El odio queda latente en el pecho de los Izquierdo. El tiempo crea una costra sobre unas brasas que permanecen vivas. La calma es engañosa y en cualquier momento puede comparecer la violencia más atávica, más irracional.
Ese momento llega el 26 de agosto de 1990. Es un domingo quieto. Las nubes sólo son manchas blancas rasgando la carne azul del cielo. Emilio ha sacado del armario su escopeta de caza. Con un paño la limpia incansablemente. No mira lo que hace. Su cabeza anda embarullada con una única obsesión: venganza. Su madre pide venganza asomada a esa inmensa ventana que representan los siete años que han transcurrido desde su muerte. Antonio, el otro hermano, también desempolva su arma. Ya son dos los que limpian sus armas, en silencio, con un extraño brillo en la mirada. Su hermana Luciana los mira hacer y calla. El tiempo de las palabras ha pasado. Ahora han de hablar las entrañas, las pasiones. Es el momento de los sacrificios. Por el cielo vuelan las tórtolas. Antonio levanta el cañón hacia ellas. También Emilio. Pero los cartuchos se quedan quietos en la recámara. No son esas las vÃctimas.
El sol declina tarde en los dÃas de agosto. Los dos hermanos Izquierdo conducen su Land Rover hacia Puerto Hurraco. Llegan sin que nadie los aviste, sin que nadie repare en ellos. Son las diez de la noche. A la luz de a luna reluce el metal de sus escopetas; pero también reluce como el acero la quieta mancha blanca de sus ojos abiertos. Puerto Hurraco sólo tiene una calle, una larga calle que enseguida va a convertirse en el más tétrico escenario que pueda uno imaginarse. Los dos hermanos se apostan muy cerca de la casa carbonizada donde su madre halló la muerte. Son unos experimentados cazadores; sobre todo Emilio, capaz de abatir lo que se proponga.Su blanco son los Cabanillas, cualquiera de ellos, todos si es posible. Desde las sombras atisban sombras. Pero Emilio tiene buena vista. Antonio, el tuerto, observa el rostro de su hermano. Sabe leer en él. Y ve que se le tensan los músculos. El cazador se enfrenta a su vÃctima. En mitad de la calle dos niñas se encuentran jugando. Una es Antonia; la otra es Encarnación. La primera tiene 14 años, dos más que su hermana. Ambas son Cabanillas. Juegan sin saber que dos cañones de fusil se hallan a punto de devorarlas. Los tiros suenan tan simultáneos que sólo se oye el bramido de uno. Las dos niñas caen fulminadas, asaetadas por una nube de perdigones llovidos inmisericordemente sobre ellas.
Hay gente que observa la escena. Araceli Murillo, sentada a la puerta de su casa como acostumbra en verano, no advierte nada sospechoso. Casi sonrÃe para sà misma ante lo que cree un inocente juego de niños. La pequeña estatura de los Izquierdo permite que se les confunda con mozalbetes jugando a dispararse en una guerra ficticia en la que las dos niñas pronto se cansarán de estar muertas y se levantarán entre risas y amplios revuelos de sus vestidos arrugados. Pero hay quien no confunde un tiro auténtico con cualquier otro sonido. Entre éstos se encuentra un hombre de 57 años que se halla en la taberna. Es Manuel Cabanillas; quien, como un resorte, se precipita hacia el exterior del establecimiento. Al ver a las dos niñas abatidas, el horror le desfigura el rostro. ¿Quién, quién ha podido…? Pero la muerte le acecha a él también. Los Izquierdo han vuelto a apretar los gatillos. Los estampidos se producen al mismo tiempo que la caÃda de Manuel Cabanillas. Tres vÃctimas son muchas vÃctimas para un pueblo tan pequeño como Puerto Hurraco. Quien piense que se trata de un inocente juego entre niños está muy equivocado. La sangre fulge ya, plateada a la luz de una luna que tan solo es cuarto creciente. Cuando el hijo de la última vÃctima, un joven de 25 años, llamado como su progenitor, recibe un tiro en la espalda, la mujer que se sienta a la puerta de su casa ya está persuadida de que un soplo funesto y trágico se halla cruzando la calle del pueblo. Ahora sabe que las niñas no se levantarán jamás del lugar donde han quedado derribadas; ahora sabe que aquellos pequeños granujillas que se movÃan a lo lejos entre las sombras simulando disparar, eran auténticos pistoleros venidos a Puerto Hurraco para sembrar la muerte allá donde sus ojos malignos se posasen.
Aunque todo lo que sabe Araceli Murillo en el último segundo de su vida no va a servirle para nada. Embravecidos por el olor de la pólvora que ha penetrado hasta sus raÃces más profundas, los Izquierdo disparan sin contemplaciones. De pronto todo Puerto Hurraco se ha convertido para ellos en el habitáculo de los Cabanillas. Quien mueve un dedo está muerto, puede darse por muerto. Cuando tiene esa certeza, Araceli trata de ganar desesperadamente la puerta de su casa. Sin embargo, ella será la próxima vÃctima. Los Izquierdo son infalibles con las escopetas. Por la mañana han estado apuntando a las tórtolas. Ahora disparan, se han encegado con el humo, con los estampidos, con la sangre, con la muerte… Pero lo que abaten no son tórtolas. Son seres humanos cuyo único error ha sido cruzarse en el caminode dos perturbados girando en el torbellino de la destrucción y del aniquilamiento indiscriminado.
Cuando cae Araceli Murillo todos los habitantes de Puerto Hurraco se persuaden de que los Izquierdo no van a hacer distinciones. Han venido a por todos y no cesarán en su empeño hasta verlo realizado. El pánico cunde. Cada cual reacciona según su temperamento. Hay quien se refugia en su casa, atrancando puertas y ventanas. Hay quien corre al teléfono y reclama la presencia de la Guardia Civil, ubicada en la cercana población de Monterrubio de la Serena. Otros, en fin, se precipitan hacia sus vehÃculos para escapar de una pesadilla que puede acabar con sus vidas. Estos últimos son los que se llevan la peor parte. Los Izquierdo, envalentonados, chulescamente, han abandonado su esquina sumida en la sombra, y recorren la calle de un lado a otro, apuntando ora aquÃ, ora allá, y tiroteando a quienes osan asomarse o correr en busca de refugio. Asà cae José Penco, el héroe de aquella fatÃdica hora, que se ha dedicado a socorrer a los heridos que llenan la calle, subiéndolos en su coche y trasladándolos al centro asistencial de Castuera. En una de esas idas y venidas, los dos asesinos se colocarán frente a su automóvil y le estrellarán contra el parabrisas todo el vómito de fuego que destilan sus armas.
Aquel rÃo de sangre provoca el pánico de Manuel y Reinaldo BenÃtez, quienes junto a Antonia Fernández, corren en busca de su coche. La mirada felina de Emilio los detectaen la huiday dispara frenéticamente. De los tres, van a morir el segundo de los hombres y la mujer. Manuel quedará gravemente herido en el interior del vehÃculo.
Es tal el frenesà de destrucción y de muerte en el que se hallan inmersos Emilio y Antonio Izquierdo que cuando llega una patrulla con dos agentes de la Guardia Civil, ambos se sitúan frente al automóvil y disparan enloquecidos, hiriendo de gravedad a los policÃas, antes incluso de que pongan un pie en el suelo.

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