Fuese para acreditar su inocencia o fuese para acabar con toda la sarta de interpretaciones sobre lo sucedido en torno a la muerte de Kennedy, lo cierto es que el nuevo Presidente, Lyndon B. Jonson, ordenó que una Comisión investigara con minuciosidad los pormenores del caso y que los diese a conocer a la opinión pública en el más breve espacio de tiempo.
Al frente de esa Comisión situó a Earl Warren. ¿Pero quién era Earl Warren? Para los entendidos en temas jurídicos o en la vida política de los últimos decenios, ese personaje no era ningún desconocido. El californiano Warren había ocupado el cargo de gobernador de su estado entre los años 1942 y 1953. En el año 1948, siendo pues la máxima autoridad política del Estado de California, se había presentado como candidato a la Vicepresidencia de la nación por el Partido Republicano; pero no fue elegido y cuando concluyó su periodo como gobernador ocupó la más alta cumbre a la que puede aspirar un jurista: fue nombrado Presidente del Tribunal Supremo de EE.UU. Con una vida tan dilatada al servicio de la comunidad americana, y con jalones de semejante altura, Earl Warren se convirtió en la persona idónea para encabezar una Comisión que debía desenmascarar el turbio asesinato presidencial acaecido en Dallas.
La Comisión Warren contó con todos los medios a su alcance. Con todos, excepto con uno que tal vez mediatizó sus conclusiones de manera decisiva: el tiempo. Las elecciones presidenciales iban a celebrarse en noviembre de 1964; es decir, a menos de un año desde que se iniciaran las investigaciones. Y Lyndon B. Jonson deseaba a toda costa que esas elecciones se celebrasen tras una explicación lo suficientemente honesta y creíble sobre lo sucedido en Dallas para evitar que el fantasma de la duda y de las falsas interpretaciones pudiera arrojar también su papeleta en el interior de las urnas.
Las conclusiones de la Comisión Warren fueron las siguientes:
El Presidente JFK viajaba en el asiento trasero de una limusina descapotable al lado de la Primera Dama, su esposa Jacqueline. Los asientos delanteros iban ocupados por el gobernador de Texas, John Connally, y por su esposa Nellie. Eran poco más de las doce del mediodía y las calles de Dallas se hallaban concurridas por los curiosos que querían ver de cerca a los famosos inquilinos de la Casa Blanca. La limusina circulaba a una velocidad moderada. Kennedy necesitaba incrementar su prestigio en aquella zona del país y había dado órdenes muy estrictas para que los escoltas no rodeasen el vehículo, dificultando la visión de la gente.
Pero alguien tenía una atalaya de privilegio. Lee Harvey Oswald se hallaba apostado tras una ventana del 6º piso, en la esquina sudeste del Texas School Book Depository, un almacén de libros en el cual trabajaba desde hacía pocas semanas. Sus manos empuñaban una carabina Mannlicher Carcano de 6,5 mm de fabricación italiana. No era un rifle moderno como los que Oswald había tenido años atrás cuando se enroló en el Cuerpo de Marines de los EE.UU. Pero acoplándole una mira telescópica podía valer para la ocasión. El objetivo era muy simple: matar al Presidente. Estaba resueltamente decidido a cometer el crimen. Odiaba a Kennedy porque representaba el mundo capitalista, en oposición a un marxismo más igualitario en el que sí creía Oswald. Aquel Presidente, tan luminoso para las masas ignorantes, representaba el tenebrismo y la oscuridad para el mundo comunista. Castro se hallaba amenazado, Rusia intimidada y permanentemente fustigada. Él iba a poner remedio a aquella situación con su carabina Mannlicher Carcano; él y ese gatillo que a la menor presión iba a dejar escapar un pedazo de plomo que cambiaría la suerte del mundo.
