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Los asesinatos de Soham II: Una larga espera

Una tarde de domingo, dos niñas decidieron ir a comprar golosinas. Nada hacía presagiar que ambas morirían a los pocos minutos de salir a la calle.

¿Qué pudo pasarles a estas niñas en Soham, una tranquila aldea del este de Inglaterra?

Era el 4 de agosto del 2002. Holly Wells y Jessica Chapman, dos amigas de diez años de edad pasaban el día juntas en casa de la primera. Después de una barbacoa familiar, decidieron salir a comprar golosinas, una decisión que acabó en terrible tragedia. Inesperadamente, aquella tarde de domingo se convirtió en el principio de una truculenta historia de desaparición y misterio, con un trágico final que conmocionó a toda Inglaterra. La salida en busca de golosinas fue lo último que se supo de las dos niñas antes de desaparecer de forma realmente extraña en la apacible Soham, una pequeña aldea de Cambridgeshire. Nadie hubiera podido ni siquiera sospechar que la muerte estaba esperándolas a menos de diez minutos, en una casa cercana. Nada ni nadie pudo impedir que las dos pequeñas sufrieran una muerte violenta mientras salían a pasear ataviadas con las vistosas camisetas rojas del club de fútbol “Manchester United”, con el número y el nombre de su adorado Beckham grabado en sus espaldas.

La desaparición de las niñas centró el interés de la opinión pública durante casi dos semanas, en una de las mayores operaciones de búsqueda de la historia británica. La fotografía de su imagen dió la vuelta al mundo. Los medios de comunicación difundieron las caritas dulces y sonrientes de las dos niñas con sus camisetas de fútbol encarnadas. Se desconocía cómo habían podido desaparecer sin dejar ni rastro, aunque no era demasiado difícil imaginar lo que más tarde sucedió.

El enigma sobre el paradero y violenta muerte de las pequeñas tardará doce días en desvelarse, cuando los cuerpos sin vida aparezcan semienterrados en un bosque cercano a Soham, junto a la base aérea de Lakenhealthel. Descubrir al responsable de aquellas muertes, sin embargo, se hará esperar bastante más tiempo.
Durante los tensos días de incertidumbre, sólo una persona -que sorprendentemente participó en la búsqueda y mostró ante las televisiones su extrañeza por el suceso, que incluso hizo declaraciones consternado por lo ocurrido- conocía la identidad del asesino, sabía hasta el más mínimo detalle de lo sucedido. No necesitó que nadie se lo contara. Ella misma fue testigo presencial del doble crimen porque… había sido la autora. Pero, ¿Quién era esa persona, por qué la policía no conseguía relacionarla con los hechos cuando estaba allí, delante de sus propios ojos? ¿Qué le permitió zafarse de una detención inmediata?

Hasta desvelarse la identidad de esta misteriosa persona, el pueblo de Soham vivió una larga espera. A pesar de los numerosos recursos policiales desplegados para la resolución del caso, nadie era apresado. Finalmente, las sospechas policiales señalaron a un hombre de 28 años. Se trataba de Ian Huntley, el conserje del centro de formación secundaria de la localidad. Su novia, con la que convivía en la casa en la que fueron asesinadas las dos colegialas, era Maxine Carr, una joven de 26 años que había sido profesora en la escuela primaria “St. Andrew”, lugar en el que estableció lazos afectivos con ellas. Le tomaron mucho cariño, sobre todo Jessica. Con lágrimas en los ojos, la niña le regaló una tarjeta de despedida y algunos caramelos al saber que el trabajo temporal de Carr en el colegio tocaba a su fin.

