Formaban una familia unida. A todas partes iban juntos. Antonio G. B. era un melillense que 18 años antes se habÃa casado con una valenciana, Francisca B.M. HabÃan tenido dos hijas y un hijo; pero la menor de ellas murió con cinco meses.
Ni los más allegados podÃan sospechar que el crimen anidaba entre las paredes de aquel hogar. Uno tras otro fueron perdiendo la vida, presuntamente a manos de Francisca, la ya tristemente célebre “Parricida de Melilla”. Sólo se salvó, y de milagro, su hijo Antonio.
Hay familias sobre las que se ceba un cruel destino. Aparentemente, Francisca tenÃa una de esas familias. Dieciocho años atrás, su padre Cristóbal habÃa muerto de infarto. Cuatro años después, una hermosa criatura de tan sólo cinco meses, su segunda hija, llamada Flori, abandonó este mundo vÃctima de lo que entonces se creyó un coma diabético. La propia madre de Francisca murió hace tres años, fulminada también por el mismo rayo que habÃa abatido a su marido: un infarto.
Pero la sinfonÃa de muertes no habÃa hecho mas que empezar.
El 12 de enero del año 2004 el marido de Francisca se sumó al número de vÃctimas de la familia, tras rompérsele el corazón por la misma causa que a sus suegros.
Francisca parecÃa sumida en una profunda desolación. Nadie se explicaba cómo un hombre joven -su marido Antonio sólo contaba al morir 42 años- habÃa entrado en una galopante decadencia fÃsica hasta que el corazón le habÃa estallado.
Francisca daba explicaciones; querÃa que aquel misterio se diluyese en alguna causa racional. HabÃa mandado fumigar la cocina. Los insecticidas empleados habÃan afectado la salud de Antonio. Por ese motivo empeoró hasta el punto de que fue necesario ingresarlo en la UVI del Hospital Comarcal de Melilla, el 6 de octubre del 2003. Tres meses después, Francisca, su hija Sandra y su hijo Antonio marchaban detrás del féretro de aquel hombre. Lo enterraron en el mismo nicho que contenÃa los restos de su pequeña Flori, muerta en el tiempo destinado para las ternuras.
En casa quedaron una niña de 15 años, un niño de 12 y la madre de ambos, hoy conocida como “La Parricida de Melilla”. Sandra y Antonio presentaban un aspecto muy desmejorado. El brillo se les habÃa marchado de los ojos y sus rostros adquirÃan una tonalidad blanquecina. Se mostraban apáticos, sin ilusión, sin ganas de mezclarse con sus compañeros de Instituto. Vomitaban frecuentemente y giraban la cabeza a la vista de la comida. Empeoraban de un dÃa para otro. Apenas ya salÃan de casa; sólo para acompañar a su madre a la carnicerÃa, a alguna tienda. Antonio, el padre, se habÃa mostrado de una manera parecida unas semanas antes de morir. ¿Qué ocurrÃa con los niños? ¿Qué terribles semejanzas advertÃan los vecinos con el difunto padre? ¿Qué maldición se habÃa cebado con aquella familia?
Francisca trataba de calmar los ánimos, las suspicacias, los comentarios, las desconfianzas. InsistÃa en el mismo argumento que habÃa empleado para explicar el agravamiento de su marido. La fumigación. A saber qué gases emplearon en la fumigación. Los niños debieron respirarlos. Igual que el padre. Pero todo pasarÃa. Los médicos les estaban dando un tratamiento. Los niños mejorarÃan. Sólo era cosa de respetar los plazos que señalaban los sanitarios. Cuando las compañeras de Instituto visitaban a Sandra, su madre las recibÃa con agrado pero les indicaba que la enferma descansaba en su habitación. Iba todo a mejor, les decÃa. Pronto volverÃa a las clases.
Pero las cosas marchaban de otro modo. Los vecinos recuerdan cómo gritaba Sandra por las noches: ¡Quiero irme con mi padre! Era un grito espeluznante que la madre atribuÃa al dÃa siguiente, entre quien quisiera escucharla, a la extrema impresión sufrida por la pérdida de su padre. Del niño no se recuerdan gritos. Él callaba y vomitaba casi siempre que trataba de comer.
