado durante demasiado tiempo y, lo que era peor todavía, había permitido que las muertes prosiguieran año tras año: Ridgway era considerado sospechoso desde el año 1984, pero no fue detenido hasta el 2001. Un fracaso así empañaba, inevitablemente, la satisfacción policial de haber podido resolver el caso de forma definitiva.

Como suele ocurrir en la mayor parte de las investigaciones policiales -y también en las novelas y películas de crimen y misterio- la identidad del asesino se esconde tras la imagen de alguien aparentemente inofensivo. Y este caso no constituye ninguna excepción. En el juicio celebrado en la ciudad de Seattle, el “modélico ciudadano” Ridgway confesó haber matado a 48 mujeres en las dos últimas décadas, muertes que comenzó a ejecutar una vez superados los treinta años de edad. Esta cifra lo convierte en el asesino en serie más prolífico de la historia de los EE.UU.

Incluso desde la infancia, Ridgway pudo haber combinado su aparente normalidad con un lado oscuro que habría provocado toda una serie de muertes. Este extremo está todavía por confirmar pero es ya una realidad que la policía ha encontrado indicios sobre la autoría de otros ochenta asesinatos, pendientes todavía de resolución. Del mismo modo, la policía busca nuevos cuerpos enterrados en las cercanías de los domicilios donde habitó Ridgway a lo largo de su vida y en cuyas zonas anexas se han encontrado cadáveres de toda clase y en las más truculentas circunstancias.

Pero, ¿cómo ha sido la vida de Gary Leon Ridway? ¿Cuáles eran sus aficiones, sus costumbres, su forma de comportarse? ¿Qué opinaban de él quienes le rodeaban, sus amigos, sus mujeres, sus vecinos, sus compañeros de trabajo? ¿Cómo era, en suma, ese hombre aparentemente normal que, sin embargo, ostenta el deplorable título de ser el mayor asesino en serie de los EE UU?

He aquí algunas pinceladas de su vida que intentan responder a estas interesantes cuestiones: Gary Leon Ridgway es el hijo mediano de Tom y Maria Ridgway. Nació el 18 de febrero de 1949 en Utah y pasó su infancia en un barrio obrero del sur de Seattle. Sus padres lo consideraban un hijo obediente, dato significativo si consideramos la influencia que la fuerte personalidad de la madre ejerció sobre él a lo largo de su vida. El padre, al que Gary no tenía el mismo apego que a su madre, era conductor de autobús y siempre blasfemó contra las prostitutas. Durante su etapa colegial, Gary es recordado por algunos de sus compañeros como una persona siempre en apuros. En una ocasión hirió en una pierna a un niño con la intención de experimentar una sensación nueva, tal como reveló al ser interrogado tras la agresión. Sus progenitores murieron hace unos años y él estuvo siempre cerca de ellos hasta el último momento, con frecuentes visitas durante los años de envejecimiento. En este aspecto, su comportamiento era ejemplar, así lo refieren los vecinos del barrio de sus padres, con los que también conservó las relaciones. El comportamiento con su viejo barrio es descrito por los vecinos como cortés y siempre agradable.

Estuvo casado tres veces. Con la primera de sus mujeres, Claudia, lo estuvo por breve tiempo (1970-1971), durante su permanencia en la Marina (San Diego). Según declaraciones de ella, la unión se truncó por la fuerte influencia que la madre ejercía sobre su hijo. En diciembre de 1973 se casó con Marcia, con quien tuvo un hijo dos años después, Matthew. Con ella mantuvo relaciones sexuales en entornos deshabitados, que después serán los mismos puntos donde se encuentren cadáveres enterrados. En los lugares preferidos de su esposo –a los que ella acompañó a la policía una vez detenido- se encontraron a muchas de sus víctimas. Los alrededores del Río Verde eran uno de estos lugares. Ella siempre consideró extraño el comportamiento sexual de su marido. Marcia afirma también que su esposo se hizo fanático de la religión desde poco después de nacer su hijo y que es ella la que toma la decisión de divorciarse en 1981. Este aspecto de su personalidad ha sido ratificado por vecinos y compañeros de trabajo, a quienes instaba constantemente a asistir a la iglesia, donde acudía con fervor y vertía un irrefrenable llanto, durante o tras la ceremonia. En este mismo sentido, era habitual en él la lectura de la Biblia, tanto en el trabajo como durante el resto del día, y solía tenerla en el regazo, según su misma esposa, mientras veía la televisión.

Además de estas inclinaciones religiosas, Ridgway, hombre de complexión frágil y 1’55 metros de estatura, trabajaba como pintor de camiones en la fábrica Kenworth, situada en la tranquila ciudad de Auburn (Washington). Empleaba su tiempo libre en beber cerveza, vagar con su camión –por los lugares donde había enterrado a sus víctimas-, la caza, la pesca, las tareas domésticas en el patio o jardín de su casa, las charlas amistosas con los vecinos, cortar troncos y, sobre todo, era aficionado a las prostitutas y a despotricar de ellas en conversaciones con sus amigos. Judith Lynch, su tercera y última esposa, venía de una relación problemática y, a juicio de los vecinos y compañeros de trabajo, encontró en Ridgway una pareja que la trataba de forma exquisita. Judith, tras la detención de su marido, decidió no atender a los medios de comunicación, por lo que no existen declaraciones suyas sobre los pormenores de su relación, como tampoco sobre la sorpresa que debió suponer para ella la revelación de la terrible verdad que escondía el hombre con el que se había casado.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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