Cuando Jessica y Holly murieron, Carr estaba a más de cien kilómetros de Soham, pasando el fin de semana con su madre, en Grimsby. Sin embargo, mintió en sus declaraciones a la policía y a los medios de comunicación. En testimonios realizados durante el juicio, Carr intentó justificar sus mentiras aludiendo al temor que Huntley sentía de poder captar la atención policial en el caso de las niñas por una acusación de violación que tuvo que soportar hacía tres años. Ella, creyéndolo inocente, decidió apoyarlo. A su vez, Carr explicó que tampoco podía aceptar la idea de que su novio las hubiera matado. También después de reconocer haber encubierto a Huntley, Carr afirmó que éste la llamó por teléfono a Grimsby, contándole que las niñas habían llamado a la puerta porque a una de ellas le sangraba la nariz, y jurándole que ambas abandonaron la casa por su propio pie antes de perderse. Luego le pidió una coartada, que declarara haber estado en el baño del piso de arriba de la casa cuando hicieron sonar el timbre. Ella cedió a la petición de su asustado novio, repitiendo siempre las mismas falsedades cuando detectives o periodistas le hacían preguntas. Muy enamorada, no era la primera vez que creía en él con fe ciega y lo encubría. También lo hizo aquella vez que fue acusado de violación.

Por su parte, siguiendo con la mentira que había contado a su novia por teléfono, Huntley explicó a los medios de comunicación que las niñas habían salido de la casa vivas y en perfecto estado. Y en los siguientes días realizó declaraciones a la prensa en las que decía confiar en encontrarlas con vida: “Mientras no haya noticias, quedará una luz tenue de esperanza a la que, pienso, todos nos aferramos.”, recitaba casi de memoria con un rostro compungido frente a las cámaras.
Huntley intentaba, de este modo frío y calculador -psicopático, a juicio de psiquiatras expertos que lo han analizado- hacerse pasar por un buen ciudadano. Además de ser considerado alguien completamente normal por los vecinos, al igual que su novia, la profesión de conserje de un centro educativo -supuestamente acostumbrado y apto para tratar con niños- le ayudó a pasar desapercibido a ojos de la policía, que en los primeros momentos de la investigación no reparó especialmente en él. Pero, sobre todo, fueron las declaraciones de su compañera sentimental las que lo protegieron de ser apresado desde el principio. Afirmando estar con él a la hora de los asesinatos, Carr impidió que la policía estableciera rápidamente quién era el presunto asesino.

Maxine Carr no era la asesina de las niñas. En el juicio ni siquiera será condenada por complicidad, pero sí por obstaculizar las investigaciones. Su único crimen fue mentir por amor, una mentira que prolongó la agonía de Soham durante dos interminables semanas, transcurridas las cuales nuevas evidencias convencieron a la policía de haber encontrado al asesino en la persona de Huntley.

La detención de los dos novios abortó la inminente fuga que tenían planeada. Cuatro días antes de los apresamientos, efectuados el día 17 de agosto, la maestra había sustraido importantes cantidades de dinero para una huída juntos. Pero el plan resultó fallido. También tuvo un efecto boomerang la estrategia de realizar declaraciones compungidas frente a las cámaras. El efecto inesperado que éstas produjeron en la audiencia hizo que las investigaciones se centraran en ellos. Por un lado, fueron numerosas las llamadas de televidentes que alertaron a la policía de algunas agresiones sexuales que el conserje había cometido en Grimsby, su antiguo lugar de residencia. Por otro lado, hubo gente que aseguró haberla visto a ella en clubs nocturnos de esta localidad el fin de semana que supuestamente estaba con Huntley en Soham. Además de estas circunstancias, las investigaciones encontraron pruebas concretas que relacionaban a Huntley con el terrible suceso. Las evidencias clave que condujeron a la detención de Huntley fueron, principalmente, la falsificación de la matrícula del coche en el que trasladó a las víctimas, cuyas ruedas en perfecto estado-sus marcas coincidieron con las encontradas en el lugar del enterramiento- cambió al día siguiente de su desaparición; cabellos suyos encontrado en los cadáveres; y los restos de la ropa de las niñas, que aparecieron cortadas y hechas girones dentro de un cubo de basura del colegio, con huellas digitales y un filamento del pelo de Huntley. Además, fue decisivo el hallazgo de los restos de un tipo de fósforo entre las fibras de las ropas quemadas, encontrado luego otro coincidente tanto en la ropa como en el hogar del conserje. Sin embargo, y a pesar de que su vivienda fue cerrada y acordonada para la indagación de pruebas, no se encontró el más mínimo rastro de ADN de las niñas. Una posterior limpieza a fondo podría ser la explicación a esta extraña ausencia.

