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La muerte de John Lennon: El 5, un número trágico para el gran mito

Para John Winston Lennon el número 4 era el de su suerte. El número 4 y también el 6. Cuatro habían sido los componentes del grupo musical más famoso que ha poblado este planeta. Eran The Beatles.

Eran Paul Mc Cartney, George, Ringo, y él mismo, John Lennon. Cuatro eran también las letras de su nombre –John- y del nombre de la mujer que tal vez más quiso en su vida, su tía Mimí, que cuidó de él desde los cinco años, cuando su padre y su madre deshicieron el matrimonio y el pequeño hijo de ambos quedó bajo la tutela de esta mujer que fue quien le regaló su primera guitarra.

El 6 fue también su otro número favorito, porque durante la década de los sesenta John Lennon y su grupo gozaron de una gloria y de un prestigio que, en un momento dado, le hicieron prorrumpir, incurriendo en un acto de soberbia impropio de su sensibilidad: “Somos (Los Beatles) más populares que Jesús”. La década de los sesenta fue testigo de la pasión desatada de sus fans, que se contaban por millones en todo el mundo. Su música se tarareaba por todas partes, las letras de sus canciones se recitaban con auténtico fervor, con más fuerza y convicción que cualquier credo religioso. La imagen del grupo, de cada uno de sus componentes, se conocía en las populosas ciudades de Europa, de América y de Asia; pero también en los apartados rincones del Planeta podía encontrarse un póster de Paul Mc Cartney o de ese joven de figura espigada y cara huesuda llamado John Lennon; ambos, los auténticos monarcas de Los Beatles.

Pero si el 4 y el 6 eran los dos números de la suerte para Lennon, el número 5, en cambio, había de ser el de su perdición, su número negro: cinco fueron los años que el ya ex-Beatles había permanecido alejado de la música, cinco fueron las horas que estuvo su asesino esperándolo en la puerta de su casa para matarlo y cinco, finalmente, fueron las balas que vomitó aquel revólver del calibre 38 el fatídico día señalado en el calendario como el 8 de diciembre de 1980.

La ciudad de Nueva York tiene su corazón en Manhattan. En las inmediaciones del Central Park se levanta un edificio al que se conoce como Dakota House. Entre sus inquilinos podían contarse actrices de la talla de Lauren Bacall, directores de orquesta como Leonard Bernstein o también el cantante John Lennon. Además de la fama que le proporcionaban sus moradores, esta vivienda había cobrado notoriedad porque en ella se había rodado la película “La semilla del diablo”, del prestigioso cineasta Roman Polanski. El cantante y compositor John Lennon había llegado al Dakota House en 1978 huyendo de la agobiante popularidad que le impedía llevar una vida tranquila y libre no sólo en su ciudad de origen, Liverpool, sino en su propio país y en cualquier parte del continente europeo. Buscando la ansiada libertad, había emigrado a Estados Unidos en compañía de su mujer, la japonesa Yoko Ono y del hijo de ambos, el pequeño Sean. Atrás dejaba el músico inglés cinco años de infierno, atrapado por el alcohol y la droga, que le habían obligado a romper su matrimonio por espacio de catorce meses. Su vida en el Nuevo Mundo representaba para Lennon la oportunidad de un auténtico renacimiento. Pero el destino iba a mostrarle su rostro más horrendo precisamente en aquel país que él había elegido por considerarlo libre y seguro.

Autor de auténticos himnos de paz, de cantos a la concordia y a la fraternidad universal, John Winston Lennon iba a morir violentamente en el corazón de una ciudad cuyo más famoso monumento es La Estatua de la Libertad. En esa ciudad iban a acallar, a amordazar para siempre, a sepultar la sutil sensibilidad del más espiritual de los trovadores modernos.

