Francisca B. M., más conocida como la Envenenadora de Melilla, pasó 48 horas en la comisaría del Cuerpo Nacional de Policía. Allí declaró que había envenenado a su marido Antonio, a su hija Sandra y a su hijo Antonio.
Les mezclaba en las comidas Colme, un medicamento cuyo uso indiscriminado puede provocar la muerte. Y la muerte fue lo que encontraron el hombre y la niña. Posteriores averiguaciones policiales y forenses demostraron que, por el mismo procedimiento, presuntamente también había asesinado en 1990 a su pequeña hija Flori, cuando contaba 5 meses de edad. Ahora se especula si pudo verse implicada asimismo en la muerte de sus propios progenitores, la más lejana ocurrida 18 años atrás, y la más reciente, la de su madre, tan sólo hace 3.
Su declaración a la policía se realizó cuando los agentes le pusieron frente a los ojos pruebas irrefutables de la presencia de Colme en los cuerpos de sus dos hijos. Posteriormente fue necesaria la exhumación de su marido, fallecido en enero del 2004 de lo que se creyó un infarto, para comprobar que en realidad también había sido una víctima más del peligroso medicamento y de la ligereza con que Francisca, presuntamente, lo derramaba sobre la comida que luego servía en la mesa.
Ante la evidencia de las pruebas, Francisca comenzó a tejer una historia que justificase una acción tan reprobable. A sus labios acudió la palabra borracho. También la palabra maltratador. Su marido bebía y la emprendía a golpes con ella. Además, Francisca es ama de casa, sin un medio de subsistencia propio, y el marido la amenazaba constantemente con abandonarla. ¿Qué defensa le cabía, pues? Ése era su razonamiento.
El Colme es un producto que se administra a personas alcoholizadas para que aborrezcan la ingestión de alcohol, ya que sólo con olerlo, bajo el influjo de este medicamento, experimentan náuseas y vómitos. ¿Había otro medio para reducir a aquel hombre? Francisca no lo había encontrado.
El problema radicaba en que vecinos y familiares contradecían estos hechos. Antonio nunca se había mostrado borracho en público; y Francisca jamás se quejó a nadie de haber recibido golpes o vejaciones; su rostro o su cuerpo en ninguna ocasión habían exhibido moratones, rasguños o heridas tan característicos de quien sufre una agresión. Si en esa pareja hubo un maltratador fue ella, según asevera su cuñada Yamila.
Al matrimonio y a sus hijos siempre se les veía andar juntos a cualquier parte. El hecho de no disponer de vehículo propio contribuía a difundir por las calles la imagen de una familia unida como una piña. Quien los trataba superficialmente obtenía la impresión de que las relaciones que mantenían entre ellos era excelente. Y quien los conocía más a fondo se formaba la misma opinión. Ricardo González, el abuelo paterno, en una entrevista concedida a Canal 9 el 29 de Junio, declaraba que nunca podía haber imaginado ni lejanamente lo que se cocía entre los fogones por donde trajinaba Francisca. “Yo siempre he visto a mi hijo normal; y a ella, también”. Incluso los abuelos paternos se unían a la familia para salir los sábados y domingos en busca de algún restaurante. Era el día de descanso para el Colme, el día en que el padre y los hijos se encontrarían mejor después de comer.
A quienes también mantenía engañados Francisca era a sus vecinos David Coronado y Mirenchu Rodríguez. Ambos son militares de profesión y les ha costado mucho creer que al otro lado de las paredes donde ellos vivían se gestaba un crimen tan atroz. La opinión que se habían formado de Francisca era el de una madre que quería mucho a sus hijos y a los que les compraba lo mejor que su economía le permitía. ¿Y sobre los gritos nocturnos de la alucinada Sandra? Sí que los oyeron, pero los atribuían al impacto emocional que le había causado la desaparición de su padre, tal como Francisca les explicaba a la mañana siguiente.
Lo cierto es que en su entorno nadie podía sospechar lo que ahora su suegro lamenta. “Nos ha estado engañando esta mujer”, comentó en la entrevista a Canal 9, entristecido y con una voz quebrada. Y efectivamente los estuvo engañando como estuvo haciéndolo con la sociedad melillense en general.
