¿Sherlock Holmes? ¿Y quién es Sherlock Holmes? Eso más o menos hubiera respondido Arthur Conan Doyle, su creador, si le hubiéramos preguntado por el detective inglés mientras inventaba la primera historia en la que aparecÃa el mundialmente famoso personaje.
Y es que Conan Doyle lo concibió con otro nombre. Para el escritor se llamaba Sherrinford y tal era el nombre con que lo presentó a los editores en su primer volumen. Pero estos repudiaron un vocablo tan dificultoso y poco atractivo y convencieron al autor escocés para que buscara otro más acorde con la universalidad del personaje, cosa que ya se adivinaba desde el principio.
En efecto, nada más nacer en el interior de las páginas de “Estudio en escarlata”, Holmes levantó su vuelo literario hasta cotas jamás alcanzada por personaje alguno de novelas policÃacas. Su figura es universalmente reconocida. Podemos verlo pasear entre las páginas de 60 historias, a cuál de ellas más admirable y espectacular. Personaje enjuto y de unos seis pies de altura, Holmes es inconfundible por su nariz aguileña, por su mirada inteligente, penetrante y afilada, por sus huesudas y finas manos, siempre manchadas de tinta y de restos quÃmicos de su época de técnico de laboratorio, y, sobre todo, por su capa, por su lupa y por su archifamosa pipa, no siempre encendida y humeante.
Sherlock Holmes, era, además, un individuo absorto en sus pensamientos y en sus pesquisas, cosa que le permitÃa permanecer largas horas ausente de cuanto lo rodeaba y que, con frecuencia, le granjeaba fama de altanero, orgulloso e inaccesible. En realidad, quien pudiera pensar de esta forma no andaba descaminado del todo. Un amigo suyo, Stamford, se refiere a él señalando que “… casi toca en la insensibilidad”. Su afán por experimentar le llevaba a realizar actos grotescos y de mal gusto, como armarse de un fuerte bastón y propinar con él golpes a los cadáveres del hospital en cuyo laboratorio trabajaba, con el propósito de averiguar qué tipo de hematomas se producÃan en el cuerpo cuando la sangre permanecÃa estancada y ya no circulaba libremente por su interior. DirÃase de Holmes que es casi lo que más se acerca a un ordenador moderno: razonamiento frÃo, inflexibles deducciones, implacables resultados… HabÃa otros aspectos que mejoraban esta impresión: era un excelente intérprete de violÃn y su educación rayaba en la más exquisita finura, muy al estilo inglés.
Por lo demás, y con el ánimo de completar su dibujo, Holmes era un apasionado y experto practicante de actividades tales como el boxeo, la lucha japonesa y el tiro con revólver. Sus condiciones fÃsicas naturales, muy fuerte y atlético, contribuÃan grandemente a que los resultados en estas actividades fueran sobresalientes. Estos datos nos han llegado a través de su inseparable y fiel amigo John Watson. Sherlock Holmes y John Watson se conocen a través de un amigo común. Ambos buscan una vivienda. Sherlock Holmes parece haberla encontrado ya y se la ofrece a su nuevo conocido, sin imaginarse que se lleva consigo al narrador de todas sus gestas, al notario de todas sus brillantes epopeyas policÃacas. El pisito les acomoda a los dos. Se trata de una vivienda dotada de dos dormitorios independientes y de una espaciosa estancia profusamente iluminada por dos amplios ventanales. Los muebles son sencillos pero confortables. En el interior de la casa se disfruta de una agradable y placentera atmósfera.
La dirección quedará grabada desde entonces en la memoria de cuantos siguen las peripecias del detective inglés: 221 B, de Baker Street. Manos nostálgicas y admirativas todavÃa le escriben a la universal pareja que habita esa casa alrededor de 40 cartas semanales.
Independientemente de la imagen que proyectaba a los demás, también serÃa interesante conocer qué opinión tenÃa el propio Sherlock Holmes sobre algunos aspectos de su misma persona. Cuando conoce a la Watson lo previene de lo siguiente:
“Hay ocasiones en que me gana la morriña y puedo pasar dÃas y dÃas aislado en mi interior sin relacionarme con quien tengo al lado. Si esto ocurre, el mejor método es dejarme en paz. La normalidad volverá poco a poco.”
Era notoria la tendencia de Sherlock Holmes para obsesionarse en el análisis de sus casos, siempre los más difÃciles y en los que habÃan fracasado las mentes más preclaras de la policÃa británica. Ocuparse de estos casos representaba para él un acicate, un reto necesario que ponÃa en marcha sus portentosas dotes deductivas. De todas formas, esos largos lapsos en los que parecÃa salir de sà mismo, ocultaban alguna razón misteriosa que finalmente Watson encontró.
¿Era esto una tendencia del investigador para evadirse del mundo del crimen y refugiarse en un mundo propio más acorde con algún género de espiritualidad o pensamiento filantrópico? ¿Era, acaso, la hondura de sus investigaciones, su compleja trama, lo que lo arrastraba fuera de sà mismo?
Tal vez la respuesta fuera más simple y Watson darÃa con ella: Sherlock Holmes era un asiduo consumidor de drogas, un cocainómano habitual, y, bajo sus efectos, quedaba flotando en no se sabe qué paraÃsos de muy difÃcil retorno. El caso es que ni para el mismo Arthur Conan Doyle, Holmes representaba un personaje digno de sobrevivir más allá de unas cuantas aventuras. Cansado de soportar su engreÃda presencia, el orgulloso desdén con que le hablaba a su fiel amigo Watson y, sobre todo, el mal ejemplo que le proporcionaba a la estricta sociedad victoriana, Conan Doyle planeó la muerte de Sherlock Holmes y la llevó a la práctica, a pesar de la obstinada resistencia que le opusieron los muchÃsimos admiradores del detective inglés. Situó a Sherlock Holmes en un escenario suizo repleto de precipicios y orlado de majestuosas cataratas, enzarzado en una lucha a muerte con su más poderoso enemigo, el profesor Moriarty. Ambos rivales se acometen con saña y perecen despeñados.
Pero para entonces, Sherlock Holmes ya habÃa ganado la categorÃa de los inmortales y, como tal, recuperará su derecho a la vida, no sólo en posteriores historias que el propio Conan Doyle se vio precisado a escribir, sino en todo el conjunto de imitadores y pseudocreadores que constantemente lo toman como protagonista y héroe de sus escritos. La supervivencia de Sherlock Holmes por encima de la voluntad de su creador se debe a que, indudablemente, posee unos valores que le confieren universalidad e intemporalidad. Está claro que esos valores son su sobresaliente capacidad deductiva y su razonamiento lógico, que lo convierten en un ser práctico, brillante y directo.
Al final, tal vez lo que más pueda servirnos para definir a Holmes sean las palabras de su entusiasta amigo Watson: “Me está pareciendo que tiene usted ojos en la parte posterior de su cabeza”.
Aunque lo que Holmes pudiera tener delante de sà no fuese más que una cafetera de plata, limpia y espléndidamente bruñida.

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Es el detective más famoso de todos. El pesonaje de Conan Doyle ha inspirado, e inspira, a miles de detectives que, a modo libro de Doyle, emulan el comportamiento sabio de Sherlock Holmes.