La sentencia fue la mayor que Iam Huntley pudo recibir: dos cadenas perpetuas por el asesinato de las niñas Jessica Chapman y Holly Wells.
Aunque se declaró responsable de la muerte de ambas, no aceptó haberlas asesinado y mantuvo una versión de los hechos que nunca creyeron ni el jurado ni la expectante opinión pública de todo el mundo. Desde la cárcel de Wakefield, asustado por las amenazas de muerte recibidas, ha decidido por fin desvelar el enigma sobre lo que realmente ocurrió aquel fatídico 4 de agosto del pasado año 2002. Pero, ¿serán ciertas sus palabras?
Jessica y Holly, dos amigas de diez años de edad, desaparecieron en la tranquila aldea de Soham una tarde de domingo mientras paseaban. Sus cuerpos aparecieron semienterrados dos semanas después, en un bosque cercano. Una vez halladas, fueron necesarias varias semanas más para dar con la identidad del que pronto será considerado culpable de doble asesinato en el juicio por la muerte de las niñas, celebrado en el tribunal Old Bailey de Londres. Desde que desaparecieron las muchachas, la colaboración por parte de los medios de comunicación de todo el mundo fue muy intensa. Prensa y televisiones difundieron las fotos de sus alegres caritas y realizaron un tratamiento informativo constante, llamando a la participación ciudadana. A ello se le sumó un gran despliegue de recursos policiales, que no lograron resultados satisfactorios hasta transcurridas largas semanas de complejas investigaciones.
Por fin, el conserje de un centro de formación secundaria de la localidad, novio de la maestra de las niñas, era detenido como presunto asesino. Después de los infructuosos intentos de la pareja por pasar desapercibida, la policía logró reunir suficientes pruebas que relacionaban a Iam Huntley con el trágico suceso. Muchas incógnitas, se pensaba, serían ahora desveladas con las declaraciones del acusado. Toda Inglaterra estaba expectante, conmovida por el triste final de las dos inocentes niñas. Y también buena parte del mundo que, atónita, había seguido el caso a través de los medios de comunicación. La ciudadanía quería, necesitaba saber más detalles sobre lo sucedido.
La enorme expectación generada por el tratamiento informativo del caso hizo que, aún después de ser encontradas sin vida, no decayera ni un ápice el interés por la noticia, sino todo lo contrario. Ahora lo importante era saber qué sucedió realmente. Qué llevó a Huntley a matarlas, cuánto tuvieron que sufrir esas niñas en manos de su asesino. Un asesino que, para mayor desconcierto, vivía camuflado bajo una aparente normalidad, que desempeñaba un trabajo -el de conserje- que debiera haber garantizado una aptitud para el trato con menores.
La opinión pública, pero sobre todo los padres de las víctimas, necesitaban escuchar el relato de lo acontecido. Por tremendo que fuera, siempre sería preferible al insoportable peso de la incertidumbre. Sin embargo, la duda permanecerá mucho más tiempo de lo que nadie esperaba. Iam Huntley, el único que podía desvelar la incógnita, el único que restaba vivo de los tres presentes en aquella tragedia, escondió la verdad sobre lo ocurrido como su secreto mejor guardado y en ningún momento -ni en declaraciones previas ni durante el juicio- desveló el móvil del crimen ni realizó una descripción de los hechos convincente a ojos del jurado. El acusado adoptó una actitud que empeoró todavía más su ya de por sí delicada situación judicial, negando la evidencia de forma sistemática, defendiendo su inocencia con una versión de los hechos que atribuía la muerte de las niñas a un gigantesco e inverosímil cúmulo de infortunios. La casualidad, una inesperada fatalidad era, en su opinión, el único culpable del trágico desenlace. El testimonio de Huntley rechazaba la tesis de un malogrado plan de abuso sexual, que sin embargo compartían tanto la fiscalía como los especialistas policiales. En todo momento, Huntley pretendió, en vano, imponer una tesis con verosimilitud comparable a la de la cuadratura del círculo, insistiendo en una historia que lo mantenía inmaculado de albergar malas intenciones hacia las niñas.
Como máxima confesión, Huntley reconoció ser el responsable de la muerte de ambas, pero negó haberlas asesinado. Por contra, aseguró que murieron accidentalmente. Holly lo hizo al caer a la bañera llena de agua en la que el conserje tenía previsto bañarse justo antes de que las niñas llamaran al timbre de la casa. Poco después, así lo contó durante el juicio, Jessica dejó de respirar mientras él le tapaba la boca para sofocar sus gritos.
Durante el juicio salieron a la luz datos significativos sobre la personalidad de Huntley, especialmente los relativos a un pasado problemático que éste ocultaba. Fruto de intensas investigaciones, los detectives descubrieron la peliaguda biografía de Huntley, cuajada de problemas psicológicos, relaciones sentimentales tormentosas y acusaciones por agresiones sexuales a menores. A su vez, averiguaron que utilizó nombres falsos para lograr su actual trabajo de conserje en Soham, lugar al que llegó con su novia pocos meses atrás.