Cuando aún vivía su marido, Francisca se desplazó a Málaga con la excusa de entablar contactos con una clínica para someterse a una reducción de estómago. Pero su viaje parece ser que tuvo otros fines. Francisca había establecido relaciones internáuticas con un aragonés, un madrileño y un tinerfeño. Fue con este último con quien presumiblemente se entrevistó en la capital de La Costa del Sol. En la actualidad la policía investiga el grado de conexión que Francisca pudo mantener con sus tres amigos internautas, si estuvieron informados de las acciones criminales que esta mujer llevaba a cabo y si intervinieron en alguna medida en las mismas, como por ejemplo facilitándole el veneno o dándole información sobre sus letales consecuencias.
Asombra el dominio que manifiesta esta presunta parricida sobre sus sentimientos. O tal vez todo se deba a la usencia de los mismos. Todavía se comenta con indignación entre los habitantes de Melilla cómo tuvo entrañas para encargar una pizza mientras velaba el cadáver de su hija. ¿No fue capaz de asociar en su insensibilidad el hambre de su propio estómago con el hecho de que aquel pobre ser tendido sin vida frente a ella había encontrado la muerte a través de la comida que ella misma había estado suministrándole hora tras hora y día tras día? ¿Pudo tragarse la pizza sin un pestañeo, sin un estremecimiento? Otro detalle que habla de su insensibilidad es el deseo que manifestó al entrar en la cárcel de hacerse unas mechas en el pelo. ¿Pensaba, acaso, que su fama y su imagen se iban a extender por el país y se preocupaba por el efecto que pudiera transmitir?
Cualquier experto en mujeres psicópatas nos hablará de la frialdad de sus miradas, de la carencia de temblor en sus voces, de su falta de rubor, de la helada mueca de sus sonrisas. También se referirá a la capacidad que tienen para estructurarse un mundo a su medida, repleto de falsedades, de enconos y de venganzas. Cualquier intento por penetrar en ese mundo desde un posicionamiento racional estará condenado al fracaso. Sólo parten de sus propios presupuestos y no traspasan nunca los muros de su propia perturbación.
Francisca B. M. cumple a la perfección este perfil. A su marido lo mata, cuenta ella, por maltratador. ¿Y a los hijos? ¿Por qué les arrima insidiosamente la silente víbora de un veneno mortal? Ella también lo explica: porque le daba pena verlos solos, sin que nadie los quisiera. ¿Acaso también ella, una vez destruida su familia, pensaba inmolarse finalmente, precipitándose en el agujero negro del suicidio? Semejante suposición choca frontalmente con sus devaneos internáuticos en los que se presentaba como una viuda sin hijos, libre y dispuesta a iniciar una nueva vida. ¿Qué más daba que tras ella quedara la desolación y la muerte?
Su hijo Antonio, el único superviviente, ha sido dado de alta en el Hospital Comarcal de Melilla. Ahora vive con sus tíos Ricardo y Yamila, quienes tienen una familia numerosa de tres hijos. Antonio ha pasado a ser el cuarto. Comienza para él una existencia difícil, surgida de una noche cargada de pesadillas. Sus ojos aún están tristes. Cuando el psicólogo le comunicó que la policía había detenido a su madre, arrancó a llorar. ¿Fue de pena; fue de amor; fue de liberación al verse a salvo de esa muerte lenta, inexorable y cierta que le iba administrando su propia madre, tenaz e insensiblemente?
Francisca B. M. , conocida como la Envenenadora de Melilla, se halla recluida en la prisión de Alhaurín de la Torre (Málaga) a la espera de un juicio que determine su grado de culpabilidad en la muerte de su marido y de dos hijas suyas, así como en la tentativa por asesinar a su hijo Antonio. Mientras tanto se le ha aplicado el protocolo anti-suicidio, propio de las personas a las que se encarcela por primera vez y se hallan sujetas a algún tipo de alteración psíquica. Este protocolo obliga a la presunta parricida a compartir la celda con una reclusa de confianza que ejerce sobre ella un discreto pero constante control.

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No me explico cómo es que existan mujeres así. No sé si está loca o no, pero para hacer lo que hizo muy cuerda no debía estar.