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Puerto Hurraco: Tragedia en tres actos. Primer acto

Esta es una historia de amores despechados, de enemistades y venganzas, de odios, de rencores y de muertes. Esta es una historia que sacudió Puerto Hurraco hasta el fondo, arrancándole todos los lamentos y todas las angustias que yacían en el fondo de los corazones de sus gentes.

Los Pataspelás y los Amadeos se hallaban ensartados por unas desavenencias que habían acabado en tragedias. Puerto Hurraco, una pedanía pacense de apenas 180 habitantes, ya se había conmocionado cuando en 1967 Jerónimo Izquierdo, un Pataspelás, había llevado su navaja hasta las entrañas de Amadeo Cabanillas, un Amadeo que había osado colocar su arado sobre unas tierras que se disputaban ambas familias. La navaja no había buscado tan solo al transgresor de una linde; había saldado las cuentas sobre un abandono. Amadeo Cabanillas estuvo a punto de casarse con Luciana Izquierdo, hermana de Jerónimo, pero en el último momento se echó atrás y dejó a la novia con su vestido blanco colgado de una percha y el odio más contumaz y siniestro hirviendo allá donde se generan las más atávicas reacciones humanas.

En la España rural de los años 60, las afrentas inferidas a las mujeres las lavaban los hombres de la casa. Jerónimo era el hombre desde que los Izquierdos se habían quedado sin padre. A él le correspondía enfrentarse al despreciable ser que había escupido sobre la cara de su hermana. El odio de ésta mantiene en alto el acero que esgrime el más aguerrido y feroz de los Izquierdo. La tierra, la posesión de un pedazo de tierra yerma, es el pretexto. Amadeo Cabanillas debe morir por el desprecio volcado sobre la rencorosa Luciana. El sol tiñe de rojo el cielo de un día de enero de 1967. La sangre del ingrato amante también tiñe de rojo la tierra estéril que ha contemplado el absurdo crimen.

Jerónimo es juzgado e ingresa en la cárcel. Ya no regresará a Puerto Hurraco hasta 1984, en unas circunstancias igualmente dramáticas en las que también correrá la sangre de un Amadeo.

Los Pataspelás viven en Monterrubio, una población a poco más de una decena de kilómetros de Puerto Hurraco. Son Luciana, Ángela, Emilio y Antonio. Jerónimo, tras salir de la cárcel, deambula por Barcelona. Isabel, la madre de todos ellos, no ha querido abandonar Puerto Hurraco, su pueblo, en el que quiere vivir y en el que quiere morir. Vive sola, en la casa que siempre ha sido de los Izquierdo, enclavada en la calle Carrera, puesto que en la aldea no hay otra. Al otro extremo de la calle viven los Cabanillas, aquellos con los que un día, que cada vez va quedando más lejano, hubo de todo. Los años pasan. Los recuerdos van cubriéndose con esa niebla que brota de la resignación y de la irreversibilidad de los hechos consumados.

De pronto, las llamas de la disputay del odio reaparecen al conjuro de un voraz incendio que destruye la vivienda de la madre de los Izquierdo y acaba con su vida. Las indagaciones demuestran que la casa ha sido rociada con gasolina para que arda con mayor virulencia. Es unfuego intencionado; ha habido una mano criminal.

Las viejas querellas se reavivan. Los Izquierdo enloquecen de ira. Es la manada que se desespera pensando que se trata de un ajuste de cuentas. Son unas cuentas que permanecían muertas en un pasado que se asemejaba más a una pesadilla que a la realidad. Pero los viejos fantasmas se han levantado. Y lo han hecho contra una pobre anciana que dormía desprotegida en esa vetusta cama donde uno a uno habían ido naciendo los seis Izquierdo.

Ante este atroz acto, Luciana advierte cómo se despiertan en medio de su pecho todos los odios contra los Cabanillas, contra los Amadeos. ¿Quiénes sino ellos han provocado el fuego? ¿Quiénes sino los antiguos enemigos son capaces de cebarse con una anciana desprotegida?

Luciana les habla a sus hermanos Emilio y Antonio. Sobre todo le sorbe los sesos al primero de ellos. Es más como ella. Le hierve la sangre como a ella. Sus ojos centellean cuando rememora a la madre o cuando imagina a los Cabanillas satisfechos por su tardía venganza. Ahora que Jerónimo no está, Luciana le recuerda a Emilio que él es el hombre de la casa, que a él le toca dar cumplida réplica… La otra hermana, Ángela, asiente. Esta habla menos, es menos fogosa, pero arropa a su hermana con una gran obstinación. Ella también se erige como sacerdotisa del altar donde se custodia el fuego de un odio eterno, de un fuego devorador que inevitablemente debe conducir a la tragedia. Pero ocurre algo que deja a Emilio en un segundo plano.

El regreso de Jerónimo hace enmudecer a Luciana. Sabe que el silencio enloquece más a un hombre desesperado que la más encendida de las arengas. Jerónimo hunde la mirada en el suelo; sus pensamientos lo arrastran hacia la pendiente del crimen. Sus manos, crispadas e inquietas, aprietan una navaja bien templada. Han pasado 17 años desde que un Cabanillas se dobló ante otra navaja igual que ésta. La muerte de su madre exige que se reedite aquel viejo crimen. Otro Cabanillas debe seguir la senda por donde se fue el primero. Jerónimo ha elegido ya a su víctima. Será Antonio Cabanillas, hermano de aquél que ya mató tiempo atrás. Y tal como lo piensa trata de hacerlo. Sorprende a su víctima y la acuchilla repetidamente. Cuando lo deja está convencido de que la vida ya no anida en el cuerpo que yace en el suelo. La venganza una vez más se ha cumplido; su madre puede descansar tranquila bajo la tierra del cementerio.

Pero Antonio Cabanillas, el acuchillado, se salva de milagro. Jerónimo acaba, finalmente, en el psiquiátrico de Mérida. Corre el mes de agosto de 1986. Nueve días después de su ingreso, sufre un infarto y muere.

Los Izquierdo se desesperan. Los Pataspelás llevan contados dos muertos: la madre y Jerónimo, el mayor de los hermanos. Los Amadeos, en cambio, han perdido tan solo a uno, el antiguo novio de Luciana. El otro se ha salvado milagrosamente de la embestida furiosa de un Izquierdo enloquecido. En el corazón de Luciana reverdece el odio y los deseos de venganza que experimentó cuando la abandonó el hombre con el que había aprendido a soñar. Ella ya fue vengada. Pero su madre se pudre bajo el árido suelo sin haber hallado cumplido reparo. Luciana es obsesiva. No puede desprenderse de todo aquello que la reconcome por dentro. Emilio la oye. Su hermana golpea infatigablemente su cerebro con lo mismo; siempre con lo mismo: los Cabanillas son una mala hierba y las malas hierbas hay que arrancarlas. Emilio asiente; y lo mismo hace su hermano Antonio, el otro hombre de la casa, ése al que todos llaman el tuerto.

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...por Ana Sanel ...por Ana Sanel


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