La mentira era una constante en Huntley, que consiguió retrasar su detención poniendo en práctica un calculado y frío plan, a juicio de los expertos, típico de una personalidad psicopática. Además de convencer a su novia para que lo encubriera, se convirtió en actor de otro Huntley muy distinto, ahora un perfecto ciudadano modelo, muy preocupado por la misteriosa desaparición de las muchachas. Siguiendo con su maquinación, el conserje se esforzó hasta la extenuación en una meticulosa labor de limpieza para el ocultamiento de pruebas y tampoco tuvo reparo en desarrollar su pensado papel teatral frente a las cámaras de televisión, llamando a la calma y a la esperanza con un rostro abatido por una pena tan fingida como convincente. No fue hasta ser señalado por un gran número de pruebas cuando admitió que las niñas sí estuvieron en su casa y que su novia no estaba en ella, contrariamente a lo que en un principio declararon ambos.
Pero, aún después del juicio, con el culpable entre rejas cumpliendo una doble cadena perpetua, las indagaciones policiales han quedado incompletas. La policía no pudo establecer nada seguro más allá del cuándo, del dónde y del quién lo hizo. Todo lo demás no pasó de ser una simple conjetura. Huntley, el único que sabía la verdad sobre lo ocurrido, no permitió que la concienzuda labor policial pudiera reconstruir la sucesión de hechos que desembocaron en la muerte de las pequeñas. Así, una parte del puzzle no pudo completarse, constituyendo un oscuro misterio al que se hizo alusión en repetidas ocasiones durante el juicio.
El juez Moses no dudó en mostrar su total desacuerdo con la versión de los hechos de Huntley, con la que éste pretendía evitar una condena por asesinato. Su señoría, desde el estrado, se dirigió al conserje, espetándole sin ambages: “Hay pocos crímenes peores que su asesinato a esas dos niñas. Usted las asesinó a las dos. Y es usted quien sabe por qué lo hizo.” Por su parte, en rueda de prensa, el padre de Jessica manifestó su deseo de que algún día Huntley tuviera el valor de contar en público todo lo que sucedió el día que las niñas murieron. También se pronunció en el mismo sentido Chris Stevenson, el policía que dirigió la búsqueda tras la desaparición de las muchachas. Stevenson dijo confiar en que el conserje demuestre algún día un ápice de humanidad y revele “por qué hizo lo que hizo esa terrible tarde de agosto”.
Ese día podría haber llegado. El puzzle de los hechos podría haber dejado de tener perdidas la mayor parte de sus piezas. Numerosos interrogantes podrían haber sido respondidos ya. Desde la cárcel, Huntley se ha decidido a hablar. Temeroso de que las amenazas de muerte que recibe de otros presos se hagan realidad, y a la vez sabedor de la expectación que existe en torno a estas grandes incógnitas, quizás pretenda así congraciarse con la opinión pública y, por ende, con la comunidad de presos que lo tiene amedrentado. En estas circunstancias, se hace inevitable la siguiente pregunta: ¿Será verdad lo que cuenta Huntley bajo una presión tan importante o es precisamente esa presión la que garantiza la veracidad de su testimonio?
Si bien puede pensarse que contarlo ayudará emocionalmente a los padres de las niñas y satisfará la curiosidad de la indignada opinión pública, sin embargo, a la vez, el tenor de lo relatado, la intensidad de los actos despiadados que pudiera haber cometido podrían del mismo modo empeorar su imagen de asesino y perjudicarle en su difícil convivencia penitenciaria. Estas consideraciones, inevitablemente, hacen dudar de la veracidad de sus palabras e inclinan a pensar en un posible acomodo del discurso a lo socialmente aceptable, alejándolo de la verdad.
Según ha contado el progenitor de Huntley al diario inglés “The Mirror”, éste ha confesado algunos puntos importantes relativos al doble crimen. Lo ha hecho durante una visita de sus padres a la prisión, en la que admitió haber mentido en el juicio y les confesó haber asesinado a una de las niñas -Jessica- así como los detalles de cómo lo hizo.
Pero ¿qué ocurrió con la otra niña, qué pasó con Holly? Huntley ha de explicarlo todavía. Lo hará cuando los padres de la pequeña accedan a visitarlo a la cárcel. Mientras, el testimonio de los padres del preso sobre la última versión de su hijo está siendo investigado por la policía.
Al margen de lo que Huntley haya confesado o de lo que confiese en el futuro, sea el que fuere el contenido de las respuestas que proporcione a la policía para cerrar por fin el caso, nada podrá evitar que dos preguntas sigan suspendidas en el aire: ¿Habrá dicho la verdad? Y, sobre todo, aún después de conocer por qué lo hizo, seguramente nos asaltará de nuevo la inevitable duda, y volveremos a preguntarnos una y mil veces por qué lo hizo, en un eterno preguntarnos.

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