Cuando se analiza su muerte, inmediatamente surgen diversas hipótesis. Como en tantos otros magnicidios, aparece la duda, la desconfianza, se disparan las interpretaciones. ¿Fue obra de un demente aislado que en el fuego sagrado de su propia soledad elaboró el plan de un crimen horrendo? ¿Fue, acaso, un complot fraguado por esa clase de grupos, por esa especie de sectas que contemplan con desconfianza a los espíritus libres, como indudablemente lo era John Lennon? Son preguntas que eternamente quedarán flotando en el pozo negro de los misterios.
Los que opinan que la muerte de Lennon se debe a la acción solitaria de un único individuo se alinean con la versión oficial que han difundido las autoridades estadounidenses. Los que abogan por el complot proyectan sus acusaciones sobre una administración a cuyo frente se hallaba Richard Nixon, intransigente con todo lo que oliera a hippies, a impugnadores de la política militarista desarrollada en Vietnam y a apologistas de Fidel Castro, durante aquellas décadas considerado enemigo público número uno de Estados Unidos. Era una época en la que cualquiera podía ser considerado una manzana podrida. John Lennon era esa manzana podrida y su influencia entre los jóvenes resultaba nefasta para los intereses que desde el poder defendían los EE.UU. Ya en la Grecia Clásica, Sócrates fue juzgado y condenado a morir por considerársele un corruptor de jóvenes. Las canciones de Lennon podían resultar tan peligrosas como una plática filosófica o como una doctrina religiosa. Desde el poder alguien podría tener el pulgar inclinado hacia abajo. Y en ese caso, la suerte del ex–Beatles estaría ya decidida de antemano.

Sea como fuere, los hechos ocurrieron del siguiente modo:
El día 6 de Diciembre de 1980, Mark David Chapman había acudido al aeropuerto de Hawai y había cogido un vuelo con destino a Nueva York. Su semblante era apacible, tranquilo; pero por el interior de su cabeza resonaban unas palabras que le ordenaban algo terrible: ¡Mata, mata! Chapman había dejado su empleo de fotógrafo y de circunstancial detective privado en Hawai. Portaba consigo un leve equipaje. En su interior, oculta, un arma: una pistola del calibre 38 perfectamente cargada. Cuando Chapman llegó a la ciudad de los rascacielos sabía a qué dirección encaminarse: Manhattan, edificio Dakota. Caminó por las inmediaciones y observó. Tomó nota mental de entradas y salidas. Allí vivía gente famosa a la que buscar con los ojos, a la que retener en la mente, a la que rendir homenaje de admiración desde la distancia. Aunque Chapman no tenía ojos, sino para Lennon; no tenía mente, sino para escuchar el martilleo incesante de esa voz interna que le ordenaba matar; no pensaba en otro homenaje, sino en el que le iba a ofrecer a esa dama vestida de negro y con la guadaña en sus manos.

Dos días después de su llegada a Nueva York, Mark David Chapman ya había tomado una determinación. Sabía que el 8 de diciembre Lennon saldría de su casa entre las 5 y las 6 de la tarde. Chapman se paró en una tienda de discos. Compró el último ejemplar que había sacado al mercado el ex–Beatles tras cinco años de silencio musical, “Double Fantasy”. Necesitaba una coartada, alguna excusa que le permitiera acercarse al gran divo. Chapman llegó hasta la acera del Dakota House. El vigilante del edificio miraba desde el portal. Observaba a los transeúntes. Aunque sobre todo su mirada se quedaba prendida de dos o tres mujeres jóvenes que aguardaban la salida de John para pedirle autógrafos, y de Mark D. Chapman, otro fan, seguramente, puesto que portaba entre las manos un disco, el último disco de aquel inquilino tan popular que ya bajaba por el ascensor.

