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La viuda alegre I: Muerte en la carretera

Dominique Louis iba al volante del coche. Era una mujer guapa, extraordinariamente atractiva. Tenía 46 años pero aparentaba bastantes menos. A su lado viajaba un anciano de 76 años.

Su nombre era Simon Jochimec. Podrían muy bien pasar por padre e hija. Treinta años los separaban. Pero en realidad eran marido y mujer.

Circulaban por tierras vallisoletanas. La árida meseta castellana semejaba un desierto interminable. En los ondulantes campos, las espigas de trigo reflejaban el oro de sus cabezas, sólo empobrecido por la presencia esporádica de alguna nube gruesa, blanca y solitaria que tamizaba, tímidamente, los rayos del sol.

Era la mañana del 12 de julio del 2003. El coche se deslizaba por la Carretera Nacional 122. Un mojón situado en un costado señalaba el kilómetro 27. De pronto Dominique Louis llevó sucesivas veces su pie al pedal del freno. Varias sacudidas alertaron al acompañante. ¿Qué ocurría, qué era aquello? La mujer redujo considerablemente la marcha. La carretera era una larga cinta de asfalto. Acercó el coche al arcén. Allí lo detuvo. Una rueda. Una rueda se deshinchaba.

Ella había notado que el coche se le iba hacia un lado. Simon ya era mayor para asumir el esfuerzo de cambiar una rueda bajo el implacable sol de Castilla. Piensa que lo más aconsejable es pedir la ayuda de una grúa. El teléfono móvil siempre está a mano. Una simple llamada y un mecánico se encargará del trabajo. Pero Dominique piensa de otra manera. No es partidaria de perder toda la mañana en la carretera esperando a que les ayuden. Ella se las puede apañar ante un simple cambio de rueda. Él sólo ha de colocar los triángulos a la distancia preceptiva.

Simon accede a los deseos de su mujer. Aún no hace un año que se han casado y lo que uno dice lo acepta el otro de buena gana. Baja por la parte del arcén, rebusca en el maletero, extrae la señalización roja. Luego camina unos metros en sentido inverso al de la marcha del vehículo. La mujer lo mira a través del retrovisor. Ve que camina un viejo, con andares de viejo y con la inclinación del cuerpo propia de un viejo. ¿Cómo ha podido casarse con semejante hombre? Sólo el fuerte campanilleo de las monedas en el bolsillo de aquel anciano ha podido obnubilarla, sólo su inmensa fortuna -se hablará luego de varios millones de euros- la ha cautivado.

Pero ése es un pensamiento que permanece en su mente el fugaz instante que dura un parpadeo. Mientras tanto, Simon ha colocado la picuda señalización en el suelo. Le hace señas a la mujer que permanece en el coche. Pero ésta asoma su cabeza por la ventanilla y con una mano le indica que se aleje un trecho más. El hombre obedece. Recorre unos cuantos metros. ¿Tal vez aquí? Los coches pasan por la Nacional 122 a buena velocidad. Aquel es un tramo recto, sin curvas a la vista. La espalda de Simon contempla la llegada de los coches. El arcén no es un lugar muy seguro. Sólo un caso de extrema necesidad puede justificar que una persona permanezca en él. No obstante, la visibilidad es buena y aquel anciano nada puede sospechar de lo que se le avecina.

De pronto, como surgido del interior del asfalto aparece junto a Simon un todoterreno. Es un vehículo potente, sólido y que emite un rugido terrible. Sus redondas piernas de goma no se deslizan por la calzada. Han invadido el arcén y, vorazmente, caminan hacia el hombre del triángulo rojo. Cuando éste quiere darse cuenta, el todoterreno ha llegado a pocos metros de donde él se halla y su cabeza de metal lo apunta inexorablemente. Sus ojos se desorbitan y sus manos se proyectan hacia el frente en un ingenuo intento por detener a la máquina. Todo resulta inútil.

