Lance Armstrong ha pasado a la leyenda. Tras ganar por sexta vez consecutiva el Tour de Francia, su corona luce con más fuerza que cualquier otra en el Olimpo donde sólo habitan los seres sagrados. Y Lance es un ser sagrado para el mundo de la bicicleta. Tan sagrado, que mirarle a los ojos puede resultar peligroso.
Pero si bajamos la mirada allá donde se encuentran sus pies…., ¿hallamos también el brillo dorado de los héroes o encontramos un trozo del vulgar barro de las estatuas baratas?
El nombre del más brillante ciclista de todos los tiempos ha estado últimamente mezclado con el turbulento tema del doping. El corredor italiano Filippo Simeoni implicó ante la justicia a Michele Ferrari, médico de Armstrong durante años, por haberle suministrado productos dopantes. Una acusación semejante arrojaba una tenebrosa duda sobre el campeonísimo americano y sobre el equipo de ciclistas que él había liderado a lo largo de los últimos años, tan pródigos en éxitos. Simeoni se abstenía de nombrar a Armstrong o a cualquier otro corredor y sus dardos se dirigían únicamente hacia el galeno Ferrari y sus prácticas ilícitas. Pero Armstrong montó en cólera y le hizo pagar muy caro su atrevimiento al humilde gregario italiano. En el último Tour de Francia, corrido en Julio del 2004, el Tour que glorificaba al hombre y lo convertía en un dios al estilo clásico, el Tour en el que el americano podía ejercer con mayor magnanimidad atributos tales como la generosidad o la benevolencia puesto que la gloria ya lo envolvía, Armstrong sacó a relucir sus más furibundas fobias , sus más escondidos rencores contra Simeoni y procedió a su caza de manera inmisericorde.
Corría la etapa 18 del Tour. Era la antepenúltima de ese año. Los corredores circulaban con cierta desgana por el bien cuidado asfalto. A sus espaldas había quedado Annemasse. Frente a ellos tenía que aparecer Le Saunier. Un pequeño grupo de fugados, entre los que figuraba el granadino Mercado, que luego ganaría, contaban con la complacencia de todos. Ni un solo gesto de nerviosismo en Armstrong. Ni una sola seña suya. Cualquier indicación por su parte hubiera bastado para que el US Postal, su espléndido equipo, moviera las piernas con más énfasis, hasta que los humildes fugados quedaran deglutidos por el anónimo embudo del pelotón.
Pero el dios Armstrong estaba actuando como un verdadero dios con los más débiles. Con ello acrecentaba su divinidad, multiplicaba su gloria. Además, se trataba de reservar los músculos para el día siguiente. Una dura y decisiva cronoescalada sentenciaba el Tour y lo auparía a un podio al que jamás había podido encaramarse ser humano alguno.
De pronto, como una flecha, sale disparado otro de los más humildes. También éste es un gregario. También éste se siente legitimado para unirse al grupo de cabeza que goza del privilegio de disputarse el triunfo del día. Pero el gran rey debe de dar su aquiescencia. Debe conceder su gracia. Y Armstrong se yergue sobre el sillín. Sus ojos centellean. Su cara enrojece. El que se escapa no es otro que Simeoni, aquel que ha formulado graves acusaciones contra su antiguo médico, Michel Ferrari. Dispensador de dopajes, poco más o menos lo ha llamado. Y Michel ha estado al lado del ídolo americano en los últimos tiempos, lo ha cuidado, ha sido su asesor físico, su preparador, su consejero deportivo. Lo ha sido todo para él. De alguna manera la acusación alcanza también al gran ciclista, pone en duda su asombrosa gesta, la mancha, escupe sobre ella. Armstrong reacciona al instante. No quiere ver frente a él la espalda de Simeoni. Su pedaleo se hace furioso. La caza ha comenzado.
Los seis fugados no dan crédito a sus ojos. Hasta ellos ha llegado el humilde gregario y la espléndida águila real. Con el pico señala ésta cuál es su presa. Con la mirada, la funde. Quiere a Simeoni. Si se le concede esa víctima, los demás podrán marchar en paz, enfilar el camino del efímero triunfo de una etapa. Armstrong no ha llegado para disputar pequeñas migajas que se desprenden de un mantel que es completamente suyo. Quiere al que ha levantado su dedo acusador sobre un amigo, sobre un casi padre. A ése no lo perdona, a ése no le aplica la magnánima lluvia benéfica que concede a los demás. Y Simeoni claudica. Afloja los músculos, desiste de pedalear con fuerza. ¿Qué puede una paloma frente a la picuda presencia del águila dominadora?
Los seis fugados siguen pedaleando con la esperanza de ganar una corona en Le Saunier. Atrás van quedando Armstrong y su presa, el atribulado y entristecido Simeoni, resignado ya a diluirse en esa especie de agujero negro que es el pelotón. Mientras el reencuentro con el gran grupo se produce, el dios único de este Tour 2004 se complace con su gesta, se reconforta con la cabeza de su víctima entre las manos. Ha quedado suficientemente probado que en el mundo del ciclismo nada se mueve sin la autorización de quien es el auténtico rey. Y hoy por hoy, ese rey se llama Lance Armstrong.
La de Simeoni no es la única voz que se ha levantado en torno al doping que merodea por los alrededores del ciclista americano. Un antiguo médico del US Postal llamado Prontice Steffen realizó unas comprometidas declaraciones, afirmando que su salida del equipo obedeció a su negativa a proporcionarles sustancias dopantes a los ciclistas que se lo solicitaban. Tampoco en esta ocasión hay una imputación directa sobre Lance Armstrong y todo puede parecer la acusación vertida por un profesional rencoroso y dolorido tras su despedida del equipo, con ganas de tomarse algún tipo de venganza.
Pero lo que ha enfadado sobremanera al campeonísimo americano ha sido la aparición de un libro que lo toma a él como objeto de observación y lo recorre milímetro a milímetro, como ser humano y como deportista. Se trata de “L.A. Confidential, los secretos de Lance Armstrong”. En este libro, Pierre Ballester y David Walsh invocan de nuevo al fantasma del doping y lo arrojan sobre la imagen del ciclista más portentoso que ha dado la historia de la humanidad.
Tantas implicaciones, tantas veladas acusaciones, tantas insinuaciones -veleidosas o no; insidiosas o no- lanzadas contra quien ocupa hoy el pináculo de la gloria, ¿conseguirán con ello embarrar los pies que más velozmente mueven unos pedales sobre la faz de la Tierra?
La duda sobrevuela en torno a un hombre al que idolatran millones de aficionados. Sus gestas asombran hasta el extremo de que las suspicacias brotan con la misma facilidad que lo hacen las setas. ¿Será Armstrong un portento natural o un ser corriente, incentivado por una química indetectable? ¿Será, en suma, un ídolo firmemente asentado sobre la base de un temperamento invencible o poseerá unos pies de barro que la justicia o la historia desvelarán algún día?.

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