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Lance Armstrong II: ¿Lívida estrella o espléndido cometa ascendente?

Lance Armstrong ha conseguido lo que ningún ser humano había logrado hasta ahora: ganar seis veces el Tour de Francia, la prueba ciclista más importante del mundo.

Sus recientes declaraciones -noviembre de 2004, al diario deportivo L’equip- cuestionan su participación en el Tour del año próximo y nos obligan a pensar que el ciclista americano ha puesto freno a su ambiciosa carrera. Pero, ¿realmente será así o de nuevo volverá a optar a lo más grande, a aquello que ni los más hermosos sueños se atreven a insinuar?

Cuando terminó, victorioso, su sexto Tour, Armstrong había prorrumpido, exultante y pletórico, que no podía vivir sin el Tour. Era toda una declaración de amor que hubiera resultado perfecta de no ser por la matización que hizo a continuación al señalar que ya tenía 33 años, que el tiempo no pasaba en vano y que también había otros objetivos profesionales que le tentaban.

Quien conozca a fondo a Lance Armstrong sabe que el Tour es par él, efectivamente, su vida entera. Vive para el Tour, piensa en el Tour, se obsesiona con el Tour… Y estaría dispuesto a dejarse la piel a tiras por el Tour. Los demás objetivos señalados por el ciclista son pequeños luceros, insignificantes chispas de fuegos fatuos en ese luminoso cielo en el que sólo hay un rey: el Tour. ¿Es, pues, mera palabrería la que emplea Armstrong cuando realiza afirmaciones que ponen en entredicho lo que realmente siente en su corazón?

La intencionalidad de estas declaraciones se halla agazapada en los repliegues de su hermético cerebro. Ni sus más allegados colaboradores podrían descifrarnos sus palabras. Pero existen una serie de indicios que nos permiten adentrarnos en su cabeza y tratar de desmenuzar las piezas del complejo puzle de su pensamiento.

¿Qué nos puede hacer pensar que Armstrong clausurará su participación en nuevas ediciones de la prueba francesa?

En primer lugar, así lo ha dejado entrever el propio ciclista en una declaraciones formuladas al diario L’equip en noviembre del 2004: “Honestamente, no sé si estaré en el próximo Tour. Hay muchas otras cosas que me gustaría hacer en el mundo de la bicicleta antes de retirarme. He entrado en la historia del Tour y ahora es el momento de hacer otras cosas”. Es cierto que Armstrong siempre tiene que torcer el gesto y mirar a otra parte cuando se le recuerda que los grandes ciclistas de la historia -Anquetil, Merckx, Hinault e Indurain- ostentaban otros títulos además de ganadores del Tour. El Giro de Italia, La Vuelta a España, el Récord de la Hora y una serie de Pruebas Clásicas no figuran en el Curriculum de Armstrong, cosa que le arranca alguna que otra lágrima. Pero nadie duda que todas estas pruebas juntas las cambiaría el norteamericano por el Tour número 7.

Por otra parte, podría considerarse el impacto que hayan podido causar en su ánimo las amenazas recibidas cuando la última ronda francesa se hallaba en pleno desarrollo. Jean Marie Leblanc, patrón del Tour, así lo atestiguó, declarando, además, que Lance había sido objeto de vigilancia a cargo de agentes especiales que no lo perdían de vista desde motos y coches. Aún así, para todo buen seguidor de la ronda francesa no escapa el riesgo que entraña correr miles de kilómetros, orlado en ambos flancos por un público enfervorizado no sólo de amor hacia el ídolo, sino con frecuencia henchido de odio y de todo tipo de fobias que se concretan en insultos, en frases soeces, en provocaciones de la más diversa índole y, en fin, en amenazas. Armstrong ha personalizado el derrumbamiento de la hegemonía ciclista europea, tras Indurain y los que se pensaba que iban a sucederle: Pantani y el alemán Ullrich. Y el aficionado del viejo continente no se lo perdona. Lo sitúa en ese lado del corazón donde normalmente se instala a los enemigos a batir, al extraño a quien humillar. Ese aficionado no tolera con mansedumbre y resignación que, contrariamente a lo que señalan sus deseos, el gran humillador de los corredorcillos europeos sea alguien venido de allende los mares. Por eso, siempre mantiene viva la esperanza de que ese ser omnipotente e imbatible se derrumbe algún día de su sillín y que el estrépito de la caída acongoje y disuada a quien se viera tentado de repetir una gesta semejante. Aún así, Armstrong no teme al aficionado europeo, asentado en una sociedad próspera y que no va más allá del insulto anónimo o del desplante vistoso. Piensa que de ese lado no le puede venir el susto irremediable o el golpe definitivo. Armstrong sabe que el acero brilla en el puño crispado del radical islámico. A esto sí que le teme. El ciclista corre ciegamente a escasos centímetros de miles de aficionados apostados en la calzada, invadiéndola, obligándolo a zigzaguear incesantemente; sintiendo a cada instante sobre su rostro el aliento de alguien que grita; sobre su espalda, las manos que le arrastran o que le sostienen. En fin, que en el Tour, el contacto del aficionado es casi constante y la posibilidad de prevenir los riesgos, casi inexistente. En estos tiempos de fanáticas reacciones, Armstrong puede muy bien pensar que el Tour ya ha terminado para él y que la hora de otro tipo de gestas más controladas ha sonado en su particular reloj profesional.

Un aspecto más que puede apartar al genial deportista de las carreteras galas lo puede representar su avanzada edad -33 años- que ya roza el límite en el que se inicia el declive. Armstrong es un hombre que, entre muchos defectos, atesora una gran virtud: supervisa personalmente todos los detalles que envuelven el Tour en el que participa. Todos los detalles significa todos, hasta los más nimios y vulgares que podría delegar en algún empleado de su equipo. El desgaste, consecuentemente, es grandísimo y el estrés en el que se envuelve raya a gran altura. Armstrong es un corredor cuyo temperamento le permite desenvolverse con soltura en esa especie de clima tenso. Se crece como un gigante cuando las dificultades se le acumulan y en tales circunstancias obtiene resultados óptimos. Pero él es consciente de que las cosas tienen un límite. Su portentosa naturaleza física presenta un talón de Aquiles. Armstrong ha tenido que superar doce tumores en los pulmones, dos en el cerebro y otro en un testículo. El hilo no se puede tensar más. Las plantas de sus pies han de aliviar la presión que ejercen sobre los pedales. Sus 33 años y el calvario que tuvo que superar en su día para recuperar la salud le piden a gritos que se detenga en esa loca carrera hacia lo sublime. ¿Oirá Armstrong esos gritos?

Una cosa hay en todo este asunto que resulta cierta. Armstrong es un hombre de ideas fijas. Además, no improvisa. Lo que ha de ser de su vida como ciclista durante el año 2005 se halla escrito en un sólo lugar de este planeta: la propia cabeza del ciclista. Se puede especular sobre su participación en tal o cual prueba; se puede apostar sobre sus intenciones o sobre sus sueños; incluso se puede aventurar cualquier teoría sobre este hombre. Pero lo que nunca se puede poner en duda es que el Tour de Francia es toda su vida y que por ganar su séptimo maillot amarillo Armstrong lo daría todo sin que el pulso le temblase.

El gran tema de debate ciclista del momento estriba en saber si Lance Armstrong, tras su 6º Tour, se comportará como una lívida estrella que presagia su desaparición o como un hermoso y esplendente cometa de larga cola que apunta con su cabeza hacia un infinito sin límites.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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