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La muerte de J.F. Kennedy: Un enigma sin desvelar

El asesinato de Kennedy permanece oculto en el misterio. Cualquier tentativa por explicarlo ha sucumbido ante la incredulidad de una opinión pública que ha situado este magnicidio en la categoría de los hechos inexplicables e irresolutos.

Cuando el 22 de Noviembre de 1963 una bala cruzó los aires de la pequeña población de Dallas en busca de la cabeza del presidente de los EE UU, se iniciaba un capítulo en la historia de la humanidad cuyo punto final, tras cuarenta años, aún no ha podido colocarse. Existen demasiadas dudas, demasiados interrogantes sin aclarar. ¿Quién fue el autor o autores de los disparos? ¿Cuántos disparos hubo? ¿Se debió todo a una loca actuación individual o fue obra de un grupo de conspiradores? ¿Se halló involucrado algún organismo oficial o estado extranjero en la planificación o en la ejecución del terrible magnicidio?

Todas esas preguntas planearon desde el primer día sobre el orbe terrestre. La opinión pública demandaba respuestas. Y las que le iban llegando no le satisfacían lo más mínimo. Ochenta minutos después de cometido el asesinato, era detenido en la penumbra de un teatro de Dallas un antiguo marine apellidado Oswald. Sobre él recayeron todas las sospechas; sobre él, todas las responsabilidades. La policía había sacrificado en su captura a uno de sus agentes, J.D. Tippit, quien había intentado identificarlo en plena calle y había recibido una descarga de plomo en su propio cuerpo. Los policías tejanos, no obstante, se habían mostrado efectivos. Las férreas manos de la ley habían caído sobre el culpable y lo tenían bien sujeto. Las televisiones de todo el mundo inundaron aquella población. El nombre de Dallas circuló a la velocidad del rayo. La imagen de Lee Harvey Oswald aparecía con profusión tras el cristal de la pequeña pantalla. Los rostros satisfechos, casi engreídos, de los representantes de la Ley, llenaban muchos espacios gráficos. Había cierta locura informativa, mucha permisividad hacia todo aquél que quisiera deambular por el interior de la comisaría con una cámara o con un micrófono en la mano. Allí no había un portavoz. Cada agente contaba su anécdota, su impresión, su punto de vista. Se requería a éste para que hablase en directo; a aquel otro aunque fuese para guardar en lata sus opiniones; a todos, para engordar la bola gigantesca de las más descabelladas y aberrantes teorías.

Son las 11:17 de la mañana del 24 de noviembre. Entre tanta confusión, no le resultó difícil a Jack Ruby penetrar en los sótanos de la comisaría. Lee Harvey Oswald iba a ser trasladado a la prisión de Dallas. El tumulto en el interior del edificio era inmenso. No habían pasado ni 48 horas desde que el presidente Kennedy cayera abatido. Los agentes que escoltaban al presunto asesino caminaban entre empujones de los congregados. Sus altos gorros tejanos sobresalían por encima de todas las cabezas. Pero el tumulto hacía que sus pies y sus manos vacilaran y se mostraran inseguros en la custodia del prisionero. La luz de los flashes se estrellaban contra las paredes y en su rebote cegaban a los presentes. En un segundo, en uno de esos segundos repletos de luz blanca, Jack Ruby sacó su pistola, se acercó tanto como quiso a Oswald, le disparó a bocajarro y acabó con su vida. El reloj marcaba las 11 horas y 21 minutos de la mañana. La pasmosa expresión de los agentes de policía quedaba inmortalizada por aquel torrente de fotografías y por aquellas cámaras de televisión que no cesaban de enfocarlos.

Tras este insólito epílogo, las dudas crecieron, las sospechas aumentaron, las explicaciones, por peregrinas que parecieran, proliferaron. A las viejas preguntas de antes se añadieron las nuevas de ahora. ¿Quién era Jack Ruby? ¿Por qué, cómo había matado a Oswald? De nada valía propagar la teoría de que Ruby era un indignado ciudadano que se había tomado la justicia por su mano. Este implacable vengador no era otro que un vulgar componente del hampa local. Poseía un club nocturno con el que se ganaba la vida. La gente receló inmediatamente de este personaje. Rechazó la idea de considerarlo como a ese héroe que surge de las sombras para castigar al asesino. Lo vieron más bien como a una mano invisible que movía los hilos para que nada se aclarara. Muerto Oswald, ¿qué quedaba? ¿A quién preguntar ahora? ¿Qué indagar? Las versiones que pudiera dar un personaje tan siniestro como Jack Ruby no podrían llevar más que a la confusión y al engaño. Con la muerte de Oswald, la desolación crece en EEUU. Los hechos quedan enterrados y más ocultos que nunca. La verdad es, sin duda, la auténtica víctima de la pistola de Ruby.