Pasan los dÃas y, en un ocasión, los abuelos paternos fueron a la carnicerÃa. La carnicera se les queda mirando. Duda un momento, pero finalmente habla. ¿Habéis visto a vuestros nietos? Ellos la miran extrañados. Deben andar por el Instituto, ¿no?, responden. La carnicera se persuade de que ignoran lo que está sucediendo. Yo creo que vuestros nietos están muy graves, les dice.
Aquel dÃa, los abuelos deciden visitar a los nietos. Se dirigen a la calle del Real. Allà se encuentra la casa. Los niños ocupan el sofá. En esta ocasión no corren hacia sus abuelos. No los besan. Tal vez ni siquiera tienen fuerzas para mirarlos. ¿Qué pasa?, le preguntan a Francisca. Ésta responde por enésima vez. Es la fumigación. Los gases. Y el dolor de haber perdido a su padre. El médico, el médico, reclaman los ancianos. SÃ, el médico los atiende, los tranquiliza la madre. Todo irá bien.
Cuatro dÃas después, los abuelos, preocupados, ansiosos, vuelven a la calle del Real. La niña duerme y no es conveniente molestarla, les dice Francisca. Pero Florinda, la abuela, no está dispuesta a que su nuera la trate como a una de esas niñas crédulas del Instituto que se interesan por Sandra y, apretando los labios, se cuela en la habitación. El espectáculo que ve la deja rota por dentro. Tumbada en la cama, Sandra tiene el rostro lleno de pústulas. A su abuela no la reconoce. Trata de hablar, pero de su garganta no sale mas que un murmullo inaudible.
Cuando la anciana, horrorizada, vuelve sobre sus pasos, Francisca le tiene preparada la respuesta. En el hospital no hay camas disponibles. Tan pronto como haya una, Sandra será la primera en ingresar.
Al dÃa siguiente, el tÃo paterno de los niños, Ricardo, se presenta en el domicilio de sus sobrinos. Le acompaña su mujer, Yamila. Cuando ven a Sandra se echan las manos a la cabeza. Ricardo sufre un golpetazo interior. Aquella niña es el vivo retrato de su hermano Antonio, dÃas antes de morir. Sin pensárselo dos veces llama a una ambulancia. Ya no se fÃa de lo que su cuñada le dice. Es cosa de vida o muerte. Y por desgracia, quien vence en aquel envite es la muerte. A la media hora de su ingreso en el Hospital Comarcal de Melilla, Sandra, de tan sólo 15 años, muere de una cirrosis hepática, propia de una persona mayor de 60 años, adicta al alcohol.
Ricardo y Yamila se desesperan. Cuando el médico les comunica la causa de la defunción, sus pensamientos se dirigen hacia Antonio, el hermano de Sandra, que presenta unos sÃntomas similares.
¿Qué ha ocurrido en aquella casa? ¿Qué castigo, y a través de qué mano, ha ido aniquilando paulatinamente a sus moradores?
Los responsables sanitarios del hospital coinciden con Ricardo y Yamila. No ven claro las causas de la muerte de la niña. Los vómitos de su hermano Antonio, sus ataques de epilépsia, la sintomatologÃa en general tan parecida a la de Sandra, levantan sus sospechas. Entonces, alertan a la policÃa y se aprestan a realizarle la autopsia a la niña muerta.
Mientras tanto, su madre, Francisca B. M., que vela el cadáver de su hija, siente hambre y encarga una pizza. Es el 4 de junio, viernes por la tarde.
El lunes, dÃa 7, Francisca es detenida por agentes del Cuerpo Nacional de PolicÃa. La acusación que pesa sobre ella, en esos momentos, es gravÃsima: el asesinato de su hija Sandra y la tentativa del mismo delito sobre su hijo Antonio. Para conseguir sus execrables propósitos utilizó, según se puso de manifiesto en los análisis forenses, un medicamento que requiere estricto control médico por sus peligrosos efectos colaterales: el Colme. A través de la comida les hacÃa llegar a sus hijos, presuntamente, la muerte a plazos.
Pero las pesquisas médicas y policiales todavÃa iban a desvelar otros horribles crÃmenes cuya presunta autora serÃa, una vez más, “La Parricida de Melilla”. La muerte habÃa entrado subrepticiamente en la vivienda de la calle del Real, de Melilla, y, a la hora de irse, la acompañaban varios de sus inocentes, atónitos y desamparados moradores.

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