Cuando John Lennon y Yoko Ono accedieron a la calle, las dos o tres jóvenes casi se les echan encima. Portaban pequeños cuadernillos donde John pudiera estamparles su firma. Chapman también se acercó, aprovechando ese pequeño desconcierto. Estaba a un paso del cantante que había forjado con su música todos sus sueños, el dios ante el cual tantas veces se había arrodillado llorando de emoción y de gratitud por el bálsamo de sus mensajes. Podía tocarlo, contemplaba de cerca el vaivén rítmico y sosegado de su respiración. Tenía que averiguar si resultaba accesible, le alargó el disco, le hizo un ademán con los ojos, pidiéndole un autógrafo, sonriéndole con esa sonrisa helada que se le había quedado petrificada en el rostro desde el día en que decidió matar a su héroe, sacrificar a su dios, a un dios falso que le ponía afeites a la vida para que pareciera hermosa, embaucando a toda una generación de ilusos y reconduciéndola hacia el redil de una sociedad ordenada y tranquila. John Lennon firmó sobre aquel cuadrado de cartón plastificado y se lo devolvió al joven que se lo había tendido. Luego se giró hacia Yoko Ono y le cogió la mano para subir a la limusina que les esperaba aparcada junto al bordillo de la acera.

Cuando el coche desapareció por la avenida, Chapman ya había hecho varias comprobaciones. El vigilante de la finca se limitaba a vigilar la entrada, sin ejercer labores de guardaespaldas. Lennon atendía cuantas peticiones de autógrafos le solicitaban y su comportamiento con los desconocidos era distendido y confiado.
La caza, pues, había comenzado. Chapman era el cazador; John Lennon sería la víctima.

Chapman se apostó a pocos metros de la entrada de la finca. Todo cazador sabe que la espera es uno de los componentes de la caza. Si te precipitas, si te exhibes demasiado, levantas sospechas y fracasa el plan. Chapman sabía hacer las cosas. Extrajo de uno de sus bolsillos un ejemplar del libro: “The catcher in the Rye” y paseó su mirada una y otra vez por sus renglones. Al dios Lennon, le había sustituido en el alma de Chapman el autor de este libro, J.D. Salinger. En sus páginas, el hombre que acariciaba el revólver de calibre 38 oculto en uno de sus bolsillos, había encontrado la auténtica verdad. En esta obra se hablaba sin tapujos de la muerte de la inocencia, de las mentiras de los ideales, del rostro verdaderamente podrido de la sociedad. Cada línea que leía le servía a Chapman para ratificarse en sus propósitos de matar a quien él consideraba como el gran embaucador.

Cuando la limusina de Lennon regresó eran ya las 11 de la noche. Su asesino lo había estado esperando 5 horas. El coche se había detenido y Lennon puso sus pies en el suelo. Chapman arrojó sobre la zona ajardinada el disco que había mantenido cogido todo el tiempo de espera. Sin perder ni un segundo, se dirigió a toda velocidad hacia donde se hallaba el cantante. Antes de que éste pudiera darse cuenta, Chapman le descerrajó 5 balazos por la espalda. Uno le entró directamente en los pulmones, otro le dio en la cabeza y un tercer disparo lo hirió en un brazo. Esos tres tiros hicieron blanco en aquel que tanto odiaba Chapman, lo libraban de una pesadilla que se le había vuelto insoportable. A la humanidad, en cambio, la privaban de una voz comprometida con la paz, con la libertad, con los ideales y con los más hermosos proyectos. La voz de John Lennon quedó apagada para siempre; su obra futura, la que aún estaba por escribir, se fue rodando al hoyo de las frustraciones.

Chapman quedará toda su vida encerrado entre rejas en la cárcel de Attica State. Pero ese consuelo le sirve de bien poco a todo aquel que sabe que John Winston Lennon también sobrevive encerrado en un pequeño disco compacto que se mueve rodando por los estrechos – aunque mágicos- límites de una obra sin horizontes ya de futuro.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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2 comentarios en La muerte de John Lennon: El 5, un número trágico para el gran mito

  1. No tenía ni idea de que el número 5 estaba tan presente en la desgraciada muerte de John Lennon.

  2. Hola. Si hay realmente un número en la vida de John Lennon ese es el ¡9!

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