Tras el golpe, el hombre queda tendido en el suelo. Pero, inesperadamente, el conductor del todoterreno pisa el freno y detiene su vehículo sólo el tiempo necesario para introducir la marcha atrás y arrollar por segunda vez a su víctima. Las señales de las ruedas quedan impresas en el suelo y sobre el cuerpo del hombre muerto. A continuación, tan fugaz como ha sido su llegada, el coche de la muerte desaparece por el horizonte lejano.

Alertada la Guardia Civil, Dominique Louis fue interrogada en las dependencias policiales de Tordesillas. Aquél no había sido un accidente de tráfico como otros tantos que se producen a lo largo del año. Concurrían una serie de causas que espolearon el instinto investigador de los agentes del orden.

En primer lugar, aquella mujer se mostraba extrañamente fría ante la tragedia que acababa de suceder. No lloró ni una sola vez. Ni perdió la compostura…, al menos en un principio. Sí lo hizo cuando, posteriormente, la policía española le dio a entender que ella podía tener algo que ver con la muerte de su esposo.

Otro aspecto que le confirió a este accidente el carácter de inusual fue el hecho de que Dominique, única testigo visual de lo ocurrido, sólo ofreciese el dato de que el vehículo que atropelló a su marido era de color gris. Ni una pista más. Ni mención de la marcha atrás que realizó el vehículo para el segundo arrollamiento. Ni un detalle sobre el conductor del mismo. El tufillo a sospecha también se quedó flotando sobre el cuartel de la Guardia Civil de Tordesillas cuando se supo que Simon era un hombre inmensamente rico y que su recién estrenada esposa iba a heredarle.

Los tres días que pasó en Valladolid, los aprovechó Dominique para incinerar el cuerpo de su difunto esposo, tan pronto como se lo autorizaron tras la autopsia practicada. Libre de cargos ante la falta de pruebas, la viuda francesa voló a París y desde la capital francesa marchó a Lyon, ciudad en la que había residido junto a su malogrado esposo.

Toda la frialdad que la acompañó en su comparecencia ante la policía española se esfumó como por ensalmo. En la ciudad gala se presentó una viuda compungida y llorosa, apretando contra su pecho la pequeña urna con las cenizas del fallecido. A los primeros momentos de conmiseración ente allegados y vecinos, sucedieron los de extrañeza y, finalmente, los de sospecha. El hecho de que Simon Jochimec fuera judío convertía en insólita su incineración. En el judaísmo dicha práctica está proscrita y resultaba inconcebible que Dominique la hubiera transgredido con semejante ligereza. ¿Se trataba, en el fondo, de hacer desaparecer alguna prueba?

La policía francesa comenzó a trabajar. Dominique Louis tenía antecedentes muy poco recomendables. Había sido gendarme al mismo tiempo que insertaba propaganda sobre su disponibilidad para actuar como señorita de compañía para caballeros. Su nombre de guerra para tales menesteres era Maud. El conocimiento de estos hechos provocó la indignación de sus superiores y la retirada profesional como policía.

Posteriormente conoció a Simon Jochimec. Éste era un empresario sombrerero con el ferviente deseo de encontrar pareja. Sometido férreamente al imperio de su madre, cuando ésta murió en el año 2001, Jochimec, a sus 74 años, se vio en posesión de una gran fortuna y con muy poco tiempo para disfrutarla. La primera mujer hermosa que le hiciera un guiño podría llevárselo con facilidad. Y esa mujer resultó ser Dominique Louis.

Ahora la policía gala trabaja con la hipótesis de que Dominique Louis y el conductor del todoterreno, su amante Jean Claude Vaz, han podido urdir la muerte del millonario sombrerero francés en la tórrida meseta castellana, dorada de sol y de trigos. La justicia francesa desvelará lo que pueda haber de cierto en toda esta historia, tristemente conocida como el caso de La Viuda Alegre.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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