La versión sobre la muerte de John Fitgerald Kennedy que ofreció la Comisión Warren en 1964 tuvo el efecto sedante de frenar la proliferación de teorÃas en torno al magnicidio.
Pasados los primeros efectos tras su publicación, el informe de esta Comisión habÃa sido aparcado, ridiculizado y despreciado por la opinión pública del paÃs y los medios de comunicación , en general, de todo el mundo. Costaba creer que un loco sin ayuda de nadie, sin más impulso que su propia locura, les hubiera privado a los americanos de aquel joven presidente de verbo arrebatador, de mirada luminosa y de ilusionante trayectoria polÃtica.
Aún resonaba en los oÃdos de todos las mágicas palabras pronunciadas por aquel hombre, el más joven presidente que habÃa tenido EE UU, ya que a los 43 años accedió a la Casa Blanca: “No os preguntéis qué puede hacer vuestro paÃs por vosotros; preguntaos más bien, qué podéis hacer vosotros por vuestro paÃs”. Y en estos momentos de dolor y de muerte, cuando unos proyectiles de plomo habÃan sesgado su vida, la mayor parte de los americanos, abatidos y fulminados por el rayo de la sorpresa y de la indignación estaban dispuestos a hacer lo posible para que el asesino o los asesinos recibieran su castigo. Uno de esos norteamericanos que no se contentó con estar brazo sobre brazo contemplando el magnicidio que no cesaban de proyectar las cadenas de televisión gracias al film de 27 segundos que habÃa conseguido Abraham Zapruder, un anónimo espectador del desfile de Kennedy por la plaza Dealy, fue el fiscal de Nueva Orleans, Jim Garrison.
Jim Garrison era a la sazón el fiscal de esta ciudad de Lousiana. Alertado por el rostro de Oswald que inmediatamente apareció como el único e indudable asesino, Garrison se puso manos a la obra. Lee Harvey Oswald era un sujeto conocido en la ciudad. HabÃa nacido en Nueva Orleans 24 años antes y, a pesar de haber permanecido ausente de forma regular los últimos años, durante el verano anterior habÃa estado en la ciudad unos meses, desempeñando labores propagandÃsticas en favor del régimen de Fidel Castro.
Acompañando a Oswald durante su estancia en Nueva Orleans, habÃa sido visto por multitud de testigos un tal David Ferrie, el ser más estrafalario que pudiera concebirse. Ferrie llevaba una peluca roja y las cejas ostensiblemente pintadas, pues carecÃa de pelo en cualquier parte de su cuerpo. Pero Ferrie no era un joven desocupado como pudiera serlo Oswald. Gozaba de una sólida fama como piloto de avión y no habÃa quien le igualase en tomar tierra o despegar en condiciones climatológicas adversas Es decir, que su competencia como piloto era verdaderamente de élite. Y eso no era todo. PoseÃa unas dotes intelectuales fuera de lo normal y habÃa conseguido cualificarse en derecho, filosofÃa, teologÃa y medicina. También gozaba de un merecido prestigio como tirador experto. Garrison afirmaba, además, que David Ferrie era un agente de la CIA.
Ahondando en su investigación, el fiscal Garrison descubrió que este estrambótico personaje habÃa viajado a Texas la misma mañana del asesinato y habÃa regresado por la tarde. Garrison no necesitó más. La terrible acción emprendida contra Kennedy podrÃa tratarse muy bien de un complot en el que Oswald no fuese más que una pieza insignificante; incluso una pieza inservible, utilizada sólo después del crimen.
Garrison habÃa estado analizando el film de Zapruder una y mil veces. Contabilizaba el breve tiempo empleado por el franco-tirador en efectuar los tres disparos con una carabina que precisaba ser recargada tras cada disparo, y estaba convencido, como lo estaban millones de americanos, que en el magnicidio habÃa intervenido un segundo asesino, realizando los disparos tras la valla de un montÃculo situado frente a la limusina. La cabeza del presidente impulsada por el impacto hacia atrás asà parecÃa demostrarlo. El fiscal de Nueva Orleans no lo dudó: alertó al FBI y unos agentes se llevaron a David Ferrie para interrogarlo. Pasaron los dÃas y Ferrie volvió a verse por las calles de Nueva Orleans. El FBI lo habÃa interrogado y, a pesar de que el sospechoso habÃa realizado su viaje a Texas el dÃa del magnicidio en unas condiciones climatológicas realmente desastrosas para tan sólo, según declaró, pasar unas horas patinando en una pista, fue puesto en libertad sin cargos.
Garrison tuvo que aceptar el resultado de ese interrogatorio y se olvidó del caso, considerándolo una pista fallida.
Pero en 1966 el inquieto espÃritu de Garrison iba a conmocionarse de nuevo. El senador por EE UU Russell Long, miembro de la Comisión Warren que habÃa, por tanto, contribuido a elaborar la versión oficial del asesinato de JFK, le manifestó al fiscal de Nueva Orleans sus dudas y desconfianzas en torno a cómo habÃa trabajado la Comisión para extraer sus conclusiones. Le confió a Garrison que en el proceso de investigación, los comisionados habÃan advertido todo tipo de irregularidades, como la desaparición o el ocultamiento de pruebas, el abandono injustificado de ciertas vÃas de investigación, los métodos empleados por el FBI en los interrogatorios, contrarios a los más elementales derechos ciudadanos y, sobre todo, un detalle que venÃa a revitalizar las antiguas sospechas de Garrison en torno a la vinculación de la CIA en el asesinato de Kennedy: Oswald habÃa pasado exámenes de ruso durante su estancia en el ejército.
El fiscal se puso a atar cabos sueltos. ¿Cómo era posible que un soldado sin graduación siguiera cursos de ruso y realizara exámenes sobre esos estudios?. Indagando, averiguó que Oswald fue destinado a una base japonesa desde la que aviones U2 desarrollaban misiones de espionaje sobre cielo ruso. Súbitamente se le despierta a Oswald un entusiasmo desorbitado por las ideas marxistas hasta el extremo de que, en plena guerra frÃa entre su paÃs y la URSS, pasa en este segundo paÃs tres años de su vida. Allà conoce a Marina Nikolaevna, una mujer vinculada por su nacimiento - es hija de un coronel- al ejército soviético. Se casará con ella. De regreso a los EE UU, Oswald encuentra con suma facilidad trabajo, nada menos que en una empresa dedicada a confeccionar mapas para los militares estadounidenses, entabla relación con David Ferrie y frecuenta la compañÃa de exiliados rusos de extrema derecha.
Simultáneamente, Oswald mantiene contactos con el Partido Comunista de EE UU y con el Partido de los Trabajadores Socialistas. Crea, además, la Asociación “Juego Limpio para Cuba”, dedicándose a repartir pasquines propagandÃsticos del régimen de Castro por las calles de Nueva Orleans. Contemplando con frialdad las cosas, Garrison llega a la conclusión de que habÃa adelantado muy poco con respecto a lo que ya sabÃa en 1963. HabÃa que seguir descubriendo conexiones y perfilando mejor al personaje principal -Oswald- que se le escurrÃa entre los dedos sin dejarle nada a cambio.

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