El juicio se celebró meses después del suceso, durante seis semanas, en el tribunal Old Bailey de Londres. Los abogados defensores de Ian y Maxine, Stephen Coward y Michael Hubbard respectivamente, lucharon hasta el final para lograr un veredicto lo más suave posible para sus dos representados. Coward, que pidió que Huntley fuera declarado culpable de homicidio involuntario, basó su defensa en una inverosímil versión de los hechos que no logró convencer al jurado. Según declaró Huntley después de conocer las pruebas que lo inculpaban, las niñas murieron en su casa de forma accidental, pero negó haberlas matado. El conserje aseguró que no abusó sexualmente de ellas. El peregrino relato de los hechos que expuso en la Corte atribuía a un tremendo cúmulo de infortunios la muerte de las muchachas. Declaró que Holly sufrió una hemorragia en la nariz, por lo que los tres fueron al cuarto de baño con la intención de curarla. Una vez en él, ésta murió al caer dentro de la bañera llena de agua y Jessica se desplomó cuando él le puso la mano sobre la boca para que dejara de gritar. En pocos minutos, las dos niñas estaban muertas y -siempre según la versión del acusado- después de sentirse aterrado “por lo que la gente podría pensar” sobre lo sucedido, trasladó sus cuerpos en su coche hasta un lugar apartado para deshacerse de ellos. Huntley admitió haber intentado destruir las pruebas cortando sus ropas y prendiéndoles fuego.

Sin embargo, el fiscal Richard Latham rebatió a Huntley con una elocuente frase dirigida al jurado: “Las niñas de diez años no caen muertas sin ninguna causa.” A lo largo del juicio, la fiscalía hizo girar su exposición en torno a la misma hipótesis que barajaban los agentes de la Scotland Yard encargados del caso. Ambos atribuían el asesinato de las niñas a un malogrado abuso sexual por parte del acusado, que habría llevado a las niñas hasta su casa aprovechando la buena relación que tenían con su novia.
Del mismo modo, en el juicio se expusieron detalles descubiertos durante la investigación policial. En concreto, informaciones decisivas sobre la pareja que, así se expuso a los miembros del jurado, demostraban que no eran los vecinos ejemplares que todo el mundo creía. Por contra, ambos ocultaron numerosos problemas psiquiátricos, arrestos por agresiones infantiles, alcoholismo y falsificación de sus nombres para lograr trabajo y aceptación al llegar a Soham, meses antes del trágico suceso.

Maxine Carr no dudó en reconocer como culpable del crimen a su ex novio. En sus declaraciones, además de intentar justificar su inicial actitud encubridora, se ocupó de desvincularse de lo ocurrido con las niñas, calificando a Ian como “esa cosa” y acusándolo de haberla dominado en una difícil y dura relación de pareja.
El jurado, compuesto por doce personas, absolvió a Maxine Carr en relación al cargo de complicidad pero la declaró culpable de obstrucción a la labor de la justicia, con una sentencia de tres años y medio de prisión. Para Huntley, único acusado por el doble asesinato, el veredicto fue de culpabilidad por una mayoría de once votos a favor y uno en contra. Con ello, el jurado rechazaba la petición de homicidio involuntario realizada por su abogado defensor. Momentos después, el juez Moses lo condenó a dos sentencias de cadena perpetua, la máxima pena que podía recibir. Carr escuchó con los ojos clavados en el suelo, mientras Huntley no daba muestras de ninguna emoción.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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1 comentario en Los asesinatos de Soham II: Una larga espera

  1. Es un maldito crimen de inocentes niñas. A ese asesino debería caerle toda la fuerza de ley y que jamás salga de la cárcel.

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