Ante un hecho tan desolador, el ciudadano medio americano contempla la situación y se da cuenta, aterrorizado y perplejo, de que la muerte de su presidente corre el riesgo de quedar sepultada para siempre en la región de los hechos indescifrables. Separando el grano de las briznas quedan muy pocos datos claros.
En primer lugar, y como autor unánimemente acusado, se halla un desconocido muchacho de 24 años llamado Lee Harvey Oswald. De este joven se ignora casi todo. Pero los medios de comunicación van filtrando las noticias imparablemente. Se da a conocer que las tendencias políticas de Oswald lo convertían en un activo admirador de las tesis marxistas. Defensor del régimen dictatorial cubano de Castro, unos meses antes de su criminal acción se había significado como componente de un movimiento comunista denominado “Juego limpio para Cuba”. Durante el verano de 1963 repartió pasquines en Nueva Orleáns divulgando estas ideas y también viajó a Ciudad de Méjico desde el 26 de septiembre al 3 de octubre visitando las embajadas de Cuba y de la Unión Soviética.

Indagando con mayor profundidad, otros datos relativos a la vida de Lee Harvey Oswald ganan la luz pública. En 1957 había ingresado en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Destinado a una base de Japón considerada de alta tecnología, se adiestró en el manejo de las armas y adquirió una notable cualificación. Trató de aprender la lengua rusa e incluso en el ejército se sometió a exámenes para determinar el nivel alcanzado en esta disciplina. Después, marchó a Rusia, donde conoció a Marina Nikolaevna, con quien se casó y tuvo una hija. Vivió 3 años en la ciudad de Minsk y luego regresó a EE UU. Semanas antes de apretar el gatillo para asesinar al presidente Kennedy, había encontrado un nuevo trabajo: en el Texas School Book Depository, un almacén de libros en pleno centro de Dallas, un lugar perfecto para vislumbrar con absoluta nitidez la plaza Desley, por donde iba a discurrir la comitiva presidencial en su visita a esta localidad. El destino encajaba sus piezas y los hechos sucedían tal como la historia tendría luego que contarlas. Mientras tanto, Oswald compraba por correspondencia un rifle de segunda mano, un Mannlicher Carcano al que modernizaba ligeramente adaptándole un teleobjetivo.
Desde el sexto piso del almacén de libros la vista era perfecta; las interferencias, nulas; podía permanecer oculto y ver sin ser visto. A Lee Harvey Oswald no le quedaba más que esperar. Y a las 12,30 horas del viernes, 22 de Noviembre, Oswald había presionado el gatillo por tres veces. Luego venía su detención y posterior muerte a manos de Jack Ruby.

El enigma, el misterio en torno a la muerte de John Fitgerald Kennedy había comenzado a germinar en la cabeza del pueblo americano. Cada ciudadano tenía una explicación…Al menos, para un día. Al día siguiente, a la luz de nuevas revelaciones, muchas de ellas inexactas, incompletas o totalmente inventadas, elaboraba una nueva teoría y buscaba unos nuevos culpables. Oswald no podía haber matado al presidente más carismático y admirado del siglo XX. Oswald solo,no. Era demasiado poca cosa. Y eso horrorizaba al más común de los ciudadanos norteamericanos. Le horrorizaba todavía más que el mismo hecho criminal que había acabado con la vida de su amado Presidente.
Se imponía una explicación oficial. Y L.B.Johnson, el nuevo ocupante de la Casa Blanca, se aprestó a nombrar una Comisión –La Comisión Warren- con el mandato imperativo de aportar sus conclusiones para antes de las elecciones que iban a celebrarse en noviembre de 1964.

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2 comentarios en La muerte de J.F. Kennedy: Un enigma sin desvelar

  1. Existen muchas teorías conspiratorias entorno a la muerte del presidente J. F. Kennedy.

    Estoy convencido de que en diversos entornos americanos se conoce la identidad de los que organizaron la trama para acabar la vida de Kennedy pero que jamás se hará nada al respecto.

  2. Cada día que pasa se hace más difícil aclarar lo que realmente sucedió, quién disparó, quién o quiénes organizaron todo aquello y demás. No obstante, cualquier día puede aparecer alguna nueva prueba inesperada que arroje un poco más de luz a la trama de asesinato de John Fitzgerald Kennedy.

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