¿Proyectó matar Dominique Louis a su marido antes de que se cumpliera un año de haberse casado con él? ¿Actuó perfectamente sincronizada con su amante , Jean Claude Vaz, para que todo pareciese un simple accidente, uno más de los que ocurren a diario en las carreteras españolas?
¿Logró la Guardia Civil desde el principio desentrañar el misterio de una muerte acaecida de manera tan extraña o sucumbió a la trama montada por los presuntos asesinos?
Estas y muchas otras preguntas se hallan en proceso de investigación por parte de las policías española y francesa en un caso apasionante que, por lo pronto, ha acabado por llevar a la cárcel a los dos amantes bajo la acusación de haber urdido la muerte de Simon Jochimec, un anciano de 76 años, cuyas únicas culpas fueron enamorarse de una mujer a la que hizo su esposa y contar con una jugosa fortuna de varios millones de euros que heredaría ésta en caso de su fallecimiento.
Cuando en noviembre del año 2002 se casó Simon con Dominique en la ciudad francesa -Lyon- donde iban a residir, este próspero sombrerero no podía sospechar que se estaba introduciendo en el interior de una tela de araña de la que le iba a resultar imposible escapar.
Simon Jochimec se había pasado la vida a la sombra de unos padres dedicados de lleno a una floreciente industria: la fabricación de sombreros. Muerto su hermano gemelo prematuramente, sobre el único vástago de la familia recayeron todos los cuidados y todas las atenciones. Los años fueron pasando y Simon no abandonó jamás su hogar. La férrea vigilancia que ejercía la madre mantuvo debidamente aislado al joven Jochimec de todos esos embates del corazón que la naturaleza manifiesta a ciertas edades.
Cuando su padre murió en 1975, Simon ya rozaba los cincuenta años y su única ocupación seguía siendo la sombrerería. La mirada atenta de su madre continuaba prendida en él y la vida discurría sin sobresalto alguno. El tedio asomaba por alguna esquina de la existencia de Simon, pero éste lo confundía con la placidez o la comodidad, y cierta complacencia lo acunaba en su adormecida existencia. Las hojas del calendario iban desgranándose mientras se convertía en un septuagenario sin más “frufrús” de faldas a su alrededor que el producido por la vestimenta de su longeva madre. Pero cuando en 2001 la férrea vigilante cerró los ojos para siempre, Simon experimentó el placer de la libertad. El dinero le sobraba por los cuatro costados. Y las ganas de vivir, tanto tiempo espantadas de su lado, lo arrebataron con el frenesí propio de un veinteañero. Era un hombre a punto para dejar entrar el amor en su vida.
Cuando, en el verano del 2002, conoció a Dominique Louis en Santa Pola (España), el espectro de su madre ya no marcaba el ritmo de su vida y cayó encantadísimo en las redes de la más pura y absoluta seducción. Ese mismo año, en septiembre, se casaría con la antigua gendarme.
Dominique Louis, en cambio, había llevado una vida más inquieta. De ella se sabe que ingresó en el cuerpo de policía francesa. Era una agente alta, rubia y guapa. Los ojos de los hombres se iban tras su silueta. Esta constatación debió de adularla y generó en ella la conciencia de que su belleza podía servirle para algo más que para lucir el palmito. Con el seudónimo de Maud, comenzó a insertar anuncios como acompañante de caballeros entraditos en años. ¿Había ya, para entonces, ideado casarse con un anciano adinerado y hacerse con su fortuna? ¿Era tan sólo el deseo de completar la insuficiente paga de policía lo que motivaba su conducta? En todo caso son unas preguntas de muy arriesgada respuesta. Lo cierto es que en 1995 estas actividades marginales llegaron a conocimiento de sus superiores y Dominique renunció al puesto de policía, como suele decirse, un segundo antes de que la expedientasen para arrojarla de él.
La mujer gendarme desaparecía pero en cambio se robustecía el personaje que representaba Maud. De 1996 al 2001 se dedica a viajar. Visita países en donde se supone que realiza muchos contactos. En esos tiempos, Dominique ya tenía un acompañante que permanecía en la sombra cuando la ocasión lo requería. Se trataba de Jean Claude Vaz, su amante, con el que planeaba dónde actuar, cómo actuar y sobre quién actuar.
Finalmente, en España conoce a Simon Jochimec. Éste reúne todas las condiciones que Maud ha buscado durante los últimos años. Es rico; es viejo; es un ser inexperto… En suma, una víctima inocente. Su tela de araña se proyecta sobre la presa con admirable maestría. Y ésta cae rendida bajo su dominio. Se conocen en Santa Pola, población alicantina donde el anciano galo tiene una vivienda. Viajan a Lyon y se casan lo más rápido que pueden. Por lo civil. A la vista de conocidos y allegados. Todo debía de quedar lo suficientemente claro. Era el 6 de septiembre del 2002. Mientras tanto, Jean Claude Vaz permanece oculto con la sonrisa prendida en sus labios. Su misión ahora es la de esperar. Aunque, cuando pueden, los amantes siguen encontrándose.
En la película “El cartero siempre llama dos veces”, de Rafelson, la protagonista y su amante se deshacen del inocente marido que nada sospecha. Cuando diez meses después de la boda Simon Jochimet sufre el atropello supuestamente intencionado de un coche todoterreno que es idéntico a uno de los que posee Jean Claude, resulta inevitable pensar en la película interpretada por Jessica Lange y Jack Nicholson y preguntarse si la realidad y la ficción se han podido fundir en algún punto de la historia de estos seres humanos.
Hay ciertos datos que avalan esta hipótesis. En primer lugar, las señales de los neumáticos sobre el lugar del atropello parecen coincidir con los del automóvil de Jean Claude. Otra prueba puede constituirla el golpe sobre la parte derecha de la carrocería de este mismo automóvil y que pudo originarse al golpear a la víctima.
Un aspecto que no se debe soslayar es el hecho de que el amante de Dominique se hallaba en un hotel de Zamora el mismo día del atropello mortal acaecido en Villalar de los Comuneros, provincia de Valladolid, colindante con la anterior. ¿Coincidencias? ¿Parte de un plan premeditado? Las indagaciones de la policía española y francesa tratan de esclarecerlo. La justicia, como casi siempre, se reserva la última palabra.

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