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La muerte de J.F. Kennedy II: El Fiscal Garrison investiga

La doble personalidad de Oswald tiene confundido al fiscal Garrison. Un personaje tan complejo no encaja demasiado con la imagen de él que se difunde a los cuatro vientos. Garrison está dispuesto a llegar al fondo de un asunto que se presenta tan embrollado.

Por un lado, tiene a un joven sin oficio ni beneficio que recurre al ejército como una manera de orientar su vida. Desierta tres años a la Unión Soviética y regresa a su país donde mantiene un comportamiento ambiguo: su relación con miembros de la extrema derecha choca frontalmente con su militancia política e ideológica. Estos aspectos de su vida inducían a desconfiar, en algún grado, de que su salud mental estuviera perfectamente regulada. Por otro lado, Garrison contemplaba a un segundo Oswald muy diferente. Marine brillante, fue inmediatamente destacado a una base supertecnificada de Japón y se ocupó de labores vinculadas con los U2, aviones que ejercían funciones de espionaje en Rusia. Este joven aprendía ruso y cuando convino dio el salto al otro lado del telón de acero. ¿Con alguna misión de espionaje? ¿Era Oswald un agente de los Servicios de Inteligencia de su país?. El hecho de que al regreso de EE UU no se le sometiese a ningún tipo de interrogatorio y a que encontrase trabajo en una empresa subsidiaria de la Oficina de Defensa, así pueden hacerlo pensar. Sus contactos con David Ferrie, hombre de la CIA, le hacen sospechar a Garrison que Oswald mantiene una doble personalidad intencionada, con algún fin concreto. ¿ Es ese fin concreto atentar contra el Presidente?

El fiscal Garrison se halla a un paso de establecer relaciones comprometidas entre Ferrie y Oswald; o, lo que es lo mismo, entre la CIA y Oswald. Su investigación mantiene una línea que puede desenmascarar e involucrar a sectores muy influyentes de los EE UU. Es entonces cuando, sospechosamente, los medios de comunicación emprenden una campaña contra el fiscal Garrison. Lo acusan de dedicar tiempo y dinero público en el establecimiento de unas teorías absurdas y fantasiosas en torno a la muerte de Kennedy. Estos medios airean nombres, ofrecen datos. Ferrie es presentado como el único asidero que tiene el fiscal para hacer prosperar sus absurdas versiones. Ferrie se convierte en el centro de aquel huracán. Garrison sabe que una presión sobre este hombre puede resquebrajar su resistencia. Trata de protegerlo, de salvarlo de esa vorágine de expectación que se origina en torno a su persona; pero cuando llega a su lado, Ferrie ha muerto de una embolia cerebral. Esta muerte le resulta rara al fiscal. Junto al cadáver se han encontrado dos notas de suicidio, ambas sin firmar.

La muerte de Ferrie sitúa al fiscal de Nueva Orleans en la encrucijada de descubrir nuevos hilos de la trama o abandonar el caso. Sus investigaciones corren el peligro de transformarse en simple papel mojado. Casualmente, por un chivatazo, Garrison se pone tras la pista de un tal Clay Bertrand que había intervenido en la nacionalización americana de la esposa de Oswald. ¿Quién era ese personaje? ¿Por qué le había prestado apoyo a Oswald?. Indagando, Garrison llegó al convencimiento de que Clay Bertrand respondía al seudónimo de un vecino de Nueva Orleans, cuyo nombre auténtico era Clay Shaw. Ese tal Shaw había mantenido contactos con David Ferrie, y multitud de testigos podían afirmar que también se le había visto con Oswald. El cerco parecía ir estrechándose en torno a una trama que vinculaba a personajes en apariencia tan dispares como Oswald, Ferrie y Shaw. Pero faltaba la pieza que encajara las aristas que presentaban cada uno de ellos. Y esa pieza la encontró Garrison en la persona de Terry Russos, alguien que estaba dispuesto a contar todo lo que sabía. Russos manifestó que había participado en una reunión con Shaw, Ferrie y Oswald y a la que también se habían sumado relevantes anticastristas. En esa reunión corrió el alcohol con profusión y Ferrie y los cubanos se pusieron a hablar de un plan para terminar con la vida del presidente Kennedy.

A partir de esas evidencias, el fiscal de Nueva Orleans actuó con decisión. Encarceló a Shaw y lo presentó ante los tribunales bajo la gravísima acusación de haber intervenido en la conspiración que acabó con la vida del Presidente de los Estados Unidos.

El testimonio de Terry Russos era valiosísimo. Garrison podía presentarse ante un jurado y demostrar que Oswald no fue ningún chalado que actuó por propio impulso, sino que formaba parte de una trama urdida por agentes de la CIA y elementos anticastristas, despechados, seguramente, por el frustrado intento de invasión de Bahía Cochinos en la que faltó el apoyo de la aviación yanki en el último momento.
Garrison estaba convencido de que Clay Shaw y Ferrie habían actuado siguiendo órdenes de la Agencia de Inteligencia -CIA-, y que habían captado a Oswald para que desempeñase el papel de bufón en aquella tragedia.

¿Quién había interpretado, pues, el papel principal en Dallas? El fiscal siempre había pensado que en el escenario del crimen hubo un segundo asesino que había disparado desde un montículo situado frente a la limusina presidencial. En esos momentos de su investigación, estaba más convencido que nunca de que, efectivamente, así había sido. Ferrie era su hombre, aunque para entonces ya estuviera muerto.

Durante el juicio, celebrado en enero de 1969, Clay Shaw declaró bajo juramento que él no conoció en ningún momento a David Ferrie ni a Lee H. Oswald y que por lo tanto nunca había utilizado el seudónimo de Clay Bertrand, como pretendía demostrar el fiscal. Además, ante la pregunta de que si pertenecía o había pertenecido en algún momento a la CIA, Shaw manifestó con absoluta serenidad que tal acusación era falsa. Lo cierto es que años después se supo que Clay Shaw mintió en aquella ocasión; pero aún hoy en día es práctica habitual entre los agentes de esa organización -la CIA- ocultar, incluso bajo juramento, su pertenencia a la misma. Garrison no ganó el juicio; aunque en la sentencia se señalan pruebas sobre la posibilidad de una conspiración en el magnicidio de Dallas.

Oliver Stone recogió en 1991 las tesis del fiscal de Nueva Orleans y realizó una película -JFK- en la que el FBI, la CIA y la industria armamentística estadounidense constituían la auténtica mano negra que estranguló las ilusiones de todo un pueblo aquel fatídico y ya lejano día del 23 de noviembre de 1963. Oswald tan sólo fue, en todo caso, un chivo expiatorio al que unos poderes en la sombra le pidieron prestado el rostro para pasearlo por todo el mundo como único causante de una muerte injusta y terrible.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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