Cuando el reloj marcaba las 12,30 horas la comitiva presidencial se encontraba en la Plaza Dealey. Oswald había subido su mortífera arma a la altura de los ojos. Miraba a través del telescopio. Veía a los egregios visitantes desde atrás. La cabeza del Presidente representaba un blanco perfecto. Era el momento. Oswald apretó el gatillo. Por ser el primer disparo, tal vez alguna fibra tembló en las manos del asesino. La bala se perdió en un choque furioso contra el parabrisas de la limusina. Pero Oswald había adquirido una gran destreza como tirador en el ejército. No era ningún principiante. Cargó el arma, apuntó de nuevo y disparó por segunda vez. La vieja carabina respondió como si los años no la hubiesen dejado casi inservible. El proyectil hizo blanco en la parte trasera del cuello del Presidente, le perforó su parte delantera y, mágicamente, ya que ninguna ley física se atrevería a corroborarlo, penetró en la espalda del gobernador Connally, salió por la parte derecha de su pecho, atravesó la muñeca del mismo lado y fue a alojarse en el muslo del costado opuesto. Esta ansiosa y voraz bala iba a ser bautizada más tarde como la “bala mágica”; pero a pesar de sus extraordinarias características y de sus portentosos culebreos no fue capaz de acabar con la vida del Presidente. Oswald –en un intervalo que no sobrepasó los nueve segundos desde que iniciara los disparos- apuntó por tercera vez y, sin que le temblara lo más mínimo el pulso, sin la más mínima misericordia para aquel hombre de 46 años que ya sangraba por su herida del cuello, realizó un tercer y definitivo disparo que le rompió el cráneo y le hizo perder parte del cerebro.
A continuación se produjeron momentos de confusión, de desconcierto, de señas hacia los balcones, hacia las ventanas. La Primera Dama se encaramaba a gatas sobre la puerta del maletero en busca de una ayuda que ya resultaba tardía. Y el coche del Presidente partía veloz buscando el hospital de Parkland.
Oswald arrojaba el fusil entre unos cartones y abandonaba el edificio a toda prisa. Para cuando algunos testigos de la zona encaminaron a la policía hacia el Texas School Book Depository, Lee H. Oswald ya deambulaba por las aceras de la ciudad como un ciudadano más. Cerca ya de su casa, el agente Tippit observó un comportamiento sospechoso en aquel joven. Procedió a su identificación y el asesino, nervioso y desconcertado, puso en manos del policía dos documentos acreditativos con nombres diferentes. Antes de que el agente Tippit pudiera reaccionar, Harvey Oswald lo tiroteó con una pistola del calibre 38 y lo dejó sin vida.
Asustado, sin saber muy bien donde esconderse, Oswald buscó la oscuridad de un teatro. Allí fue cercado y detenido. Desde el principio se le consideró el asesino del Presidente, a pesar de que él siempre lo negó.
En las dependencias policiales se hizo todo un espectáculo de este arresto. Los representantes de la radio, la televisión y la prensa escrita campaban por sus arrestos. Entrevistaban a los agentes, inquirían por los detalles, explicaban cualquier movimiento del preso. El caos circulaba por aquel departamento. Así transcurrieron dos días. Oswald era el muñeco sobre el que se concentraba el pim – pam – pum de aquella febril actividad. Incluso se conocía públicamente que iban a trasladarlo a la cárcel del condado en la mañana del 24 de noviembre.
Pero de nuevo, el sobresalto y la sorpresa les iba a estallar entre las manos a los representantes del orden. Con total impunidad, armado con un revólver, se introdujo en los sótanos del departamento de policía de Dallas un hampón, alguien llamado Jack Ruby. Eran las 11,17 de la mañana. Oswald atravesaba los sótanos en medio de un pasillo de periodistas y de fotógrafos. De pronto, surgiendo de improviso, la pistola de Jack Ruby se le aproximó a pocos centímetros de su cuerpo y le vació todo el plomo que guardaba en el cargador.
Sobresalto, desconcierto, confusión…; de nuevo todo ello hacía acto de presencia en aquel inacabado drama nacional. El asesino del Presidente quedaba eliminado. En su lugar –y sin saber muy bien si les iba a servir para esclarecer algo- los norteamericanos se encontraron entre las manos con un tenebroso personaje del mundo de la noche tejana.
La Comisión Warren concluía así su informe. De este modo quedaba excluido cualquier complot de un estado extranjero; pero también salían con el rostro limpio la CIA y el FBI, sobre los que se habían concitado serias sospechas.
Para Warren y los suyos, Lee Harvey Oswald había actuado completamente solo, sin más ayuda que su aberrante y furibunda locura personal.

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La versión oficial sobre la muerte del presidente Kennedy deja mucho que desear. En la Comisión Warren se esconde información y se oculta responsabilidades.
La comisión Warren no deja de ser una tapadera de lo que sucedió realmente. Todavía hoy se guarda bajo secreto la conspiración que provocó el asesinato del presidente americano John F. Kennedy.